Carlos Franz
Foto: El Mercurio

NOVELA
Fragmento del Capítulo 1 de "El desierto"
Editorail Sudamericana, Santiago, 2005.

Texto: Carlos Franz

Viernes 6 de mayo de 2005



Lo primero que Laura reconoció, al adentrarse en la vasta llanura desértica que rodeaba al oasis de Pampa Hundida, fue el horizonte de aire líquido. La muralla del espejismo temblaba en el horizonte del desierto, atravesando la autopista: una catarata de aire hirviente manando del cielo quemado por el reflejo de los salares, cayendo sobre el lecho del mar que se había ausentado un millón de años antes. Por un instante, tras ese muro de calor que palpitaba como un cristal recién fraguado, Laura creyó ver enormes rostros, siluetas humanas gigantescas, bocas distorsionadas, que gritaban en su dirección, que apelaban a ella, pidiéndole o enrostrándole algo inaudible, el dolor de una deserción tan larga como el millón de años transcurrido desde que el mar se evaporó de esas pampas. Era como si el propio paredón del horizonte líquido le aullara.

Laura entrecerró los ojos luchando con la alucinación, peleándoles a esos fantasmas inventados por la fatiga del viaje de regreso, que ya llevaba más de veinticuatro horas -de Berlín a Frankfurt, de allí volando toda la noche hasta Buenos Aires, de allá el salto a Santiago, y de ahí la conexión a la ciudad minera del norte grande donde arrendó ese auto, en el cual ahora se internaba, a ciento cuarenta kilómetros por hora, hacia el corazón ardiente del desierto. Conduciendo con una mano, se restregó con la otra los ojos afiebrados; al hacerlo, sintió que perdía el control del automóvil, que el volante temblaba, que abandonaba la línea recta (volvió a ver impreso en las retinas de su memoria, por un instante, el caballo color de sangre, el purasangre, a galope tendido, doblándose de manos, rodando por la pampa...).

Cuando abrió los ojos, Laura tuvo que virar bruscamente para evitar salirse de la ruta. Y al hacerlo experimentó la nítida, la física sensación -que ya había tenido una noche de hacía dos décadas- de que acababa de cruzar la línea del horizonte. Se había hundido en el paredón de aire líquido que temblaba en el horizonte, y lo había atravesado de parte a parte, de medio a medio, hasta el reverso del cielo, donde la esperaba su pasado (donde la esperábamos nosotros).

"¿Dónde estabas tú, mamá, cuando todas esas cosas horribles ocurrieron en tu ciudad?" Recobrando el control del vehículo, Laura recordó una vez más la carta de Claudia, llena de preguntas como ésa, que había recibido tres meses antes, en Berlín. Esa carta que viajaba en su portafolios junto al pasaporte, los pasajes aéreos ya usados, y el grueso legajo de su respuesta, que había tardado tres meses en escribir -¡tres meses!-, sólo para averiguar, al anotar una posdata en pleno vuelo de regreso, que la única respuesta verdadera a su hija sería este mismo regreso. La única respuesta válida era acercarse con los ojos abiertos a esas siluetas deformadas, que aullaban -inaudibles- en el horizonte tembloroso, y cruzarlo yendo a su encuentro. Como acababa de hacer. Mientras se unía a la fila de vehículos que señalizaban para virar hacia el oasis, Laura evocó esa larga misiva de respuesta, que venía también en uno de los fuelles del portafolios. En ella le contaba a su hija la historia secreta de su vida, el relato de quién había sido antes de que ella naciera, la historia negada, de la cual la defendió -la historia que se había negado y de la cual se había defendido ella misma, durante veinte años. Lo había hecho de un modo tan franco y tan completo que no sólo le acarreó despertar a los monstruos dormidos de su memoria, sino que, al llegar, no fue capaz de entregársela. Pues en el largo vuelo nocturno, transatlántico, que la descendía hacia el sur en dirección contraria al reloj (en dirección a nuestro pasado), había releído su propia contestación y confirmado lo que intuyó cada vez con más fuerza, mientras escribía esa carta: que hay preguntas que sólo se responden con la vida.

Por eso, a su llegada al aeropuerto de Santiago, cuatro horas antes, después de abrazar apretado a la hija que no veía desde hacía un año y medio, y en lugar de entregarle de inmediato el legajo de hojas escritas a mano que venían en ese maletín, como se había propuesto -aunque algo moría en ella cada vez que se lo proponía-, en lugar de entregarle la historia que le había negado, en sus manos, Laura se había separado de Claudia, para ir directamente al mesón de vuelos nacionales. Ante la mirada atónita de su hija, compró un pasaje en el vuelo más inmediato que salía hacia la ciudad minera del norte desértico, el que apenas tendría tiempo de abordar, y facturó nuevamente su equipaje.

