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Foto: El Mercurio |
ENSAYO
La tentación de lo imposible
Editorial Alfaguara, Madrid, 2004, 223 páginas.
Texto: Mario Vargas Llosa
Viernes 25 de febrero de 2005
Victor Hugo, océano
MARIO VARGAS LLOSA
El invierno, en el internado del Colegio Militar Leoncio Prado,
de Lima, ese año de 1950, era húmedo y ceniza, la rutina atontadora
y la vida algo infeliz. Las aventuras de Jean Valjean, la obstinación
de sabueso de Javert, la simpatía de Gavroche, el heroísmo de
Enjolras, borraban la hostilidad del mundo y mudaban la depresión en
entusiasmo en esas horas de lectura robadas a las clases y a la instrucción,
que me trasladaban a un universo de flamígeros extremos en la desdicha,
en el amor, en el coraje, en la alegría, en la vileza. La revolución,
la santidad, el sacrificio, la cárcel, el crimen, hombres superhombres,
vírgenes o putas, santas o perversas, una humanidad atenta al gesto,
a la eufonía, a la metáfora. Era un gran refugio huir allí:
la vida espléndida de la ficción daba fuerzas para soportar la
vida verdadera. Pero la riqueza de la literatura hacía también
que la realidad real se empobreciera.
¿Quién fue Victor Hugo? Después de haber pasado los dos
últimos años sumergido en cuerpo y alma en sus libros y en su
época, ahora sé que no lo sabré nunca. Jean-Marc Hovasse,
el más meticuloso de sus biógrafos hasta la fecha —su biografía
está aún inconclusa—, ha calculado que un apasionado bibliógrafo
del bardo romántico, leyendo catorce horas diarias, tardaría unos
veinte años en agotar sólo los libros dedicados al autor de Los
Miserables que se hallan en la Biblioteca Nacional de París. Porque Victor
Hugo es, después de Shakespeare, el autor occidental que ha generado
más estudios literarios, análisis filológicos, ediciones
críticas, biografías, traducciones y adaptaciones de sus obras
en los cinco continentes.
¿Cuánto tardaría aquel titánico lector en leer las
obras completas del propio Victor Hugo, incluyendo los millares de cartas, apuntes,
papeles y borradores todavía inéditos que pululan por las bibliotecas
públicas y privadas y los anticuarios de medio mundo? No menos de diez
años, siempre y cuando esa lectura fuera su única y obsesiva dedicación
en la vida. La fecundidad del poeta y dramaturgo emblemático del romanticismo
en Francia produce vértigo a quien se asoma a ese universo sin fondo.
Su precocidad fue tan notable como su capacidad de trabajo y esa terrible facilidad
con que las rimas, las imágenes, las antítesis, los hallazgos
geniales y las cursilerías más sonoras salían de su pluma.
Antes de cumplir quince años había escrito ya millares de versos,
una ópera cómica, el melodrama en prosa ‹‹Inez de
Castro››, el borrador de una tragedia en cinco actos (en verso)
‹‹Athélie ou les Scandinaves››, el poema épico
‹‹Le Déluge›› y bosquejado centenares de dibujos.
En una revista que editó de adolescente con sus hermanos Abel y Eugéne
y que duró apenas año y medio, publicó 112 artículos
y 22 poemas. Mantuvo este ritmo enloquecido a lo largo de esa larga vida —1802-1885—
que abraza casi todo el siglo XIX y dejó a la posteridad una montaña
tal de escritos que, sin duda, nadie ha leído ni leerá nunca de
principio a fin.
Parecería que la vida de alguien que generó toneladas de papel
borroneadas de tinta fuera la de un monje laborioso y sedentario, confinado
los días y los años en su escritorio y sin levantar la cabeza
del tablero donde su mano incansable fatigaba las plumas y vaciaba los tinteros.
Pero no, lo extraordinario es que Victor Hugo hizo en la vida casi tantas cosas
como las que su imaginación y su palabra fantasearon, pues tuvo una de
las más ricas y aventureras existencias de su tiempo, en el que se zambulló
a manos llenas, arreglándoselas siempre con olfato genial para estar
en el centro de la historia viva como protagonista o testigo de excepción.
Sólo su vida amorosa es tan intensa y variada que causa asombro (y cierta
envidia, claro está). Llegó virgen a su matrimonio con Adele Foucher,
a los veinte años, pero desde la misma noche de bodas comenzó
a recuperar el tiempo perdido. En los muchos años que le quedaban perpetró
innumerables proezas amorosas con imparcialidad democrática, pues se
acostaba con damas de toda condición —de marquesas a sirvientas,
con una cierta preferencia por estas últimas en sus años provectos—
y sus biógrafos, esos voyeurs, han descubierto que pocas semanas antes
de morir, a sus 83 años, escapó de su casa para hacer el amor
con una antigua camarera de su amante perenne, Juliette Drouet.
