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Alfredo Bryce Echenique
Foto: El Mercurio
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NOVELA
Permiso para sentir
Anagrama, España, 2005.
Texto: Alfredo Bryce Echenique
Viernes 25 de marzo de 2005
Los Viejos limeños
La Lima de hoy es mucho menos alegre y viva, mucho menos humana y habitable
que la que dejé hace tres largas décadas. Tal vez los ojos habituados
no perciban la magnitud de las transformaciones; pero los míos, que son
los de un hombre que algún día se puso el mundo por montera y,
como un personaje cualquiera de Cavafis, se liberó y se fue, no salen
aún del doloroso asombro y la zozobra total del retorno. Los veinte años
de su tango son muchos, muchísimos años, créame, señor
Gardel -que una cosa es con guitarra y otra con cajón- y si yo encima
les añado tres lustros más en los que Lima ha perdido casi todo
su lustre, usted seguro que abre sus ojos de recién resucitado en Medellín
e inmediatamente clama por un avión para estrellarse de nuevo con su
repertorio y todo, más las rubias de New York, Peggy, Betty, Nelly y
Julie.
La gente le explica a uno que ahora Lima es chicha y se sigue de largo. Chicha
es el señor presidente, el tráfico, la música, el gusto,
el clima, la televisión peruana, el patrioterismo, el equipo peruano
de fútbol ("Jugaron como peruanos y perdieron", me explicó
un experto, después de una de las tantas derrotas consecutivas de una
selección en la que, increíble, juegan futbolistas que uno vio
hace años en España, en equipos de segunda, de tercera; mientras
un embajador sugería que se prohibieran las retransmisiones de partidos
de fútbol extranjero, para evitar comparaciones de goleada con eso que
aquí aún llamamos fútbol, o que se le cambiara de nombre
al fútbol jugado por peruanos en el Perú; y mientras un ex dirigente
deportivo me decía que él había abdicado del fútbol
nacional), chicha es el medio ambiente, chicha es el alma, chicha es la idiosincrasia,
chicha la corrupción y chicha la degradación moral, y por supuesto
que chicha son los sociólogos que inventaron la palabra chicha.
Se trata pues de un circuito vicioso chicha y por ahí patea latas el
hombre que regresó. No tiene los reflejos chicha, los mecanismos de defensa
chicha, tampoco los mecanismos de ataque y ofensa y agresión chicha,
mucho menos tiene los recursos deshumanizados de ver sin ver y de sufrir vacío
de dolor o de volverse loco sin el sufrimiento de la demencia, ni mucho menos
tiene la capacidad chicha de no ser asesinado por los decibeles salvajes del
volumen chicha y los ruidos molestos que en Lima son todos y chicha. Para ello
habría que saber montar a pelo el potro salvaje de la vulgaridad y la
violencia, de la fealdad instalada en el barrio más feo y el más
caro (ya no existe el barrio más bonito), del hambre y la miseria, del
desempleo y el desamparo, del infame pacto de hablar eternamente a media voz
(algo que puede llegar a ser preferible, en vista de lo mal que habla la gente,
sobre todo en la televisión chicha, que es casi toda), de los semáforos
en que se exhiben todas las cortes de los milagros que en el mundo han sido
y nos espera agazapado apenas el quinto asalto personalizado en lo que va del
año. Hay asaltos y raptos al paso, al gusto, portátiles, con o
sin dolor, tristes, teóricos y prácticos, anchos y ajenos. Todos
son chicha. Chicha es la voz. La cátedra de ética y la cátedra
de estética decidieron fusionarse por lo bajo, hasta desaparecer, por
falta de supuestos y de presupuestos, por falta de todo. Tal vez entonces nació
lo chicha. Pero bueno, mejor no me meto, porque no soy experto. Soy tan sólo
una voz que clama en un desierto chicha.
