Jaime Collyer
Foto: El Mercurio

NOVELA
La voz del amo
Editorial Seix Barral, 2005, 27 pp.

Texto: Jaime Collyer

Viernes 15 de abril de 2005



"Solo de piano"

Iba camino de la agencia cuando lo vio, un piano destrozado en el callejón, junto a los tarros de basura, con el restorán cantonés de fondo, donde estaba el propietario chino asomado a la puerta, fumándose un cigarrillo. Un piano vertical con el flanco hecho astillas y las teclas saltadas, algunas de ellas dispersas en el adoquinado del callejón. Como un cetáceo allí varado, con la caja rota y las vísceras a la vista. Parecía que le hubieran dado una paliza, varios hachazos durante la noche, y lo hubieran arrastrado luego hasta allí. López quedó sobrecogido, no era para menos. El dueño del Lin-ming no parecía sobrecogido y lo observó con expresión remota por entre el humo del cigarrillo. Con esa lejanía inquebrantable de los orientales, con mayor razón los orientales reducidos, al cabo de su vida trashumante, a un callejón de Occidente, para cocinar allí a diario sus especialidades cantonesas en beneficio de los bárbaros locales.

Ya no pudo seguir rumbo a la agencia y mejor ingresó al callejón, se acercó al instrumento, aproximó su mano al teclado.

-¿Es un piano o no? -preguntó al chino, advirtiendo en seguida lo superfluo de la pregunta.

El chino asintió en silencio.

-¿Y quién le ha hecho esto? -López oyó su voz teñida de cierta ansiedad, de algo que acababa de activarse en su interior y comenzaba a inundarlo.
El chino se encogió de hombros, como desligando cualquier responsabilidad en el estropicio. López rastreó en el teclado superviviente alguna nota conocida y ensayó los acordes iniciales de Para Elisa, los únicos que sabía. El breve fragmento resonó con dificultad desde su interior, como un gemido. López miró de nuevo al chino, pero ya no estaba donde antes, acababa de escabullirse al interior del restorán y lo observaba ahora desde allí, refugiado tras los cristales.
Superada la impresión inicial, miró la hora. Resolvió que la agencia -con la campaña de la nueva moda primaveral incluida- debería esperarlo y fue en busca de alguien, dos cargadores de una bodega cercana, para que lo ayudaran con el piano. Más trabajo le dio explicarles sus ganas de llevárselo que el traslado en sí, la maniobra en su totalidad, el procedimiento con cuerdas, la negociación poco habitual con los dos individuos, a quienes hubo de persuadir con una propina sustancial y razones difusas, una manía de coleccionista, un amor inexplicable a los pianos destrozados en la vía pública. Entre los tres lo llevaron en vilo hasta su patio, parándose cada tanto a recobrar el aliento.

-Está muy pesado, jefe -le advirtió el más gordo-. Y no le va a servir de mucho, si me lo permite.

-No importa -dijo López con resolución-. Lo llevamos hasta el patio y les pago, usted tranquilo.

Llegaron al portón de acceso -a su patio en la planta baja del edificio- y lo cruzaron con el piano a cuestas, hasta alcanzar, en un último impulso de los tres, el fondo del jardín, donde quedó a medias oculto bajo la enredadera. El más flaco le dio la última de las teclas recobradas del callejón. López la contempló en su mano con repentina tristeza. Algún individuo a solas habría plasmado allí su propia música de las esferas, la melodía precaria de su vida, que ahora persistía en su mano abierta, en aquella tecla desgajada del resto. Inexplicablemente -o quizá fuera explicable- evocó a su padre cuando volvía del trabajo, a instalarse ante el piano por la tarde y tocar alguna pieza habitual, en el piano aquel de su infancia, con él observándolo desde un rincón, maravillado ante esa cabalgata sonora que fluía de sus manos vigorosas y llenaba de pronto el atardecer de su música, con el viejo oscilando sobre el taburete, concentrado en su breve pasión de cada día. Cuando aún existían el piano y su música al atardecer, y la vida entera por delante, como una promesa que sus manos anunciaban a los oídos del López niño.
Consumida una hora entera entre el traslado del piano y las evocaciones, partió al fin a la agencia, donde hubo de excusarse abundantemente por el atraso y pasarse el día completo enfrascado en la campaña de la moda primaveral, aunque no le cundió gran cosa: el piano destrozado rondaba al fondo de su mente, o bien esa versión quejumbrosa de Para Elisa al desayuno, esos breves acordes en el callejón.

