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Foto: El Mercurio |
ENSAYO
El arte de callar
Texto: Roberto Brodsky
Viernes 26 de noviembre de 2004
El diario de Bobe
Santiago, 1990
Necesito volver al trabajo. Pero todavía no puedo. Nocáut
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Hoy viernes, primer aterrizaje seguro después de tres noches espantosas.
Ya no soportaba seguir durmiendo en el Chevette, dando vueltas de barrio en
barrio hasta que amaneciera. De la primera noche ni me acuerdo. Fui de un lado
a otro dejando la confusión en cada esquina como un prófugo. Nadie
me perseguía, sólo sentía vergüenza de que me vieran
aturdido por el dolor. Si descubría a alguien husmeando hacia el interior
de la cabina, arrancaba el motor y volvía a salir con la esperanza de
un semáforo en rojo para amortiguar el golpe. Luego estacionaba en el
siguiente parquímetro vacío y vuelta a empezar. Por la mañana
fui a visitar a mi madre y se alegró sin preguntar de dónde venía.
Apenas reparó en mi aspecto crapuloso.
Sólo estaba contenta de que desayunáramos juntos otra vez. La
segunda noche me dio por espiar la casa. Esperé con las luces apagadas
del Chevette a que alguien saliera o llegara, pero no pasó nada. Bajé
y estuve paseándome fuera sin decidirme a llamar. Si me hubieran preguntado
qué hacía allí agazapado como un loco entre las sombras
de los plátanos, no habría sabido qué responder. Tampoco
ahora tengo palabras, aunque me sirva de ellas. Pero al menos estoy tranquilo,
después de la pelea y de llorar como un idiota al lado de Lara, que me
consoló y me ofreció esta pieza donde quedarme.
Antes de acostarse, me ayudó a bajar la maleta del auto y dijo: Bueno,
en esta guerra supongo que ya elegí de qué lado estoy.
Sangre
Lara me había estado llamando a la redacción, pero allí
le dijeron que yo estaba enfermo. Antes habló con María Julia
y ella le confirmó el rumor de que me había ido. Después
nos encontramos por casualidad en el local del español ubicado frente
a la plaza. ¿Dónde te habías metido?, me dijo Lara. Yo
había pasado a comprar cigarrillos y ella estaba sentada con unos tipos
que se reían todo el tiempo. Eran cuatro o cinco, amigos de ella y de
María Julia, y uno de los grandulones me reconoció. El cornudo,
dijo. Yo también lo reconocí. Era el hermano del que se estaba
fornicando a mi mujer. Tomé el cigarrillo que fumaba Lara y lo dejé
caer en su vaso de cerveza. A ella le pedí que nos fuéramos y
los cuatro o cinco tipos se levantaron también como si la invitación
los incluyera. El nuevo cuñado de María Julia se despidió
diciendo sabís qué más, me cago en ti y en tu hijo, y yo
le reventé la mano abierta en la cara, cogí una botella y antes
de que pudiera metérsela en la boca me empujaron, Lara se puso a gritar
y el cuñado y sus amigos comenzaron a golpear encima mientras el local
se agitaba como un remolino sobre mi cabeza, hasta que los mozos intervinieron
apartando a los tipos. Me dolía todo. Afuera, afuera, rugía el
español. Lara me levantó del piso y me ayudó a salir mientras
los mozos sujetaban a los otros como si estuvieran cebados. Me gritaron algo
desde el interior, los insulté de vuelta y Lara se enervó, empujándome
hacia el estacionamiento, donde encontramos el Chevette y subimos, ella al volante
y yo al lado. Recién entonces me di cuenta de que sangraba en la frente.
¿Quieres que te maten?, me dijo. No respondí, pero sabía
que estaba en lo correcto. No hay otra forma de enterrar la miseria sentimental.
Lara echó marcha atrás y vio la maleta en el asiento con unas
ropas tiradas en el piso, pero no hizo comentarios. Me toqué la frente
y los dedos quedaron impregnados y pastosos. Parecía pintura de rouge.
Huele, le dije. Lara se mantuvo firme, sin correr la cara. Le mojé los
labios: ¿qué mierda te pasa?, protestó. Yo quería
morirme, lavarme la sangre del cuerpo. Sácame de aquí, le dije.