Darle vueltas a un círculo hasta que se convierte en vicioso. Antes
no era así y yo recuerdo mi visita a Lima, en 1989. Íbamos en
una camioneta Land Rover, de la ONG DESCO, "El Socio" Raúl
Guerrero, "El Poeta Hermano" Balo Sánchez León y "Mi
Ex", Pilar de Vega, en su primera visita al Perú. Habíamos
paseado barriadas desde El Agustino hasta Los Barracones del Callao, sí,
habíamos paseado barriadas o villas miseria o conventillos, y no "pueblos
jóvenes" (el pacto fame de hablar en voz alta y llamar a las cosas
por su verdadero nombre), y ahora íbamos por los tugurizantes Barrios
altos, cuando nos detuvimos a mostrarle a la viajera española cómo
en el Perú de fines de la hecatombe Alan García la gente trocaba
una casa contra dos Volkswagen usados, e incluso abusados, anunciando una realidad
en la que todo limeño también es taxista o, mejor dicho, todo
taxista también conoció un tiempo mejor y una Lima que se fue.
Breve paréntesis. Yo no sé si este dato es chicha o no, pero
Lima es la única ciudad del mundo en que los taxistas persiguen a los
transeúntes hasta el mismo interior de su casa, a ver si cambian de idea
y de itinerario. Uno camina seguido por unas bocinitas chicha, diría
yo, no sé si bien o mal; chichamente, en todo caso.
-Mira, Pilar -le explicaban los expertos a la viajera española, y le
señalaban la fachada de una casa ya llevada por el viento, en cuya fachada
habían escrito a tizazos lo del trueque Dos Volkswagen -Casa.
La viajera miró, como quien se desangra, y yo, que llevaba ya mucho
rato debatiéndome entre la basura y la angustia, decidí cambiar
de itinerario y enrumbar por el primer atajo que nos acercara a algún
lugar limpio y bien iluminado donde luchar contra la sed y el nihilismo. Pero
resultó que andábamos algo perdidos y tuvimos que consultar. Dos
seres gordos en camiseta sin mangas color blanco-cemento se asomaban pésimamente
mal jubilados por la ventana que quedaba entre SE CAMBIA ESTA CASA y POR DOS
VOLKSWGEN. Usaban unos anteojos de marcos muy gruesos y lentes como vitrales
de catedral en invierno. Pero vieron u oyeron que andábamos medio perdidos
y cerraron la ventana antes de salir y acercarse a nuestra Land Rover para ofrecernos
sus buenos oficios. Uno de ellos, lo recuerdo, estornudó, y usaba un
pañuelo a tono con su camiseta, en lo que a falta de lavandería
se refiere. Luego se cedieron la palabra ordenadamente, en su afán de
explicarnos cómo se llegaba desde su callejuela color pañuelo
inmemorial hasta el lugar de cinco estrellas en que soñábamos
con encontrar alivio a tanto trajín de la mirada. Parafraseando al poeta:
Habíamos partido casi de madrugada y no habíamos encontrado lugar
donde posar los ojos que no fuera recuerdo de la muerte. La muerte de una ciudad,
en este (o)caso.
Pero en medio de tanto polvo húmedo, tanto gris, tanto deterioro, esos
gordos miopes y mal jubilados nos hablaron en una maravillosa lengua castellana
y con una desaparecida cortesía limeña y universal. Fue un lujo,
fue un milagro, fue un espejismo. Y fue un instante de muy frágil y perecedera
maravilla, como si por la esquina estuviese doblando ya el huracán de
miseria que habría de hacer que esos dos caballeros de otrora cubierto
y mantel, de lejanos cuello y corbata, modales Carreño, pero para modales
los de mi tiempo, al fin y al cabo, y educación y decencia todas, desaparecieran
para siempre de la superficie de la tierra, como los linajes condenados a Cien
años de soledad.
-Ya eso no hay -le dijo, con tono triste, solitario y final, Balo, "El
Poeta", a Pilar, la viajera española.
-Viejos limeños -enfatizó Raúl Guerrero, "El Socio",
agregando-: Vástagos jubilados de una estirpe en vías de rápida
extinción. Deberías aprovechar para tomarles una foto antes de
que se acaben.
En estos albores de siglo XXI en que he regresado a Lima, a veces pienso que,
cual Diógenes con su linterna, yo debería caminar con una pancarta
que dijera: BUSCO VIEJOS LIMEÑOS. Lo malo, claro, es que muy probablemente
me robarían la pancarta.