Al volver por la tarde, se preparó un café y estuvo un rato en el living, oyendo a un vecino del edificio adyacente que tocaba el piano a esas horas -su piano aún intacto- y alguna pieza de Chopin traspasando el crepúsculo, llegando hasta sus ventanas con alegría, con secreto optimismo. Cuando ya había comenzado a refrescar, salió al patio y contempló su piano maltrecho, abandonado bajo la enredadera. A través de las rajaduras en la caja vertical apreció el clavijero de bronce en su interior, las dos hileras de cuerdas dispuestas entre sí como las de un arpa. Más sorprendido que antes, comprobó que era un Farrand auténtico, con una octava adicional, a diferencia de los pianos actuales. Viéndolo tan ensimismado y solo en su derrota, se preguntó si no sería posible componerlo, repararlo en detalle, devolverle una pizca de su antigua prestancia. Sólo se atrevió a pulsar de nuevo una tecla, que le respondió con su negativa breve y monosilábica. Entonces lo supo, el nombre irrumpió con suavidad en su mente: Bartolo, su nombre de pila -de ese piano en particular- era Bartolo, quién sabe porqué, pero así era.
Al día siguiente hizo todavía un intento de volver al cauce habitual y asumir con naturalidad la secuencia del despertar, entre la ducha, el afeitado y el desayuno en la cocina, con la televisión de fondo, como un murmullo acompasado de las mismas banalidades cada día. Entonces, cuando casi había logrado reducirlo todo a una anécdota sin consecuencias dentro de su mente (un piano tirado a la basura que ahora dormitaba en su patio, tampoco era para tanto, no era para renegar de la especie humana en su totalidad), ocurrió de nuevo: se hablaba en las noticias de atascos tempranos en alguna avenida y un temporal en la zona sur del país y un robo con intimidación en un chalet suntuoso del barrio oriente, en casa de algún senador. Momento en que hubo una nota en directo desde el lugar, con la cámara enfocando al senador para que detallara los haberes sustraídos, el caos provocado en su casa durante la noche por dos rateros de poca monta, que habían irrumpido en su puerta con resolución, encañonándolos a él y su familia, manteniéndolos en ascuas hasta el amanecer. En ese minuto lo vio, un piano Steinway de fondo, con signos evidentes de que había sido también violentado durante la noche. De nuevo tuvo la impresión de que habían utilizado algo contundente, quizás un martillo o un hacha.

Quedó inevitablemente prendado de la imagen, esa imagen ahora familiar de un piano arrasado a golpes, y fue de nuevo hasta la ventana para escrutar a Bartolo, que estaba ahora envuelto en la bruma del despertar. Se sintió presa de un temor repentino, ante la posibilidad de que no fuera sólo Bartolo, un episodio aislado, un hecho fortuito, sino quizás una secuencia y varios los pianos aporreados durante la noche. Como una conspiración inadvertida; como un foco infeccioso que tal vez se hubiera propagado en la ciudad sin que nadie lo percibiera; como un ejército invasor aproximándose, con la polvareda de sus cabalgaduras en la lejanía, el único y momentáneo indicio de su presencia. Casi pudo ver ahora a sus huestes desgreñadas y oír en la distancia el tronar de sus cascos y una voz rotunda convocando a sus integrantes en alguna lengua indescifrable...

Luego se aferró a alguna propuesta más razonable y pensó en obsesiones criminales absurdas y gente desquiciada que tal vez prefería, en lugar de ir por ahí asaltando viejecitas, ir por ahí aporreando pianos, una idea a medias apaciguadora con la que partió de nuevo a la agencia, armado de su perfil habitual, un publicista de éxito, un dócil ejecutivo a la altura de su época. Al llegar, se sumió de hecho en un breve intervalo de urgencias administrativas y correos electrónicos por responder. Luego preparó el dossier con la moda primaveral para la reunión de las 4:00 con el tal Olavarría, el financista de los grandes almacenes, que aspiraba a debatir con ellos su propio concepto de la campaña.

