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Ramón Díaz Eterovic
Foto: El Mercurio
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NOVELA
A la sombra del dinero
Lom Ediciones, Santiago, 2005.
Texto: Ramón Díaz Eterovic
Viernes 25 de marzo de 2005
Abrí los ojos y no sentí dolor. Por un instante pensé que
la muerte era permanecer acostado en la cama, sin hacer nada, somnoliento, sintiendo
eternamente el murmullo provocado por la brisa que movía los visillos al
ritmo de una campana que repicaba a lo lejos. Palpé mi estómago
y respiré aliviado. La sangre solo estaba en mi imaginación y el
dolor en mis recuerdos. Luego observé el reloj encima del velador, junto
a una cajetilla de cigarrillos y la novela protagonizada por Nestor Burma que
había comenzado a leer tres noches atrás. Nada había cambiado
en las últimas horas. Llevaba dos meses de convalecencia, sin otra compañía
que algunos libros, mi música favorita y las tres visitas diarias de Anselmo
para alimentarme y comentar los resultados de las carreras en el Hipódromo
Chile.
El exceso de confianza fue mi error. Una calle al atardecer, el grito de una mujer
agredida por las ágiles manos de un carterista, la loca carrera tras un
muchacho desgreñado, un callejón, la inesperada presencia de una
navaja rasgando el costado derecho de mi vientre. Tras el sendero oscuro, el eco
aterrador de una sirena y muchas horas de vigilia. A solas en mi cuarto llegué
a pensar que la herida podía ser una excusa razonable para cerrar la oficina
y dedicar el resto de mis días a algo más acorde con mis magullados
huesos de investigador privado.
Me puse de pie y caminé hacia el baño. Las baldosas heladas arañaron
mi piel. No sentía dolor en el vientre, solo la comezón de la herida
que cicatrizaba. Llené de agua el vaso que estaba sobre la pileta y tomé
la pastilla recetada por el médico. Frente al espejo vi la imagen de un
desconocido. Había bajado nueve o diez kilos y el pantalón del pijama
se sostenía apenas en mi cintura. Lucía demacrado y las arrugas
junto a los ojos eran más evidentes que antes del error. Mis cabellos,
largos y lacios, cubrían mis orejas. Moví los labios e intenté
sonreír al sujeto del espejo. Estaba repentinamente triste. Mojé
mi rostro. El muchacho de la puñalada seguía libre y ningún
policía se había molestado en investigar la agresión. ¿A
quién podía interesarle la suerte de un preguntón? Su dolor,
el soterrado deseo de venganza, la soledad de su habitación. Recordé
una frase de El agente confidencial de Graham Greene: "No podías confiar
más que en ti mismo y a veces dudabas hasta de eso". Volví
al dormitorio y me senté a un costado de la cama. El aire que me rodeaba
olía a desamparo. Dije mi nombre en voz alta, una, dos, tres veces. Grité
los nombres de las personas que significaban algo en mi vida. Viejos fantasmas
de un pasado cada vez más difuso. Nadie acudió en mi ayuda. Cerré
los ojos, y al reabrirlos vi a Simenon. Puse al gato entre mis brazos y acaricié
su larga cola blanca.
-De nuevo la misma pesadilla. El muchacho no dejaba de reír y la navaja
parecía tener vida propia mientras ahondaba en mi carne. Después,
todo a mi alrededor comenzaba a empequeñecer, las luces de la calle se
apagaban y alguien me cubría con una frazada mugrosa de la que parecía
brotar una legión de hormigas.
-Llevas mucho tiempo encerrado. Necesitas aire fresco y tomar una sopa
caliente que fortalezca tu estómago.
-Perdí la cuenta de las cosas que necesito.
-Rehaz la lista y anota en primer lugar: Debo aprender a no meter la nariz en
cualquier parte y a cuidar mi pellejo.
-Un día de éstos voy a colgar las herramientas. Puedo hacerme socio
de Anselmo o regresar a mi antiguo trabajo de cuidador en un motel. No era una
mala pega. Podía leer a mi antojo, y para el vicio tenía los cigarrillos
que olvidaban los clientes en las piezas. A veces, cuando la clientela estaba
floja, podía tontear con alguna de las muchachas encargadas de la limpieza.
-¡Pamplinas! Te gusta hurgar en las vidas ajenas.
