 |
Juan Villoro
Foto: El Mercurio |
ENSAYO
"El testigo"
Capítulo 20
Texto: Juan Villoro
Viernes 19 de noviembre de 2004
No supo cuánto tiempo estuvo detenido. Lo bajaron a
que
orinara, luego lo amarraron a un poste durante horas, más tarde lo llevaron
a un pequeño cuarto oloroso a aceite, donde lo
vendaron. Sintió un escarabajo en la mejilla. Volvieron por él,
le hicieron las mismas preguntas, pero en distinto orden, con
énfasis en otros detalles, preguntas simples. «No quieren saber
nada», pensó en un momento, «es un trámite para matarme».
Respondía lo mismo, con obstinada parquedad, incapaz de decir
otra cosa. No quería defenderse, quería salir de ese círculo,
decir algo que rompiera el circuito. El Hurón fumó muy cerca
de él pero no le apagó la colilla en la cara. Todo podía
ser peor;
asombrosamente, no lo era.
Sintió hambre, un dolor agudo en el esternón, una acidez
que le llegaba a la garganta, un sabor pútrido en la boca. ¿Por
qué no le pegaban un tiro de una vez?
En su confusión, tardó en advertir que Ogarrio había dejado
de hablarle. Durante varias horas desapareció del estacionamiento.
Julio había llegado hacia las nueve de la mañana a la
funeraria. En un momento, que tal vez ya correspondiera al día
siguiente, alguien tocó la puerta de la covacha:
–¿Se puede? ¿No molesto?
Ogarrio había vuelto.
Julio rezó un padrenuestro, con monotonía, en silencio, incapaz
de saber si pronunciaba todas las palabras.
–¿Ya entendiste?
El aliento de Ogarrio olía a tequila.
–Sí –contestó Julio, sin saber a qué se refería.
–Soy tu ley, nene, te puedo quebrar. Paola, Claudia y Sandra
me van a agradecer que no lo haga. Así se llaman, ¿verdad?
Es una chulada tener familia. Cuídalas bien. ¡Hurón! –se
volvió
hacia la puerta–. Desata al caballero y acompáñalo a la
salida.
Gracias por participar –Ogarrio acarició la mejilla de Julio.
Había estado tanto tiempo en el piso que le costó trabajo incorporarse.
Le quitaron la venda. Abrió los ojos a una luz incierta.
Los focos tenían halos tornasolados. Le dolían músculos
que no
sabía que existían; la espalda le ardía como si se le fuera
a abrir.
–Un último mensaje: estuviste cerca de un hijo de puta.
Eso no te convierte en hijo de puta. Te convierte en alguien
que tiene que dar explicaciones. No lo olvides. Si mi oreja te
necesita, no te hagas el remolón para venir, papá. Hurón,
llévatelo
a la chingada.
El judicial lo llevó a la salida del estacionamiento. Era de
noche. Avanzaron por la calle hasta un lote baldío. Olía a fresca
humedad. Las ventanas al otro lado del terreno tenían luces
amarillas.
Había una hoguera en el lote baldío, rodeada de siluetas;
las sombras se agrandaban, se doblaban en la barda del fondo y
subían a los edificios. Julio sintió un sabor extraño.
A carne, a
carne cocida, como si sus entrañas se hubieran guisado.
El Hurón le tocó la espalda y lo revisó con detenimiento.
«El afilador», pensó Julio mientras el otro le palpaba las
costillas.
Luego sintió un golpe preciso, impecable. Veía un anuncio
de neón cuando su vista estalló en un resplandor blanco.
–Aquí, Charis. –Oyó la voz de un niño.
Respiró un olor agrio, a mugre, sudoración, trapos húmedos.
Abrió los ojos y el corazón le dio un vuelco. Vio una decena
de manitas negras.
–Chíngatelo –dijo una niña.
Su cuerpo fue vorazmente revisado por los niños. El contacto
suave de esas manos le dolió infinitamente. Sintió un empellón.
Se estiró, supo que no tenía zapatos.
Le quitaron las ropas, entre risas e insultos que los niños se
dirigían de manera cariñosa.
A la distancia, se escuchaba el rumor del tráfico. Aún no
era de madrugada. Este dato mínimo, exacto, le dio una vaga
esperanza.
Un niño de pelos revueltos le puso algo afilado en la garganta,
un vidrio roto, tal vez. Julio no se movió.
Le pusieron una bolsa de papel en la cabeza. «No quieren
verme la cara cuando me abran con el vidrio». Los coches seguían
pasando a la distancia. Los niños no volvieron a tocarlo.
Se rieron, como si estuvieran locos o drogados.
Las voces se alejaron de él. Un aire frío le golpeó el
pecho
desnudo. Hubiera seguido ahí otro rato, sin quitarse la bolsa de
la cabeza, paralizado por los golpes y el temor, de no ser porque
una niña le dijo muy cerca:
–Ven, ven.
Unas manos que olían mal le quitaron la bolsa. La niña tenía
costras de mugre en la cara.
Julio se incorporó. A lo lejos, las pequeñas siluetas subían
a
la barda del terreno, cargando trapos que debían de ser sus ropas.
–¿Me lo das? –la niña mostró el llavero de
Julio, como si él
pudiera negarse. Una campana de sordomudo.
–Sí.
–Chingón –ella sonrió, con dientes muy pequeños.
Luego
corrió hacia los demás niños.
Caminó desnudo por la banqueta. Vio una carrocería verde,
el resplandor de unos faros y alzó las manos, como si se rindiera.
El taxi se detuvo junto a él.
–¿Entonces qué, ya a descansar, mi amigo? –bromeó
el taxista.
Julio subió al vehículo.
–Póngase esa cobija. A ver, cuénteme: ¿se salió
de una caja
en Gayosso o de un cajero automático? –el conductor soltó
una
carcajada–. Si le dijera lo que he visto...
Julio se acurrucó en el asiento. Respiró un olor parecido al
de la Suburban que ahora le pareció maravilloso, un olor a hules
usados. Pensó en las manos de sus hijas pero no pudo llorar.
Estaba al margen de toda reacción. Cerró los ojos. Un túnel
de
sombra, donde una niña lo tocaba y le decía: «Ven, ven».
 |