La reunión ocurrió puntualmente, con la muestra preparada de diapositivas y cuerpos femeninos en actitud felina, enfundados todos ellos en la nueva colección de primavera. A Olavarría le gustó la campaña, en términos generales, pero encontró previsiblemente elevado el presupuesto y quiso saber si no sería posible hacer lo mismo -los rostros felinos, los cuerpos en posturas sugerentes- por menos dinero. Ello suscitó un breve debate con MacPherson, el propietario de la agencia, quien intentó explicarle en tono conciliador que no sería fácil bajar los costos, vistas las tarifas cada vez más disparatadas de las modelos, un despropósito de las varias agencias en juego y de la producción en sí, eso él lo tenía claro, pero qué podían hacer ellos, los precios eran fijos, nadie quería negociarlos, las modelos menos que nadie…

Sonaba, a medida que exponía el punto, cada vez más conciliador, incluso suplicante. López divagó para sí mismo en torno a la importancia tan decisiva que parecía tener Olavarría en todo el asunto. Se lo imaginó cuando niño, en su época escolar, el tesorero del curso, el que reunía las cuotas para lo que fuera, el lisonjero precoz que negociaba con los profesores desde su cargo. Nunca era el mejor alumno o el más popular, ni siquiera el más avispado, no le iba bien con sus compañeras de curso, su promedio era apenas suficiente. Ahora, en cambio, tenía la última palabra: en el nuevo escenario de cuerpos felinos era el factor decisivo, se había vuelto el más relevante dentro del entramado, el individuo de expresión adusta al que era preciso halagar, complacer con buenas razones y canapés para que autorizara el gasto, para que no se opusiera a los extras de producción. Se había liberado al fin de su propia intrascendencia y el rencor acumulado desde la época escolar, todo un progreso de su parte.

-Nuestros recursos son limitados, MacPherson -retrucó el propio Olavaria, frunciendo el entrecejo, con la vista clavada en una de las chicas del dossier-. Con estos costos se podría haber hecho algo mejor, ¿no?

-Siempre es posible hacer algo mejor -dijo MacPherson.

-Nosotros queremos lo mejor de lo mejor -redundó Olavarría.

-Esto es lo mejor -intervino López.

-Pero podría haber sido mejor -insistió Olavarría con su propensión redundante. No era un diálogo muy creativo. El tipo seguía con la vista clavada en la chica esa de la mirada superlativamente felina-. Esa chica está muy bien -añadió.

-Pero ella por sí sola aumenta significativamente los costos -le advirtió MacPherson-. Se podría hacer algo más barato, sólo que sería con otra modelo, una con menos piernas.

-O las piernas más cortas -dijo López.

-¿Cuánto más barata? -preguntó Olavarría.

Hubo una pausa en la que cada uno pareció evaluar las piernas de la chica, su longitud precisa, el valor exacto de cada muslo.

-Es difícil estimarlo -concluyó MacPherson.

Olavarría reunió sus papeles y los arrojó al maletín que mantenía abierto sobre la mesa.

-Hay que buscar una alternativa -dijo y cerró el maletín de golpe. En lo que a él correspondía, la sesión había concluido.

Hubo un breve revuelo de colaboradores reuniendo las diapositivas y el material. MacPherson acompañó a Olavarría a los ascensores y López se escabulló con discreción a su despacho, donde recogió su abrigo, decidió prescindir momentáneamente del problema (el de buscar otra modelo) y mejor se fugó a la Biblioteca Municipal.

Allí se dio cuenta de que no tenía muy claro su objetivo o lo que buscaba. De hecho, estuvo largo rato extraviado en los ficheros y luego ante uno de los monitores, donde aparecían los varios títulos disponibles, clasificados por temas. Había diversas Historias de la Música, poco frecuentadas por el público. El tipo en el mesón de consultas, un individuo de aspecto esmirriado y hostil, le sugirió que buscara la voz "piano", donde quizás estuviera el anecdotario asociado al instrumento, su historia, sus orígenes, si era eso lo que pretendía, averiguar de pianos. O del instrumento que quisiera. A López se le antojó -el individuo aquel- la reencarnación de un pollo recién desplumado, quizá por su aspecto esmirriado. Un pollo crudo y desfalleciente, cuyo destino manifiesto parecía, desde su reencarnación precedente, el de ser arrojado a alguna parrilla y cocinado sin más. Al que, a pesar de todo, nadie había hecho hasta allí el favor de arrojar a ninguna parrilla.

