Imágenes 1973
Introducción Jorge Edwards
 

Introducción    (2/8)

Otro de los preocupados, como Neruda, es Aylwin, don Patricio, y con perfecta razón, sin la menor duda. Andrés Zaldívar, al frente suyo, parece que todavía no hubiera salido de los patios de la Escuela de Derecho de la calle Pío Nono. Y qué juventud la de Nicanor Parra, la de Nissim Sharim y Jaime Vadell, la de todos: qué tiempos. Es una historia que parece gestarse a partir de la no historia, de lo más sencillo y cotidiano. Un anciano con una muleta tiene una gorra donde dice Venceremos y donde está dibujada la hoz y el martillo, pero se ha dormido debajo de sus emblemas.

Él ni siquiera sospecha lo que podría acarrear esa somnolencia, ese abandono. Es el camarón que se duerme. Por lo demás, las fotos hacen creer que nadie sospecha nada. Ni siquiera los grandes responsables, los poderosos, los políticos. Basta ver ahora las imágenes de la calle, leer algunos letreros, para comprender que la violencia crecía, que nadie podría contenerla, pero da la impresión de que la gente prefería postergar, no pensar demasiado, no adelantarse. Ni siquiera los actores principales. No sacaban conclusiones, a pesar de que todas las cartas terminaron colocadas encima de la mesa. Hasta que llegaron las explosiones en La Moneda, que marcaban el punto de no retorno, la aceleración del tiempo, y todos empezamos a saber. Hasta el minuto del retiro por un soldado y un grupo de bomberos del cadáver de Salvador Allende, tapado con una manta que parece araucana, por una puerta lateral, vergonzante.

Las famosas colas, síntomas y símbolos del muy mentado desabastecimiento, parecen, en estas fotografías por lo menos, inocentes, tranquilas, casuales. El despacho de la mercadería era lento y se formaban de un modo natural, como se forman las nubes. Bajo la lluvia, con paraguas, y frente a una tienda de helados Savory. ¿Por qué tanta demanda de helados en un día de lluvia, o se trataba de otra cosa, de una venta secreta, de algún misterio del mercado negro? Con la excepción de un niño de impermeable y de capuchón, la gente mira para otro lado. En medio de un silencio, de una pasividad francamente extraordinarios.

Los únicos que se muestran inquietos son los perros. Porque no existe, a juzgar por estas cámaras, una ciudad más llena de perros. El allendismo, entre otros fenómenos, fue una versión despreocupada de la ciudad y los perros.

 
 
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