NOVELA
Cadáver tuerto
Catalonia, Santiago, 2005

Texto: Eduardo Labarca

Viernes 10 de junio de 2005



Un día el Pope me arrastró del brazo hasta un rincón de La Radio, donde mencionó misteriosamente un ''proyecto'' de los hermanos mayores, y me citó para esa misma tarde al pie de la estatua del poeta nacional que los habitantes de Acullá colmaban de flores cada día. Cuando llegamos envueltos en abrigos acolchados, aprisionada la cabeza en los gorros de piel, allí nos esperaban Ingenuo y una mujer de mirada turbia cuyos mechones asomaban en llamarada bajo un gorro de zorro plateado. La mujer nos dio la mano con energía sin que Ingenuo nos la presentara, y para mis adentros la bauticé instintivamente la Espiona. Los cuatro avanzamos por un sendero nevado a tranco firme para no entumirnos. Entre unos árboles de ramaje desnudo, Ingenuo abrió su maletín ejecutivo, y empujando a un lado un sándwich de mortadela, sacó un legajo envuelto en una hoja de diario que entregó al Pope. Ante mis ojos y los de Ingenuo y de la Espiona, el Pope comenzó a hojear allí mismo con las manos enguantadas las páginas escritas a máquina: su mirada absorbía velozmente los bloques de texto que, bajo la peluca y el gorro de piel, su mente excepcional iba procesando. Un ligero pestañeo insinuado por las arrugas que emergían de los anteojos negros, el tenue rictus que despuntó sobre el bigote postizo y un tiritón del hombro izquierdo me revelaron su repugnancia por lo que estaba leyendo.

Cuando hubo auscultado una treintena de páginas, el Pope lanzó un suspiro que proyectó una nube de vapor entre los árboles y me pasó el legajo. Tratando de emularlo, comencé a dar vuelta las hojas leyendo fragmentos al azar. Se trataba nada menos que del Diario de un general diferente, el militar que había precedido en el puesto al General en Jefe. Nuestro Tirano lo había mandado eliminar de la faz de la Tierra, habiendo encomendado la faena de su serial-killer, quien detonó una bomba de demolición bajo el asiento de la furgoneta en que el General Diferente viajaba con su esposa y sus cinco hijos.

A pesar de que los lugares y personajes mencionados en el Diario correspondían a los de nuestro País, algo cojeaba en esas páginas. Más que propio de un general, el texto parecía una mala historieta de aventuras traducida de otro idioma a la carrera. Mientras daba una mirada al repelente Diario bajo los carámbanos de hielo que colgaban de los árboles, mi admiración por el General Diferente había descendido varios peldaños.

Devolví el envoltorio y los papeles a Ingenuo, y la Espiona que lo acompañaba me miró con ojos rojizos de conejo. En silencio, los cuatro reemprendimos la caminata por el parque nevado.

-¿Qué tal? -preguntó Ingenuo, con euforia optimista.

''Un mamarracho. Este Diario demuestra que el General Diferente era un palurdo. Parece escrito por un cosaco borracho'', iba a decir yo al representante de los hermanos mayores, cuando el Pope se me adelantó con diplomacia:

-Interesante... Podría mejorarse...

¿Mejorarse? ¿Cómo íbamos a mejorar el Diario de un muerto?... Mi desorientación era total.

-Aquí tenemos a un hombre aficionado a la pluma, la persona indicada para hacerle algunos retoques -dijo el Pope, hundiendo un dedo enguantado en la solapa de mi abrigo.

Ingenuo habló al oído de la Espiona, y sin que yo hubiese abierto la boca, dijo:

-Te darán dos semanas libres en La Radio.

-Un mes -repliqué yo, por decir algo.

-Tres semanas -exclamó el Pope, e Ingenuo consultó nuevamente a la Espiona, y ella asintió con la cabeza.

-Lo principal es que el pensamiento del General Diferente esté de acuerdo con la Línea -me dijo el Pope, sin que yo entendiera cómo el pensamiento de un difunto podía ajustarse póstumamente a línea alguna.

Dándome una palmadita de despedida en la espalda, el Pope me anunció:

-Te mandaré algo que te servirá.

Por la tarde, Ingenuo pasó a dejarme un diccionario de ortografía y una esquela del Pope que decía: ''Los autodidactas como tú tienen mala ortografía. Necesitamos un General Diferente que no cometa faltas''.

Encerrado esa noche en el Titanic para comenzar mis retoques, diez minutos me bastaron para comprender que el Diario que Ingenuo me había entregado no había salido de la pluma del General Diferente, sino de la torpe imaginación del más burdo falsificador. ¿Cómo podría yo, a partir de tan grotesco material, construir un Diario verosímil?

Traté de pulir un par de páginas, pero no tenían remedio. Después de anotar en mi cuaderno las fechas y lugares que aparecían mencionados -obviamente el autor o la autora había sacado esos datos de una colección de diarios de la época-, arrojé el original al canasto de los papeles y me dejé caer en la cama con el fin de reflexionar sobre lo que debía hacer. Dormí agitadamente con la luz prendida, y al despertar sin saber si era de día o de noche, descubrí que mi cuerpo estaba parcialmente habitado una vez más por el General en Jefe, quien esperaba expectante la decisión que yo adoptaría. Olvidando las normas de buena educación, lo conminé a que se retirara. Así, por primera vez desde que habíamos iniciado nuestra convivencia, traicioné al Tirano y decidí convertirme en médium para traer de regreso a la Tierra al mismísimo enemigo que él había mandado liquidar.

Una tras otra fueron brotando de mi máquina portátil y desparramándose por el suelo las páginas que el General Diferente parecía dictarme desde el otro mundo: yo me encargaba de prolongar a través del Diario su existencia y él, reclutado para la Causa, se allanaba a comulgar con los vericuetos de nuestra Línea.

Una vez al día Ingenuo llegaba con un trozo de pan negro, un pescado en salmuera y un cucurucho de repollo fermentado. Sumados a la leche que yo congelaba colgándola del lado exterior de mi ventana, esos alimentos me daban la energía necesaria para escribir.

Una semana... Dos... Tres semanas...

Una mañana el Diario de un general diferente salido de mi imaginación y corregido diccionario en mano estuvo terminado. Eran los escritos de un militar bondadoso que preveía la traición del General en Jefe, a quien consideraba una de las alimañas más siniestras de la creación. De acuerdo con la Línea, que se entreveraba sutilmente con la trama, el General Diferente añoraba un pacto estratégico de civiles y militares para impulsar todas las formas de lucha, incluido el uso de las armas, con el fin de aventar al General en Jefe del sillón que había usurpado.

El Pope leyó mi obra y me premió con un abrazo:

-Si no conociera la verdad, me habría tragado tu Diario con anzuelo y todo. Hiciste bien en tirar el proyecto a la basura -me dijo, con un sacudón de bigote-. Nadie dudará de su autenticidad. El General Diferente ha renacido gracias a ti. ¡Felicitaciones!

La segunda felicitación, proveniente de los hermanos mayores, me fue transmitida por Ingenuo, quien jamás se percató de que yo no hubiese conservado ni una línea del texto recibido.

Al mes siguiente, Ingenuo llegó al Titanic acompañado por la Espiona, y ella, con una mirada taladrante de sus ojos rojos, puso en mis manos un ejemplar flamante y crujiente de mi Diario, publicado de buena fe en cien mil ejemplares por una editorial del otro lado del planeta. Al hojearlo esa misma tarde, Z creyó que era verdadero. Mi cuerpo, mi barba y mi mente vibraban de orgullo por el éxito de mi primer libro.

 
   
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