Introducción
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Otro de los preocupados, como Neruda, es
Aylwin, don Patricio, y con perfecta razón, sin la
menor duda. Andrés Zaldívar, al frente suyo,
parece que todavía no hubiera salido de los patios
de la Escuela de Derecho de la calle Pío Nono. Y qué
juventud la de Nicanor Parra, la de Nissim Sharim y Jaime
Vadell, la de todos: qué tiempos. Es una historia que
parece gestarse a partir de la no historia, de lo más
sencillo y cotidiano. Un anciano con una muleta tiene una
gorra donde dice Venceremos y donde está dibujada la
hoz y el martillo, pero se ha dormido debajo de sus emblemas.
Él ni siquiera sospecha lo que podría acarrear
esa somnolencia, ese abandono. Es el camarón que se
duerme. Por lo demás, las fotos hacen creer que nadie
sospecha nada. Ni siquiera los grandes responsables, los poderosos,
los políticos. Basta ver ahora las imágenes
de la calle, leer algunos letreros, para comprender que la
violencia crecía, que nadie podría contenerla,
pero da la impresión de que la gente prefería
postergar, no pensar demasiado, no adelantarse. Ni siquiera
los actores principales. No sacaban conclusiones, a pesar
de que todas las cartas terminaron colocadas encima de la
mesa. Hasta que llegaron las explosiones en La Moneda, que
marcaban el punto de no retorno, la aceleración del
tiempo, y todos empezamos a saber. Hasta el minuto del retiro
por un soldado y un grupo de bomberos del cadáver de
Salvador Allende, tapado con una manta que parece araucana,
por una puerta lateral, vergonzante.
Las famosas colas, síntomas y símbolos del muy
mentado desabastecimiento, parecen, en estas fotografías
por lo menos, inocentes, tranquilas, casuales. El despacho
de la mercadería era lento y se formaban de un modo
natural, como se forman las nubes. Bajo la lluvia, con paraguas,
y frente a una tienda de helados Savory. ¿Por qué
tanta demanda de helados en un día de lluvia, o se
trataba de otra cosa, de una venta secreta, de algún
misterio del mercado negro? Con la excepción de un
niño de impermeable y de capuchón, la gente
mira para otro lado. En medio de un silencio, de una pasividad
francamente extraordinarios.
Los únicos que se muestran inquietos son los perros.
Porque no existe, a juzgar por estas cámaras, una ciudad
más llena de perros. El allendismo, entre otros fenómenos,
fue una versión despreocupada de la ciudad y los perros.
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