Ella condujo en silencio. Fuimos a su casa. Acababa de arrendar un departamento
no muy lejos de allí, en una callecita oscura y silenciosa cerca del
ex Pedagógico.
Cuando llegamos me eché en el living y ella fue a la cocina y trajo
una botella. Me quebré antes del primer trago y lloré sin asco.
Soñé toda la noche pero no recordé nada después.
El miércoles volví a la revista. Todos me miraban como si llevara
un plátano en la cara. Conversación con Rocha en la sala de dirección.
Le expliqué los motivos de mi ausencia, sin abundar en detalles. Me recomendó
que pensara en otra cosa y estuve de acuerdo. Mándame a la calle, le
dije, ahí me voy a distraer. Muy bien, dijo. Llamó al Gringo Suárez
que editaba Magazine y cuando entró a la oficina le pidió que
pensara en mí para el reporteo. El Gringo se asustó: ah, vamos
a subirnos las mangas. ¿Y las páginas de libros? ¿Y la
sección de cultura? Me importan un carajo, le dije: quiero salir y hablar
con gente de la que nadie se acuerde al otro día. Los nuevos héroes.
Entre Rocha y el Gringo hubo un intercambio de miradas no sé si burlonas
o convencidas, pero quedó establecido que no volvería a ocuparme
de asuntos de escritorio. ¿Quieres un fotógrafo?, preguntó
el Gringo. No, prefiero arreglármelas solo, le dije. Me levanté
contento de la reunión y salí. Cuídate ese chichón,
me dijo Rocha.
La guerra
Revisé los anuncios con la idea de encontrar un departamento para arrendar
y mudarme cerca de Iván, pero fue patético: terminé rondando
la casa como un presidiario que pide clemencia para volver a entrar. No hay
peor consejero inmobiliario que la nostalgia. Tengo que desistir de ella, cortarle
el suministro. El problema es Iván, que en el fondo soy yo. Si lo dejo,
me mato; prueba de que la paternidad es una garantía de la especie. La
ruptura me lo recordó, abriendo una corriente de sufrimientos y culpas
que sangran por el viejo afán de conservar la biografía. Es lo
que me impide desaparecer y salvarme con la excusa de haber sido engañado.
A1 contrario, necesito mantener abierta la llave en el punto exacto para que
el agua corra sin dar motivo para nuevas peleas. Cuidar de Iván. Rescatarlo
como a una hoja del torrente. Es lo único que podría aliviar mi
falta que, con el tiempo y sin él merecerlo, también será
la suya. María Julia no debe siquiera adivinarlo: ante ella es urgente
fingir calma, incluso desinterés, tener paciencia y evitar una colisión
que sólo le daría motivos para tirar del mantel, con mayor sufrimiento
como único resultado. Ella conoce la herida que causó, ahí
está el inconveniente. Me di cuenta ayer cuando decidimos juntarnos en
un lugar neutral a tomar un café y a ponernos de acuerdo en las condiciones
de mi salida. Se veía segura de lo que había hecho, incluso dichosa
de haberlo logrado. Las mujeres no tienen alma, dice Mahoma en los diarios de
Kafka. Por eso pueden llegar a ser auténticas maldiciones vestidas de
monja: hay una edad en que sólo piensan tener hijos, pero luego enloquecen
de tedio y buscan un amante. Quizá las rutinas del matrimonio funcionaban
mejor antes: te engañaban con vigor hasta saberse vengadas, pero hoy
es distinto, no hay resarcimiento que valga y la misión es liquidar al
macho aburrido en el sofá. El amor después del amor como una lucha
a campo traviesa que luego se continúa con batallas irregulares, colina
a colina, con tiros que van y vienen en medio de la noche para recordarte que
perdiste la posición. María Julia se resiste a admitirlo: de pronto
comenzó a gritar en la mesa mientras yo le explicaba todas estas cosas
como si apelara en el mejor de los tonos a una leyenda familiar.
No tenía fuerzas para sujetar el rencor y ella se escandalizó.