-Yo no puedo hacer más -concluyó el tipo-. ¿Algo de pianos en mal estado, dice usted? No creo que haya nada, es demasiado específico. Pero busque en el fichero la voz "piano", capaz que encuentre algo.

López siguió largo rato ante el monitor, con una miscelánea de datos relativos al tema, como el auge del clavecín durante el período barroco o el surgimiento del pianoforte en el siglo XVIII; como la proliferación del órgano en toda Europa y los nombres tan rimbombantes de sus muchos cultores, Purcell y Scarlatti y Froberger y Champion de Chamboniéres, que habían compuesto sonatas para clavecín y suites para la realeza, conciertos regios en que el piano había cobrado, sin que nada lo anticipara, el rol protagónico. "Una época ciertamente más apacible", se dijo a sí mismo, con el cerebro ahora embebido de concertinos y sonatas da camera, de pizzicatos y allegros y los tecnicismos en boga a contar de entonces, dentro de esa cofradía asociada al instrumento.

Cuando comenzaba a anochecer -casi había desechado ya la posibilidad de algún hallazgo de provecho-, un párrafo inesperado le salió al paso: en una edición antigua de Luthiers, un artículo firmado por Nicholas Eagleton, un musicólogo doctorado en Yale, mencionaba al pasar "el aporreo ocasional en la vía pública, o en otras instancias, de algún piano abandonado a su suerte…". López quedó maravillado, sin habla. Y se paró a leer obstinadamente el resto del artículo.
No era exactamente una moda o una práctica habitual, según Eagleton, y más bien una excepción. Luego detallaba algunos ejemplos llamativos: el caso de un piano destrozado en la corte imperial nipona, que un alto oficial del ejército había calificado como "un vestigio insultante de la penetración occidental"; o el de un consejero altamente influyente de los Habsburgo, que en una ceremonia oficial se había apoderado de un candelabro y la había emprendido a golpes contra el piano allí presente, para gran estupefacción del Emperador y los altos dignatarios invitados al asunto. El episodio constaba, al decir de Eagleton, entre las notas de Abel Kahn sobre los días finales del Imperio Austro-Húngaro (Days of Wine and Roses: The End of a Dream, Londres, 1907, serie publicada originalmente en Athlantic Monthly). Eagleton especulaba en torno a la posibilidad de que el procedimiento no fuera ya el mismo de esa época gloriosa: Con el correr de los siglos, el gesto ha adquirido cierta cualidad ritualista, una propensión ceremoniosa de la que no gozaba en sus comienzos, un no sé qué protocolar que lo ha desvirtuado en parte. De ahí el clamor altisonante de un Volosky o un Solomon en favor de cierta espontaneidad; de una mayor soltura en el procedimiento o la cualidad arrebatadora que él exhibía en sus orígenes… López entendió que Solomon y Volosky eran expertos complementarios en el tema. Y concluía Eagleton: Sea como sea, hay consenso en que el aporreo no es ya lo que era en sus inicios: una catarsis espléndida, un arrebato espiritual sin contenciones, una iluminación súbita, una modalidad arrasadora del éxtasis, un renacer de las propias cenizas. López se dijo -en una derivación coyuntural y, por lo mismo, injustificada- que debería buscarse él mismo entre sus propias cenizas para dar con la modelo alternativa para la campaña primaveral, con el mismo rostro felino de la otra y las piernas más cortas (lo que no era fácil, porque el rostro felino venía habitualmente asociado a piernas más bien largas). Luego prosiguió con su lectura.