Pasan los meses, los años, los siglos (a veces uno se impacienta), y
hasta el día de hoy tan sólo he encontrado a dos viejos limeños,
desde que regresé. De raza negra los dos y en muy distintas circunstancias
de caballerosidad y gracia y en escenas tan divertidas como entrañables.
Al primero lo cerré con mi automóvil, entrando a la avenida Javier
Prado Este, y me estaba gesticulando mentamadreramente y cual educado loco con
sordina, eso sí, desde su camioneta llevada por el viento, cuando me
reconoció. Y reconocerme y saludarme por la ventana fueron una y la misma
cosa: "¡El escritor internacional!" "¡La eminencia
nacional!", gritó aquel negro de consuetudinaria edad, produciéndome
ipso facto esa depresiva tristeza, ese daño oscuro que produce verse
convertido en una suerte de "Poeta oficial al que todo el mundo saluda
por la calle", según los versos inolvidables de rabia y dureza,
del mexicano Eduardo Lizalde. Contra frases como éstas, créanme,
no hay Prozac que valga.
Y sin embargo no fue así, esta vez, porque aquel hombre no era un indiscreto,
un metiche chicha, tampoco un curioso cualquiera. Era un señor. Un viejo
limeño. Y un segundo después ya lo tenía ante la ventana
de mi auto, disculpándose a mares, con los más sabrosos y cultos
peruanismos, con toda la buena educación y la gracia del mundo. Aquel
caballero era una dama, y terminamos abrazados y cediéndonos el paso,
también a mares, mientras atrás el mundo chicha se disponía
a exterminarnos con la violencia de sus bocinazos e insultos. Y fue una corta
vida feliz y ya inexistente la que viví al ver que aquel viejo caballero
terminaba arrancando su desvencijada camioneta y aceptaba que el escritor le
cediera a él el paso, en vista de que era el escritor el que lo había
cerrado. Fue un milagro.
Al segundo limeño viejo me lo encontré cuando ya yo era prácticamente
propiedad de su gigantesca mano derecha. Por lo moreno, gordo, grande, rizado
y canoso, creí que era "El Zambo" Cavero, el genial cantante
criollo. Pero recuerdo que me dijo su nombre, y se apellidaba Espinosa. El nombre
de pila se me ha borrado, o es que nunca lo llegué a oír, pues
ya dije que ese caballero inmenso se había hecho prácticamente
de mi persona, como un futbolista (no peruano, claro está) se hace de
un balón y lo desaparece entre la defensa del adversario.
El hombre andaba paseando con su nieta por la avenida La Paz, en Miraflores,
y quería que la niñita también estrechara la mano del escritor,
mientras a éste le iba aconsejando:
-Váyase del Perú, señor Bryce. Créame lo que le
digo. Váyase. Usted ya cumplió con la patria...
Yo intentaba reclamarle mi mano. Misión imposible.
-Y sobre todo no converse con nadie. Con nadie, señor Bryce. Váyase.
Yo sé lo que le digo. No converse con nadie porque lo van a querer corromper.
Con nadie, señor Bryce. Hágame caso, por favor, señor.
Yo sé lo que le digo. Mire, mi nombre es ¿? Espinosa. Búsqueme.
Llámeme, cuando decida hacerme caso. Y créame que es por su bien.
-Mi mano, señor Espinosa, se lo suplico.
-Soy yo quien suplica, señor Bryce. Y por su bien. Créame. Yo
soy un hombre de bien que pasea con su nietecita. ¿O no, mi hijita? Ya
lo sabe usted. Váyase, señor Bryce. Y si quiere yo lo llevo al
aeropuerto.
Besé a la niña con cariño, mientras lograba extraer mi
mano de aquella mano inmensa, inmensamente afectuosa y preocupada. A veces pienso
que los viejos limeños tenemos un sexto sentido que nos permite reconocernos
con tan sólo dos o tres palabras. Y a veces siento que mi mano aún
sigue entre la inmensa mano de un hombre que quiso decirme algo con todo el
cariño del mundo. Y siempre que voy al aeropuerto miro a mi lado para
ver si, por milagro, la persona que me está llevando es el señor
Espinosa. El señor Espinosa, viejo limeño, linaje condenado.
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