Eres un cavernícola, me dijo: no te acerques a mi casa y menos a Iván,
entiendes; yo soy su madre, y haya hecho lo que haya hecho te prohíbo
que te acerques a él hasta que no cambies de actitud. Y se levantó
irritada, que era justo lo que había que evitar en esa primera negociación,
mientras la realidad se doblaba hacia un lado donde inevitablemente mi desamor
iba tras ella como un drama sin cuerpo sobre el cual descansar.
Fui un idiota; el orgullo me traicionó. María Julia aprovechó
el descuido con un perfecto paso al costado, renovando la desesperación
que causaba. La vi salir caminando rápido del café, como ofendida,
y yo volví a la casa de Lara y me puse a revisar los avisos de arriendo
todavía con la discusión ardiendo en las orejas. Sólo ahí
me di cuenta de lo que estaba haciendo: quería castigarla con una declaración
de desprecio total. Propósito mentiroso. Abandoné la idea de la
mudanza por el momento.
Encontré este recorte entre las páginas de uno de los pocos libros
que saqué de la casa: "Beso sus labios como si curvara un vidrio.
Así debería ser siempre, con los ventanales del hotel abiertos
para que se cuelen la presencia del mar, la luz y el aire de la bahía.
Leer, recorrer su cuerpo, anotar que nada me obliga". Está fechado
en enero del 90. Han pasado sólo unos cuantos meses desde entonces, pero
es como si hubiera registrado acontecimientos de una vida que viví hace
siglos.
Taller Literario I
Leo lo anterior y me enfurezco. No quiero escribir más cartas de amor
que nunca enviaré. Ella es la madre de Iván. Punto y aparte. Voy
a tomar ese acuerdo interior y dejar que el tiempo purifique mi odio. Tampoco
me interesa hacer literatura. Basta con lo que se publica. La literatura se
está escribiendo sobre el cadáver de lo que fuimos. Puede que
siempre sea así pero nadie todavía explica qué mancha o
culpa ajena nos mandó a quemar los sueños en la pira de una memoria
que ni siquiera era la nuestra. Todo eso fue tiempo perdido y escribir para
salvarse no tiene mucho sentido. Mejor aprender a morir, porque hoy sólo
vale el presente, los hechos que el presente devuelve como una ola turbia llena
de huiros y cáscaras y envases de comida.
Dije esto mismo o algo parecido en una sesión del taller de Donoso donde
me invitaron a leer por iniciativa de Garrafita, que asistía desde hacía
meses y me presentó ante el grupo. Tuve la impresión de estar
ante una comisión fiscalizadora. Cuando terminé mi auto de fe
narrativa hubo carraspeos, torceduras de cuello. Alguien destacó un párrafo
lleno de cacofonías, Garrafita habló de pulir la enumeración
caótica y casi todos estuvieron de acuerdo en que tenía que seguir
trabajando el estilo. El Maestro no dijo nada. Semanas después me lo
encontré solo, caminando por Pedro de Valdivia con su impermeable blanco
debajo de la lluvia, cerca de su casa donde se hacían las sesiones de
taller. Yo iba en sentido contrario y fue él quien me detuvo. Nos saludamos.
La lluvia comenzó a caer fuerte y nos protegimos bajo el alerón
de un almacén. Eran las siete de la tarde y empezaba a oscurecer. Vamos
a tomar un café, me dijo, y nos metimos a la fuente de soda que está
en Bilbao. Yo estaba sorprendido pero no intimidado por su confianza. Nunca
más fuiste, me dijo, sonriendo con esa ironía efervescente que
le subía hasta los ojos y torcía sus gafas. Me excusé pero
no me creyó. Hablamos de un libro que transcurría en los sueños
del narrador, con personajes sin nombres propios que se buscaban disimulados
entre el polvo y la redención. Era una casualidad que coincidiéramos
en la misma novela, aunque también era predecible porque había
ganado un premio o el elogio de sus colegas. Mientras conversábamos noté
su expresión fatigada, distante entre las solapas del impermeable subidas
sobre las orejas, como si fuera un jefe de detectives. Luego nos dimos cuenta
de que la lluvia amainaba, nos pusimos de pie y eso fue todo. En la puerta le
dije que no pensaba volver al taller y él se rió y me dijo que
tampoco me pensaba invitar.
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