Claudia -tan alta como su madre, pero con su pelo teñido de rojo y cortado a tijeretazos-la había observado sin entender, o hasta que fue entendiendo, y entonces meneó la cabeza, le sonrió con esa airada tristeza que sintetizaba toda la decepción que su madre había criado en ella: "¿Cuándo dejarás de huir, mamá?", le había preguntado. Y sin esperar que ella le respondiera, sin esperar ya una respuesta, o que este regreso fuera una respuesta a las preguntas que le había hecho en su carta de tres meses antes, le había dado vuelta la espalda, y salió del terminal sin despedirse.

***

La fila de vehículos de los peregrinos que venían a la fiesta religiosa anual, en Pampa Hundida, se extendía casi un kilómetro por delante de ella, detenidos junto a un insólito anuncio caminero de la ciudad: un diablo de neones cuyo brazo encendido indicaba una dirección perpendicular a la carretera Panamericana (o a la realidad). Señalizando para virar por turnos, hacia el desvío que conducía al oasis, Laura vio buses repletos, taxis cacharrientos, camiones roñosos, con los neumáticos lisos, con pasajeros en el remolque, a la intemperie, parados como ganado, como prisioneros de guerra. Prisioneros, sin embargo, con los rostros esperanzados, radiantes de júbilo después de la travesía del desierto. Exasperados por el embotellamiento que los detenía cuando ya tenían a la vista su destino, decenas de peregrinos, cofradías enteras, abandonaban sobreandando sus camiones -que de todos modos apenas se movían- y proseguían a pie, animados por los primeros sones de sus bandas, medio andando y medio trotando, llevados por el entusiasmo de la cercanía.

Desfilando junto a su auto, entre la polvareda que levantaban y el resplandor blanco del cielo, entre los brillos de los instrumentos de bronce y el atronar de los grandes bombos y tambores, Laura vio -o sus ojos afiebrados tras el día completo de viaje sin dormir creyeron ver- conquistadores españoles, indios disfrazados de animales totémicos, de jaguares y cóndores, negros pintados, guerreros emplumados originarios de las selvas más allá de las sierras, cortesanos con pelucas blancas, gitanos, demonios mitológicos que descendían de las alturas altiplánicas... Una muchedumbre dispar y confusa y arbitraria; seres que venían no de otras provincias o países, sino de un tiempo y un mundo previos, desde una necesidad anterior a ellos mismos -pero que siempre había sido la patrona de todos ellos.

Detenida en esa cola de vehículos, envuelta por la multitud, Laura sintió que, tal como esa humanidad doliente y festiva, ella venía a pedir y celebrar, a rogar y bailar; que venía a escuchar enla voz de la multitud -de ellos mismos- la voz de alguien más. También ella había venido a escuchar, a oír, en las voces de los sobrevivientes, de los testigos y de los autores (de los que aquella noche, hacía veinte años, la habían empujado a su destino), otra voz... Quizás la suya, la voz que había reprimido -la que una vez había cantado al unísono con el acero-, tal vez.

Pero en todo caso no la voz de las certezas, no la voz de la razón, sino la de una pasión. Porque cada vez le resultaba más claro que ese viaje agotador desde Berlín era un vuelo parabólico: la inmensa parábola de la nave que la había bajado hacia el sur, cruzando seis zonas horarias y más de sesenta paralelos y setenta meridianos, era, y no sólo físicamente, el descenso a la otra cara del mundo, al revés de las certezas, a la intuición de una pasión que remachaban esos bombos y tambores pegajosos, acoplando su insomne cavilar al ritmo de cadencias infinitamente más antiguas que cualquier teoría. Oyendo esos pitos y bombos y zampoñas y matracas, Laura comprendía que no sólo venía de Europa a Sudamérica. No sólo venía del cielo septentrional a este otro, su reverso, donde el cuerno de la luna creciente, cuando apareciera, se mostraría al revés que allá. Sino que había cambiado la aparente armonía de su cátedra de filosofía por el torbellino polifónico de la fiesta donde había aceptado juzgar lo incomprensible. De la filosofía a la fiesta.

***

Tres meses antes de ese regreso, en su oficina en el Departamento de Filosofía de la Frei Universität de Berlín, mientras pensaba y miraba sin observar la tímida primavera que empezaba a reverdecer los abedules en el parque que rodeaba el edificio de su facultad, Laura se había jugado su suerte. Se la había jugado, sin darle tiempo al temor para que se disfrazara de prudencia cuando tomó el teléfono para llamar de larga distancia al ministro de Justicia, don Benigno Velasco. Su antiguo profesor de Derecho, su protector, el que lanzó su carrera judicial, a sus veintidós años y recién recibida de abogada, influyendo para que la nombraran secretaria de juzgado en Pampa Hundida. Ese tribunal remoto, donde desde el comienzo suplió a la jueza perpetuamente enferma, con tanto brillo que en menos de dos años la habían nombrado en propiedad: jueza civil y criminal, titular, la más joven en la historia de todo el servicio. Cosas que pasaban en esos años, a comienzos de la década de los setenta, en plena "vía chilena al socialismo", en esa época temeraria y revuelta, cuando parecía que el futuro había llegado y la juventud era su propietaria. Antes de que se oyera la canción de la cabra, y el lejano palacio ardiera, y su juventud ardiera, y Allende, el presidente suicida, se sacrificara, y el sacrificio la alcanzara a ella (y a nosotros, sentados desde entonces frente a los escombros humeantes de nuestro ocaso).