No sólo alternó con toda clase de seres vivientes, aguijoneado
como estaba siempre por una curiosidad universal hacia todo y hacia todos; acaso
el más allá, la trascendencia, Dios, lo preocuparon todavía
más que las criaturas de este mundo, y sin ánimo humorístico
se puede decir de este escritor con los pies tan bien asentados en la tierra
y en la carne, que, más todavía que poeta, dramaturgo, narrador,
profeta, dibujante y pintor, llegó a creerse un teólogo, un vidente,
un develador de los misterios del trasmundo, de los designios más recónditos
del Ser Supremo y su magna obra, que según él no es la creación
y redención del hombre, sino el perdón de Satán. En su
intención, Los Miserables no fue una novela de aventuras, sino un tratado
religioso.
Su comercio con el más allá tuvo una etapa entre truculenta y
cómica, todavía mal estudiada: por dos años y medio practicó
el espiritismo, en su casa de Marine Terrace, en Jersey, donde pasó parte
de sus diecinueve años de exilio. Al parecer, lo inició en estas
prácticas una médium parisina, Delphine de Girardin, que vino
a pasar unos días con la familia Hugo en esa isla del Canal. La señora
Girardin compró una mesa apropiada —redonda y de tres patas—
en Saint-Hélier, y la primera sesión tuvo lugar la noche del 11
de septiembre de 1853. Luego de una espera de tres cuartos de hora, compareció
Leopoldine, la hija de Victor Hugo fallecida en un naufragio. Desde entonces
y hasta diciembre de 1854 se celebraron en Marine Terrace innumerables sesiones
—asistían a ellas, además del poeta, su esposa Adéle,
sus hijos Charles y Adéle y amigos o vecinos— en las que Victor
Hugo tuvo ocasión de conversar con Jesucristo, Mahoma, Josué,
Lutero, Shakespeare, Moliére, Dante, Aristóteles, Platón,
Galileo, Luis XVI, Isaías, Napoleón (el grande) y otras celebridades.
También con animales míticos y bíblicos como el León
de Androcles, la Burra de Balam y la Paloma del Arca de Noé. Y entes
abstractos como la Crítica y la Idea. Esta última resultó
ser vegetariana y manifestó una pasión que encantaría a
los fanáticos del Frente de Defensa Animal, a juzgar por ciertas afirmaciones
que comunicó a los espiritistas valiéndose de la copa de cristal
y las letras del alfabeto: ‘‘La gula es un crimen. Un paté
de hígado es una infamia... La muerte de un animal es tan inadmisible
como el suicidio del hombre’’.
Los espíritus manifestaban su presencia haciendo saltar y vibrar las
patas de la mesa. Una vez identificada la visita trascendente, comenzaba el
diálogo. Las respuestas del espíritu eran golpecillos que correspondían
a las letras del alfabeto (los aparecidos sólo hablaban francés).
Victor Hugo pasaba horas de horas —a veces, noches enteras— escribiendo
los diálogos. Aunque se han publicado algunas recopilaciones de estos
‘‘documentos mediúmnicos’’, quedan aún
cientos de páginas inéditas que deberían figurar de pleno
derecho entre las obras del poeta, aunque sólo fuera porque todos los
espíritus con los que dialoga coinciden a pies juntillas con sus convicciones
políticas, religiosas y literarias, y comparten su desenvoltura retórica
y sus manías estilísticas, además de profesar por él
la admiración que exigía su egolatría.
Es difícil imaginar hoy la extraordinaria popularidad que llegó
a tener Victor Hugo en su tiempo en todo el orbe occidental y aún más
allá. Su talento precoz de poeta lo hizo conocido del medio literario
e intelectual cuando era todavía adolescente, y, luego, sus obras de
teatro, sobre todo a partir del estreno tumultuoso de Hernani, el 25 de febrero
de 1830, que marca de manera simbólica el nacimiento del movimiento romántico
en Francia, hicieron del joven dramaturgo una figura célebre, sólo
comparable a lo que son en nuestros días ciertos cantantes o artistas
de cine. Sus novelas, principalmente Nuestra Señora de París,
y más tarde Los Miserables, acrecentaron de manera geométrica
el número de sus lectores y desbordaron el marco francés e invadieron
otras lenguas, en las que pronto Quasimodo o Jean Valjean se hicieron tan famosos
como en Francia. A la vez que su prestigio literario, su activa participación
política, como representante en el parlamento y como orador, comentarista
y polemista de actualidad, fue consolidando su prestigio con una aureola de
referente cívico, conciencia política y moral de la sociedad.