-Probablemente no sepa hacer otra cosa, Simenon -respondí, y acaricié
el lomo del gato-: Fue una pesadilla, nada más.
Desde la calle subía el bullicio habitual del vecindario en medio de una
tarde primaveral. Las clarinadas de los autos, el vocerío de los vendedores
ambulantes, el chirrido de los buses al frenar en las esquinas. Pensé en
salir a recorrer el vecindario y no tuve fuerzas para intentarlo. Simenon estiró
sus patas delanteras y luego abandonó la habitación. La pastilla
comenzaba a hacer su efecto y algo en mi interior comenzó a morir, como
un fuego al que nadie se preocupa de alimentar. Me dejé abrazar por el
sueño.
Desperté al anochecer. Una brisa fresca penetraba por la ventana entreabierta
de la habitación. Del Robertina y el Xenón salía una música
estridente que amenazaba con derrumbar los muros del añoso edificio donde
funcionaban ambos cabarés. Sobre el velador vi una copa de leche y un emparedado
de queso. No tenía apetito. Dejé la cama y me acodé en el
marco de la ventana. La calle se veía animada. El salón de billar
estaba abierto y algunos vecinos hablaban a la entrada de la peluquería
La Pequeñina. En el horizonte reconocí la corona luminosa de la
Virgen del Cerro San Cristóbal. En noches como esas amaba intensamente
la ciudad y el barrio donde transcurrían mis erráticos vagabundeos.
Dejé mi lugar junto a la ventana y busqué en el ropero algunas prendas
de vestir. Probé dos pantalones y ambos me parecieron confeccionados para
alguien tres tallas más grande que yo. Vestí el que consideré
menos holgado y lo acompañé con una camisa azul. Frente al espejo
del ropero creí ver un espantapájaros. Sonreí y me agradó
redescubrir el brillo de mis dientes. Simulé una pirueta de modelo y caminé
hacia mi oficina, ubicada en la pieza principal del departamento. La oficina se
me antojó más grande y abandonada que de costumbre. Sobre el escritorio
metálico descubrí unas cartas. Me senté en mi viejo sillón
giratorio y revisé los nombres de los remitentes. Ninguno me era conocido.
Ninguno valía la pena el esfuerzo de abrir los sobres. Saqué del
cajón la botella reservada para las emergencias. Acaricié un instante
su gorda fisonomía y luego, sin abrirla, la regresé a su escondite.
La soledad escudriñaba cada rincón de la oficina. Dije dos o tres
palabras en voz alta y enseguida entoné los versos de un tango que recordaba
con mi imprecisión habitual. ¿Y ahora qué? me pregunté.
Otra pastilla, otras horas de sueño, otro despertar a un nuevo día
sin sentido. Grité mi nombre, maldije el tiempo perdido, y antes de enloquecer
puse una cinta de Chet Baker en el equipo de música. El lastimero sonido
de la trompeta consiguió tranquilizarme y mi desacuerdo general con la
vida se replegó al abrirse la puerta de la oficina y ver que entraba mi
amigo Anselmo. El ex jinete vestía pantalones negros y una camisa amarilla
con flores rojas.
-¿Qué hace en pie, don? El doctor recomendó reposo -chilló
con asombro.
-Exageras, Anselmo. De eso ya han pasado dos meses.
-Si no se cuida, lo va a llevar la parca. Además, si gastó sus pocos
ahorros en pagar al matasanos, lo menos que puede hacer es seguir sus consejos.
-Es sabido que la hierba mala nunca muere, Anselmo.
-El médico no apostaba tres pesos por su recuperación. Pero hice
una manda a San Expedito. ¡Y dio resultado!
-¿Tan mal estaban las cosas?
-Negras, como trasero de vampiro, don.
-Mañana vuelvo a las andadas. Se acabaron los remedios y la herida ya no
me molesta.
-Siempre que alguien lo contrate -dijo Anselmo, sin mucho entusiasmo-. Nadie ha
requerido sus servicios en las últimas semanas, ni siquiera para una cobranza
o la investigación de un pequeño robo. Solo las deudas golpean a
su puerta. Pero no se preocupe, don. Hace dos semanas gané la quíntuple
del Hipódromo Chile. Tengo la alcancía rebosante de doblones, y
todos a su disposición.
-Gracias, Anselmo. Una vez más me salvas de la ruina.
-Para eso están los amigos, don.
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