Al llegar a su oficina de la universidad, tarde en la mañana, luego de reflexionar paseando por el Tiergarten -perseguida desde lo alto por el ángel dorado en su altísima columna-, había decidido llamar a su viejo profesor y ahora flamante ministro. La noche anterior se la había pasado releyendo la carta de su hija, en la que le formulaba aquella pregunta, la que la había perseguido durante los pasados tres meses, y en el viaje de vuelta, por medio mundo, hasta acá: "¿Dónde estabas tú, mamá, cuando todas esas cosas horribles ocurrieron en tu ciudad?". La había releído y le había agregado páginas a la respuesta que venía borroneando desde hacía unos días.

Pero esa noche se dio cuenta, por fin, de dos cosas: responderle a su hija entrañaba asomarla a lo vedado, puesto que no había otro modo de explicar lo inexplicable; y se dio cuenta de que una respuesta de esa naturaleza debía entregarse personalmente. En ese momento, como si desde muy lejos alguien la hubiera interpelado, su mano se detuvo sobre el papel donde escribía, recordó algo, y volvió a revisar la carta de su hija. Allí estaba esa información que Claudia mencionaba al pasar, casualmente, y que sus ojos habían leído varias veces sin aceptar todo su significado: el cargo de juez en Pampa Hundida estaba vacante. El juez anterior había muerto, súbitamente, unos dos o tres eses antes y aún no se designaba un reemplazante. Claudia le mencionaba esto remachando su protesta: ni siquiera la suerte quería hacer justicia en Chile. Pero Laura entendió, de pronto, que esa vacante, ese vacío, esa ventana abierta sobre el abismo, había sido abierta para ella, y que desde ahí alguien (acaso el dueño de aquellos ojos entristecidos no por lo que habían visto, sino por lo que iban a ver) la miraba, y la llamaba.

La siguiente mañana paseó tres horas por el Tiergarten -bajo la atenta vigilancia del altísimo ángel dorado en su columna- hasta que el mundo, rodando sobre su eje, la sincronizó con los horarios de su viejo país. Entonces se fue a la universidad y llamó al Ministerio de Justicia de Chile.

"¿Renunciarías a tu puesto en una universidad alemana, al prestigio que te has ganado en Europa? ¿La autora de Moira quiere venir a enterrarse en ese oasis perdido, ese agujero en el desierto...?", le había preguntado o reprochado su viejo profesor, indeciso entre el placer de ser requerido y la incredulidad.

***

Ese agujero en el desierto... La fila de vehículos avanzó un poco más hacia el desvío, sacándola un momento de sus evocaciones. Cuando volvió a pararse, esta vez sobre el nuevo paso superior en forma de trébol que cruzaba la carretera Panamericana, Laura avistó la ciudad santuario a la que volvía. Bajo la lluvia de fuegos del mediodía, divisó la hondonada del oasis preñado de viñedos y frutales, la fértil depresión en el cuero curtido del Llano de la Paciencia, la cañada transversal que se hundía unos treinta metros, solamente, bajo la línea del horizonte. Pero que bastaban para darle su nombre, Pampa Hundida, porque vista desde la distancia, al ras de la tierra, desaparecía como una ilusión óptica o un espejismo, y sólo quedaba la llanura insomne, los manchones tornasolados por el cuarzo de los salares, el vértigo horizontal. Desde lo alto de ese trébol caminero, atestado de vehículos que sonaban las bocinas y de peregrinos que pasaban cantando, Laura volvió a experimentar la sorpresa, la sensación de irrealidad de esa mancha verde en el yermo, el damero irregular de la ciudad donde asomaban, acá y allá entre los árboles de sus calles, la antena de la radio, el macizo cascarón del hotel Nacional, los edificios de tres y cuatro plantas que rodeaban la Plaza de la Matriz y, en pleno centro, la basílica, su campanario impar, el templo más pequeño en su memoria, pero aún gigantesco para el tamaño del pueblo, su cúpula blanca, lunar, remedo del cielo incandescente del desierto.

Y junto a Pampa Hundida, a unos dos kilómetros al norte de su linde urbana, pero ya sobre el despoblado, sobre la pampa rasa, es decir, como en otro mundo, las ruinas. El pueblo fantasma de la salitrera que después fue campamento de prisioneros y que luego volvió a ser ruina, replicando a la ciudad viva como un espejismo seco o una advertencia. O, todavía, como una premonición: su perímetro alambrado, sus casamatas radiales, destechadas, podridas de soledad, el teatro abandonado, la carcasa prehistórica de la planta de evaporación con sus hierros rojizos hirviendo de óxido, la altísima chimenea agujereada que sirvió más tarde de torre de vigilancia (ese hueso hueco donde el viento juega a la flauta en las noches, inquietándonos, llamando a los ciudadanos insomnes de Pampa Hundida con sus lamentos de animal agonizante: tuuuut...).

 
   
Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio S.A.P.