En sus diecinueve años y pico de exilio esta imagen de gran patriarca
de las letras, de la moral pública y de la vida cívica alcanzó
ribetes legendarios. Su retorno a Francia, el 5 de septiembre de 1870, con la
instauración de la República, fue un acontecimiento multitudinario,
sin precedentes, con participación de millares de parisinos que lo aclamaban,
muchos de ellos sin haber leído siquiera una línea de sus obras.
Esta popularidad seguiría creciendo, sin tregua, hasta el día
de su muerte y por eso toda Francia, toda Europa, lo lloraron. París
entero, o poco menos, se volcó a seguir su cortejo fúnebre, en
una demostración de afecto y solidaridad que desde entonces sólo
ciertos estadistas o dirigentes políticos han conseguido. Cuando murió,
en 1885, Victor Hugo se había convertido en algo más que un gran
escritor: en un mito, en la personificación de la República, en
símbolo de su sociedad y de su siglo.
España y lo español desempeñaron un papel central en la
mitología romántica europea, y en Victor Hugo más que en
ningún otro escritor de su época. Aprendió el español
a los nueve años, antes de viajar a España, en 1811, con su madre
y sus dos hermanos para reunirse con su padre, uno de los generales lugartenientes
de José Bonaparte. Tres meses antes del viaje, el niño recibió
sus primeras clases de ese idioma con el que, más tarde, aderezaría
poemas y dramas, y que aparece en Los Miserables, en la cancioncilla idiosincrásica
que le canta el bohemio Tholomyes a su.amante Fantine: ‘‘Soy de
Badajoz / Amor me llama / Toda mi alma / Es en mis ojos / Porque enseñas
/ A tus piernas’’ (sic). En Madrid estuvo interno unos meses en
el Colegio de los Nobles, en la calle Hortaleza, regentado por religiosos. Victor
y Abel fueron exceptuados de ayudar a misa, confesarse y comulgar porque su
madre, que era volteriana, los hizo pasar por protestantes. En ese tétrico
internado, afirmaría más tarde, pasó frío, hambre
y tuvo muchas peleas con sus compañeros. Pero en esos meses aprendió
cosas sobre España y la lengua española que lo acompañaron
el resto de su vida y fertilizaron de manera notable su inventiva. Al regresar
a Francia, en 1812, vio por primera vez un patíbulo, y la imagen del
hombre al que iban a dar garrote, montado de espaldas sobre un asno, rodeado
de curas y penitentes, se le grabó con fuego en la memoria. Poco después,
en Vitoria, divisó en una cruz los restos de un hombre descuartizado,
lo que lo impulsaría, años más tarde, a hablar con horror
de la ferocidad de las represalias del ocupante francés contra los resistentes.
Es posible que de estas experiencias de infancia naciera su rechazo a la pena
de muerte, contra la que luchó sin descanso, la única convicción
política a la que fue absolutamente fiel a lo largo de toda su vida.
El español no sólo le sirvió para impregnarse de leyendas,
historias y mitos de un país en el que creyó encontrar aquel paraíso
de pasiones, sentimientos, aventuras y excesos desorbitados con el que soñaba
su calenturienta imaginación; también, para disimular a los ojos
ajenos las notas impúdicas que registraba en sus cuadernos secretos,
no por exhibicionismo, sino por ese prurito enfermizo de llevar cuenta minuciosa
de todos sus gastos, que nos permite, ahora, saber con una precisión
inconcebible en cualquier otro escritor cuánto ganó y cuánto
gastó a lo largo de toda su vida Victor Hugo (murió rico).
El profesor Henri Guillemin ha descifrado, en un libro muy divertido, Hugo
et la sexualité, aquellos cuadernos secretos que llevó Victor
Hugo en Jersey y Guernesey, en los años de su exilio. Unos años
que, por razones obvias, algunos comentaristas han bautizado los años
de las sirvientas. El gran vate, pese a haberse llevado consigo a las islas
del Canal a su esposa Adele y a su amante Juliette, y a entablar esporádicas
relaciones íntimas con damas locales o de paso, mantuvo un constante
comercio carnal con las muchachas del servicio. Era un comercio en todos los
sentidos de la palabra, empezando por el mercantil. Él pagaba las prestaciones
de acuerdo a un esquema estricto. Si la muchacha se dejaba sólo mirar
los pechos recibía unos pocos centavos. Si se desnudaba del todo, pero
el poeta no podía tocarla, cincuenta centavos. Si Podía acariciarla
sin llegar a mayores, un franco. Cuando llegaba a aquellos excesos, en cambio,
la retribución podía llegar a franco y medio y alguna tarde pródiga
¡a dos francos! Casi todas estas indicaciones de los carnets secretos
están escritas en español para borrar las pistas. El español,
el idioma de la transgresión, de lo prohibido y el pecado, del gran romántico,
quién lo hubiera dicho. Algunos ejemplos: ‘‘E. G. Esta mañana.