Eagleton insistía en los cambios habidos en el ceremonial, que no parecían de su agrado: En nuestra era contemporánea, el fenómeno ha cobrado una tonalidad más bien íntima y las descripciones asociadas al aporreo enfatizan el sentimiento de honda desolación (Pécheux, 1976), de nostalgia (Spark, 1993) o bien de crispación que el episodio suscita en quien lo contempla (Bidermaier, 1997)… En esta vena, era Heinz Bidermaier, el último de los citados y prestigioso musicólogo asociado a la Escuela de Frankfurt, quien había contribuido a perfilar el fenómeno "desde dentro", asumiéndolo en sus consecuencias psicológicas no pocas veces devastadoras, enfocándolo desde la óptica del testigo presencial. En sus Notas de viaje (Frankfurt, 1983), que citaba el propio Eagleton, se aludía a un episodio adicional en pleno auge del movimiento romántico y al caso célebre de un habitante de Weimar sorprendido al atardecer cuando daba martillazos a su piano de cola. Bidermaier lo postulaba como "el único testimonio verdaderamente confiable de un piano aporreado gratuitamente en la vía pública". A Eagleton le parecía excesivo esto del "único testimonio verdaderamente confiable" y no concordaba en que el espacio correspondiera exactamente a "la vía pública". Daba a entender cierto narcisismo velado en Bidermaier, que buscaba -según él-monopolizar los testimonios existentes y ordenar bajo su égida el fenómeno, "empleando una terminología psiquiátrica muy poco adecuada a todo el asunto". López advirtió un asomo de rencor en Eagleton, cierta envidia secreta de su parte hacia la obra del germano, a quien citaba a pesar suyo, porque tenía que citarlo, pero consideraba, en su fuero íntimo, "demasiado lírico y demasiado próximo al objeto de su descripción, incluso melodramático". Aunque al final lo justificaba y se mostraba conciliador: Se entiende, de todas formas, cierta propensión sensiblera del alemán, visto que no es un hecho agradable, esto de un piano destrozado a golpes y luego arrastrado gratuitamente a un callejón. Algo que a nadie lo hace demasiado feliz, no hay que engañarse al respecto. López experimentó en su interior el acicate de sus propias discrepancias. ¿Cómo podían estar tan seguros -Bidermaier, el propio Eagleton- de que no los hubieran aporreado allí mismo, en el callejón donde solía encontrárselos? ¿Por qué tenían que haberlo hecho en otro sitio y luego arrastrado hasta allí? ¿No era más lógico suponer que alguien los había llevado primero al callejón y, una vez allí, les había dado de martillazos? La ausencia de teclas y otros indicios a la entrada de su propio callejón, en el caso particular de Bartolo, apuntaba claramente en esa dirección.

La duda lo acompañó de vuelta a casa -su vecino practicaba de nuevo en su piano, la melodía llegó hasta él desde el edificio de enfrente- y hasta logró desvelarlo por la noche, cuando ya estaba en su cama. ¿Sería el aporreo algo premeditado? ¿O surgía más bien como un gesto espontáneo, sin un "aura" que lo justificara, cuando el piano había sido ya abandonado por su propietario y a cualquiera le venían ganas de agarrarlo a patadas, allí donde se lo topara…? Dándole vueltas a las varias opciones, le dieron las 4:00 de la madrugada. Hasta que sólo hubo en el aire un gato maullando en la distancia, dando cuenta de su melancolía repentina en la noche.

Por la mañana, cuando ya se iba a la agencia, se aproximó a la ventana para corroborar allí al fondo la silueta inerme de Bartolo, progresivamente cubierto de la enredadera y sus tentáculos. Le pareció incluso hermoso, un piano agónico ahora decorado de hojas, y volvió a evocar a su padre en el taburete de la infancia. Hasta experimentó, en su garganta súbitamente apretada, algo que buscaba aflorar de allí y desbaratarlo transitoriamente, con sólo ver a Bartolo allí al fondo, tan discreto en su agonía, tan irremediablemente solo bajo la enredadera. Luego de eso experimentó el leve tirón del maletín en su mano, se restregó ambos ojos para evitar que aflorara nada de ellos y partió a sus labores ineludibles en pro de la moda primaveral.

Nada más cruzar el umbral de la agencia, lo interceptó MacPherson.

-¿Qué hay, López, ya encontraste algo?

Quedó transitoriamente perplejo, intentando determinar si había encontrado algo.

-Estoy en ello -dijo, aunque no sabía en qué exactamente.

-Tienes que arreglarlo antes de la próxima reunión, el tiempo se acaba.

López asintió en silencio y juzgó esa última frase muy exacta, de una precisión meridiana.

