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odos
somos viajeros inmóviles. Todos salimos de nuestro punto
de partida y terminamos por regresar. El viaje forma a la juventud,
decían antes. Ahora digo que el viaje permite conocer mundos,
pero permite, sobre todo, con la distancia, conocerse a sí
mismo. Conocer el yo nuestro, originario, y su circunstancia. Nací
en el lado sur del cerro Santa Lucía, en un caserón
de la Alameda de las Delicias, como se decía entonces, casi
al llegar a la calle Carmen, frente a la escalinata principal del
cerro. Recuerdo a mi madre cuando daba nuestra dirección:
Delicias 520. Mi mujer nació en una casa rojiza de la calle
Victoria Subercaseaux, en el costado del oriente, frente a pimientos
que casi llegaban hasta su ventana. Jugamos en los mismos espacios
del cerro y de la plaza Vicuña Mackenna, el marido de doña
Victoria, pero no nos conocimos hasta bastante tarde. Cuando nos
casamos, nos fuimos a vivir a pocos metros de distancia, en la calle
Rosal. Y ahora vivimos en Santa Lucía, frente a la vegetación
y a las graderías declinantes del costado norte.
El poeta español Jaime Gil de Biedma se reía mucho
cuando escuchaba esta historia. Cada cierto tiempo me pedía
que se la repitiera. El padre de mi mujer, treinta años mayor
que su madre, y mi abuelo materno eran amigos del bar del Club de
la Unión y de otros lugares no menos machistas y alegres.
Yo no sabía nada de todo esto, pero había un instinto
espacial, ambiental, emanado del perfume de los arbustos, de las
poblaciones de cuncunas, de la manera de caminar de los caballeros
de bastón y polainas. Por eso existe un Valle de las Cuncunas
en una de mis novelas. No sé si esto es ficción o
crónica y no me interesa demasiado precisarlo. Me interesa
la memoria libre, que juega y que hace bromas. No sé si tengo
imaginación, pero tengo memoria abundante y fantasiosa.
Desde mis territorios
del cerro he salido al vasto mundo. Creo que soy un buen viajero
y un pésimo turista. Me gusta llegar a un lugar e instalarme
con toda calma, sin apuro de ninguna clase. A veces descubro que
un sitio que había conocido antes, hace largos años,
en una etapa que se podría llamar anterior, y del cual sentía
nostalgia, añoranza, estaba a la vuelta de la esquina. Es
que nunca se me había ocurrido subir por esa callejuela,
en una esquina enrevesada de la calle del Nuncio, rumbo a la Plaza
de la Cebada. Buscaba una agencia de correos en la parte vieja de
Madrid y me encontré con la taberna donde se asan los solomillos
en un plato de greda hirviente, al lado de una guarnición
de pimientos verdes y rojos, y donde sirven el vino de la casa en
un frasco de cristal grueso, pesado.
Al cabo de tanto
moverme, conozco alrededor de la mitad del hemisferio norte y una
parte pequeña del sur. Si me toca viajar a Madrid, a París,
a Berlín, no me quejo, acepto lo que me dan, como cantaba
el poeta, pero me gustaría mucho llegar hasta Australia,
Tailandia, la India, la antigua Birmania. Repito, eso sí,
que no soy turista.
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Veo a los grupos fatigados, sudorosos, de pies adoloridos, con máquinas
fotográficas que cuelgan de camisas arrugadas, y me producen
una mezcla de pena y desánimo. En Tokio, hace pocos meses,
me tocó divisar las primeras caravanas de turistas chinos,
con sus buses, sus parkas, sus máquinas. ¡Pobres chinos!,
pensé: ¡Qué manera triste de ingresar en el
siglo XXI!
Mi manera ideal
de viajar consiste en llegar, deshacer la maleta y dormir una larga
siesta. En seguida, en el atardecer, recorrer a pie, solo, las calles
vecinas. Beber una copa de vino en un bar cualquiera y comer aceitunas,
o boquerones, o un taco de jamón. Si estoy en Tokio, pido
un vino de Chile o de otra parte y pruebo un poco de pescado crudo
con soya y con una salsa picante de color verde. Me gusta leer guías
y examinar mapas, pero no para lanzarme a correr a la mañana
siguiente. Lo perfecto sería visitar un museo cercano y detenerme
frente a diez o doce piezas extraordinarias: pinturas, esculturas,
corazas, máscaras de samuráis. Con eso basta por una
mañana. Hacia las cinco o seis de la tarde llamar a personas
amigas. Ya he tenido tiempo de tomar el pulso, el olor, el aire
del lugar. Ya sé tres palabras, si estoy en tierras extrañas,
y conozco al suplementero de la esquina, al mozo del restaurante,
a la señora que vende boletos de lotería, a las dos
niñas de la farmacia. Los amigos me llevan a otros lados.
Entro en engranajes sociales y no sé si estoy convencido.
Me gustaría llegar a un lugar hermoso Ámsterdam,
Florencia, alguna ciudad de la India y dedicarme durante semanas
a la exploración solitaria, o en buena compañía,
pero sin ninguna forma de distracción social. Entrar así
en el secreto de las ciudades, en los laberintos últimos,
en las cortes de los milagros. También me gustaría
tomar un automóvil y recorrer toda España o toda Francia
fuera de las autopistas, sin la obligación de medir el tiempo,
probando el vinillo de los lugares o los platos de las regiones.
Comer las patitas de chancho en el punto exacto en que las inventaron,
en Sainte Menéhoulde. Y dedicar un día entero al tímpano
de una catedral o a las piedras de las tumbas de una iglesia de
pueblo.
Llegué
hace poco a San Pedro de Atacama, invitado por la revista Caras,
y me dediqué toda la primera mañana a leer un ensayo
de Thomas Mann, "Viaje con don Quijote". Thomas Mann y
su mujer se subieron en mayo de 1934 a un barco holandés
y viajaron hasta Nueva York... 
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