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primera vez, desde que somos "Revista del Domingo en Viaje",
que una publicación nuestra sale a quioscos. Por eso vale
la pena una explicación. Esta edición especial no
es la enumeración precisa y selectiva de los cincuenta lugares
de Chile y el mundo que uno debe conocer, porque se trate de los
cincuenta mejores lugares del planeta. Esa sería una pretensión
vana. Esta edición especial es una mirada, una propuesta,
una invitación a viajar junto a nosotros y con la mayor libertad
posible por el escenario en el que se desarrollan nuestros gustos,
nuestros sueños, nuestras nostalgias, nuestros viajes, nuestro
trabajo.
Viajar
y estimular el viaje son parte de nuestra vida cotidiana. Intentamos
hacerlo sin ansiedades ni estridencias. Estamos en movimiento permanente.
Lo que no significa que no podamos quedarnos quietos un momento.
Esta edición especial es, también, una manera de detenerse,
de hacer una pausa, de sentarnos a conversar con nuestros lectores
sobre el viaje y su circunstancia.
Nos gusta cuando
vamos por una carretera y un letrero abandonado en el camino nos
dice que hay ahí la posibilidad de un desvío, de toparse
con un mundo hasta entonces inexplorado. Nos gusta saber que la
preparación de un viaje ayuda, pero que casi siempre se queda
corta. Nos gusta experimentar con gente nueva, desconocida: ellos
son, casi siempre, protagonistas involuntarios de nuestras historias.
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Nos gusta la
sensación de andar lento, aunque tengamos poco tiempo.
Cuando viajamos, dentro y fuera de Chile, no somos los primeros
en las filas de los aeropuertos, ni necesariamente los primeros
en levantarnos por las mañanas para aprovechar mejor el tiempo.
Vamos por la ruta con nosotros mismos a cuestas, lo que no es ni
mucho ni poco, sino la única manera posible de ejercer el
trabajo de observador consciente de vidas ajenas.
No sabemos cuál
es el viaje ideal, el viaje perfecto. Ese rompecabezas lo arma cada
uno con las piezas de su propia historia. A nosotros nos mueve el
viaje posible, el que se puede hacer: un viaje real, un desplazamiento
en el que echamos encima nuestra imaginación y algunas cuotas
de entusiasmo. Podemos ir en tren, en auto, en avión, en
barco o a pie. Podemos incluso no ir a ningún sitio. Podemos
llevar un libro o aprender de la conversación. Podemos quedarnos
pegados en las esquinas, dejando que pase primero el que lleva apuro.
Leo un texto
de Borges y me quedo pensando: Un hombre se propone la tarea de
dibujar el mundo. A lo largo de los años, puebla un espacio
con imágenes de provincias, de reinos, de montañas,
de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones,
de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes
de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza
la imagen de su cara.
A fin de cuentas,
somos también nuestros viajes. Los cincuenta viajes que proponemos,
las mil y una historias que aún están por escribirse
en los viajes de ustedes.
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