No le dio tiempo a "arreglarlo" esa mañana, ni tampoco al día siguiente. En lugar de ello, volvió a escabullirse a media mañana de la agencia, rumbo a la Biblioteca Municipal, y allí solicitó de nuevo -para crispación adicional del individuo de expresión avícola- el número de Luthiers con el artículo de Eagleton. De allí saltó a otras referencias, en otras ediciones de Luthiers, en la Britannica y otras publicaciones que mencionaba el propio Eagleton. Comprobó sorprendido que Jan Donato, el prestigioso especialista en Bach y su obra, estaba también al tanto del fenómeno, aunque él lo relacionaba, en primera instancia, con la tradición heresiarca: "Se sabe que los canonistas incluían en sus rituales un clavicordio en desuso para ser aporreado por el prior de la secta, hasta ser reducido a astillas" (la mención venía en Música para el fin de los tiempos, traducido y publicado por Sanlúcar Editores, Oviedo, 1949). Un musicólogo de Harvard aludía por su cuenta y riesgo a razones de índole geopolítica, que según él parecían agotar el fenómeno: "El mismo suele ocurrir, con carácter obsesivo, en comunidades fronterizas o territorios en disputa, donde los pianos agonizan entre los refugiados y las muchedumbres arracimadas en torno de las aduanas, los puestos de control, los funcionarios abyectos que comercian con la desesperación de los desplazados; entre los niños desnutridos y las viudas arrancadas por la guerra de sus hogares, con los ancianos a la zaga, huidos todos hacia cualquier frontera mal delineada en los mapas…".

López reparó en el verbo "agonizar", que parecía sintomático entre los autores citados, afines todos ellos a cierto tremendismo. El tipo de Harvard insistía -sin mucho fundamento- en el nexo con conflictos territoriales de baja intensidad, pero la relación precisa entre el aporreo del piano (vale decir, el momento en que él ocurría) y las escaramuzas propiamente militares no era demasiado clara. Aun en caso de haberla -esa relación difusa-, seguía pendiente la cuestión de si el aporreo era la causa del episodio bélico o más bien a la inversa. ¿Entraba una comunidad determinada en una espiral de violencia después de comprobar que uno de sus pianos había sido destrozado por la comunidad rival o, una vez desatada la violencia, surgía una necesidad instintiva, no justificada, de arrasar a martillazos algún piano del adversario? ¿Era, pues, la guerra fronteriza un activador o un derivado de la "pianofobia"…?

El especialista de Harvard no tenía la respuesta. ¿Quién podía saber, en ese y otros casos, lo que era causa y efecto? ¿Era el arma gatillada contra un individuo un factor deliberado de su muerte, o era él quien escogía, de manera deliberada, ubicarse al paso del proyectil? ¿Habría abandonado su padre en forma deliberada sus conciertos al atardecer o era el piano en sí el que se había rebelado progresivamente contra él? ¿Se había deshecho del piano por propia voluntad o por miedo? No tenía, él tampoco, las respuestas y eso lo entristeció doblemente. Tan sólo había, al fondo de su mente, el espacio vacío del piano entre sus recuerdos, el recuento a medias de esos atardeceres inconclusos, que no había ya forma de concluir.

El viernes por la mañana, el día fijado para la nueva reunión con Olavarría, buscó apresuradamente en el archivo de rostros femeninos una opción alternativa para la moda primaveral, alguna modelo entre las menos conocidas, de expresión felina aunque no tanto como su predecesora, y a las 5:00 acudió a la reunión programada. Una de las diseñadoras hizo en el computador la inserción del nuevo rostro femenino en cada una de las fotos. Olavarría y el resto del equipo la examinaron en silencio, la misma secuencia de antes con un rostro nuevo.
-No está mal, pero nos gustaría, ahora que lo pienso, algo menos provocativo -determinó en esta ocasión Olavarría-. Nuestra colección de primavera es muy recatada, MacPherson, ¡esto parece un teatro de revistas!

La nueva conclusión del financista provocó un debate adicional entre él y MacPherson. López se aproximó a la ventana, oyendo el diálogo de fondo, y examinó el horizonte, vio el sol poniéndose entre los edificios. Del lado de la Compañía Telefónica había el anuncio de una empresa aseguradora, donde aparecía un piano seccionado por la mitad, aserrado en dos mitades, con otra modelo felina entre ambas partes, abierta de piernas. Al pie del anuncio había una leyenda que llamaba a prevenir riesgos inesperados; de una de las mitades aserradas manaba un líquido ambarino, que sugería la sangre del piano brotando de su interior.
López experimentó una desazón repentina.

-Tendrán que disculparme -anunció y se dirigió a la salida.

