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El planeta es un lugar demasiado interesante
para reducir los sueños a un bronceado. El efecto balsámico
del sol sobre la piel debería ser una consecuencia de la curiosidad,
y no un fin en sí mismo. Espiar un
elefante cuando ya atardece, disfrutar
de un masaje tailandés a la sombra de un cocotero
o nadar sujeto a la caparazón de una
tortuga: los sueños que hilvanamos en la imaginación
pueden convertirse en una experiencia. Soleada y real. Esa es nuestra
invitación. En vez de atesorar fantasías y aspiraciones
secretas, insistimos en viajar, en marcar los sueños con rojo
un día delcalendario y largarse. Así se trate de la
costa africana, del interior desconocido
de Asia o de alguna isla remota de Oceanía, porque
en esos territorios todavía se puede soñar con los ojos
abiertos. |
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