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uelo
andar mirando al cielo, ver cuando pasan los aviones. Y siempre,
tras cerciorarme de que es un pájaro de fierro el que hace
ruido allá arriba, formulo el mismo deseo: me gustaría
estar en ese avión. No son pocos los que me han dicho que
su momento favorito en los viajes es precisamente el despegue, cuando
la velocidad te aplasta en el asiento y el aparato empieza a volar.
Pero creo que la emoción de la partida, el mejor momento
de un viaje a mi modo de ver, no está necesariamente relacionada
con un bólido a 400 kilómetros por hora en una pista
de despegue. Tiene más que ver con el cambio que experimenta
uno mismo, el entrar a esa especie de universo paralelo donde quedan
atrás las obligaciones y uno deja de ser ciudadano para transformarse
en extranjero o en afuerino.
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No tengo idea
dónde van los chicos de esta foto, pero sé, por sus
caras, que inician un viaje. Están dejando atrás las
clases, irán a un sitio nuevo o quizá a uno que ya
conocen, cuánto habrá cambiado. Y está el trayecto
mismo, los paisajes que desfilan por la ventana, los detalles de
la ruta elegida. Conozco la sensación de ser ajeno, de no
pertenecer al mundo y sus obligaciones. Por eso elegí esta
foto. Por eso trabajo en esta revista.
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