-¿Adónde vas, López? -lo llamó MacPherson, pero no se volvió a responderle.

Minutos después estaba en la planta baja, de vuelta en la calle, e hizo parar un taxi, indicándole la dirección de su casa. De la agencia llamaron luego varias veces, pero prefirió no contestar y posponer las excusas hasta el lunes.

Al día siguiente -el sábado muy temprano- se levantó pensativo, fue a la cocina y entreabrió las cortinas, para escudriñar temeroso a Bartolo al fondo del patio. El sol asomaba de nuevo entre los edificios vecinos, donde ahora había una valla publicitaria recién dispuesta, con el mismo anuncio del piano aserrado en dos mitades y la modelo embadurnada del líquido ambarino.

El fin de semana entero estuvo oyendo de pianos, sometidos todos ellos a alguna afrenta improvisada o vulnerados sin motivo. Como un piano acribillado por los francotiradores entre las ruinas y despojos de Sarajevo. O un clavecín abandonado en una iglesia, cubierto de esquirlas, durante la campaña de Berlín. O un anuncio que promovía un concierto de jazz, en el cual asomó brevemente un piano en llamas. O el estelar del sábado por la noche, donde hubo un payaso bailoteando largamente sobre un piano de cola. O un gran órgano renacentista que la cámara mostró luego desarmado y expuesto en un museo de Colonia. O un piano vertical en el noticiero de las 9:00, descendiendo por un río al sur del país, bamboleándose en las aguas. O un teclado que alcanzó a ver de fondo entre los restos de un edificio destruido por un incendio. O un reportaje curioso a una empresa de mudanzas, cuyo propietario declaraba orgulloso que nunca habían sufrido ningún contratiempo hasta allí, excepto por un piano Yamaha que se les había caído hacía poco de las manos, haciéndose añicos, aunque había seguros comprometidos…

El domingo al despertar hubo incluso un despacho desde la zona sur del país, a raíz del aluvión que acababa de arrasarlo todo a su paso, incluidas varias viviendas, incluida esa pobre gente que ahora reunía sus pertenencias en mitad del aguacero, donde también apareció un piano en dificultades: el piano aquel bajando de nuevo por el río, zarandeado por la corriente, a merced de las aguas lodosas, descendiendo hacia ninguna parte, sin nadie que fuera a observarlo en su odisea. Luego el subsecretario a cargo de la emergencia enumeró los efectos de la catástrofe, el balance de los daños, las medidas tomadas por la autoridad para paliarlos:

-Ningún poblado de la región está a salvo de nuevos aluviones -advirtió-, en esto hay que ser muy precisos. Ningún hogar de la localidad está a salvo y ninguna familia.

Ni siquiera los pianos.

En este punto miró a la cámara, súbitamente atento a la teleaudiencia, con los ojos fijos y saltones, como un orate recién fugado de su clínica.

López apagó el televisor. Cuando no había aún acabado de despuntar la mañana, salió al jardín y fue hasta donde se hallaba Bartolo, lo contempló unos instantes, le acarició el flanco astillado y las teclas saltadas. Segundos después apareció el sol por entre los edificios cercanos y como que lo hizo revivir mínimamente con su tibieza, y casi le pareció a López que estaba sonriendo, con esa media sonrisa desdentada, incompleta, de su teclado. Por última vez aproximó su mano a las teclas supervivientes, presionó un par de ellas, buscó una melodía residual entre las que aún permanecían en su sitio, pero ningún sonido afloró de ellas, ya no más.

Entonces miró al edificio de enfrente y vio a su vecino en la ventana, con la mirada perdida. Ya no en el piano y practicando a Chopin, como hacía cada domingo, sino allí en la ventana, mirando al exterior con una expresión inquietante, sosteniendo en su mano algo metálico. En seguida lo vio retroceder y sopesar la herramienta en su mano, y mirar con aire maquinal a algún punto del apartamento, al rincón donde aguardaba su piano de cada domingo, sumido ahora en un silencio mortal. López retuvo el aliento. Luego oyó el primer golpe, y un segundo, varios golpes en seguidilla. Tan sólo interrumpidos por el rumor en la distancia, un murmullo de voces y cascos en la lejanía. Como un ejército invasor aproximándose, con los jinetes arreando a sus cabalgaduras, y una voz a lo lejos, convocándolos en una lengua extraña.

 
   
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