Todo, todo’’, ‘‘Mlle. Rosiers. Piernas’’,
‘‘Marianne. La primera vez’’, ‘‘Ferman Bay.
Toda tomada. 1fr.25’’, ‘‘Visto mucho. Cogido todo. Osculum’’,
etcétera.
¿Hacen mal los biógrafos explorando estas intimidades sórdidas
y bajando de su pedestal al dios olímpico? Hacen bien. Así lo
humanizan y rebajan a la altura del común de los mortales, esa masa con
la que está también fraguada la carne del genio. Victor Hugo lo
fue, no en todas, pero sí en algunas de las obras que escribió,
como Nuestra Señora de París, Cromwell y sobre todo Los Miserables,
una de las más ambiciosas empresas literarias del siglo XIX, ese siglo
de grandes deicidas, como Tolstoi, Dickens, Melville y Balzac. Pero también
fue un vanidoso y un cursi y buena parte de lo mucho que escribió es
hoy palabra muerta, literatura circunstancial. (André Breton lo elogió
con maldad, diciendo de él: Era surrealista cuando no era con (un idiota).
Pero la definición más bonita de él la hizo Jean Cocteau:
‘‘Victor Hugo era un loco que se creía Victor Hugo’’).
En la casa de la Plaza de los Vosgos donde vivió hay un museo dedicado
a su memoria, donde se puede ver en una vitrina un sobre dirigido a él
que llevaba como única dirección: ‘‘Mr. Victor Hugo.
Océan’’. Y ya era tan famoso que la carta llegó a
sus manos. Aquello de océano le viene de perillas, por lo demás.
Eso fue: un mar inmenso, quieto a ratos y a veces agitado por tormentas sobrecogedoras,
un océano habitado por hermosas bandadas de delfines y por crustáceos
sórdidos y eléctricas anguilas, un infinito maremágnum
de aguas encrespadas donde conviven lo mejor y lo peor —lo más
bello y lo más feo— de las creaciones humanas.
Lo que más nos admira en él es la vertiginosa ambición
que delatan algunas de sus realizaciones literarias y la absoluta convicción
que lo animaba de que la literatura que salía de su pluma no era sólo
una obra de arte, una creación artística que enriquecería
espiritualmente a sus lectores, dándoles un baño de inefable belleza.
También que, leyéndolo, profundizarían en su comprensión
de la naturaleza y de la vida, mejoraría su conducta cívica y
su adivinación del arcano infinito: el más allá, el alma
trascendente, Dios. Esas ideas pueden parecernos hoy ingenuas: ¿cuántos
lectores creen todavía que la literatura puede revolucionar la existencia,
subvertir a la sociedad y ganarnos la vida eterna? Pero leyendo Los Miserables,
sumidos en el vértigo de ese remolino en el que parece atrapado todo
un mundo en su infinita desmesura y en su mínima pequeñez, es
imposible no sentir el escalofrío que produce la intuición del
atributo divino, la omnisciencia.
¿Nos hace mejores o peores incorporar a nuestra vida la ficción,
tratar de incrustarla en la historia? Es difícil saber si las mentiras
que urde la imaginación ayudan al hombre a vivir o contribuyen a su infortunio
al revelarle el abismo entre la realidad y el sueño, si adormecen su
voluntad o lo inducen a actuar. Hace algunos siglos, a un manchego cincuentón,
las novelas a que era tan aficionado le enajenaron la percepción de la
realidad y lo lanzaron al mundo —-que él creía igual al
de las ficciones— en pos de honor, gloria y aventura, con el resultado
que sabemos. Sin embargo, las burlas y desventuras que padeció Alonso
Quijano por culpa dé las novelas, no lo han hecho un personaje digno
de conmiseración. Por el contrario, en su Imposible designio de vivir
la ficción, de modelar la realidad en concierto con su fantasía,
el personaje de Cervantes fijó un paradigma de generosidad e idealismo
a la especie humana. Sin llegar a los extremos de Alonso Quijano, es posible
que las novelas inoculen también en nosotros una insatisfacción
de lo existente, un apetito de irrealidad que influya en nuestras vidas de la
manera más diversa y ayude a moverse a la humanidad. Si llevamos tantos
siglos escribiendo y leyendo ficciones, por algo será. Yo sé que
aquel invierno del año 50, con uniforme, garúa y neblina, en lo
alto del acantilado de La Perla, gracias a Los Miserables la vida fue para mí
mucho menos miserable.
Lima, 14 de junio de 2004.
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