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Un
transatlántico varado en el Mapocho
Cecilia García-Huidobro |
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Introducción
(1/4)
Es bastante probable que este libro no contara
con el aplauso de Joaquín Edwards Bello. Sumándome
al anecdotario mítico que da cuenta de cómo se
excusaba diciendo detrás de la puerta de su casa algo
así como “el señor está en Zapallar”,
me veo a mí misma parada en la calle Santo Domingo 2315
con una enorme carpeta con todas sus entrevistas, oyendo a Joaquín
Edwards Bello negar a Joaquín Edwards Bello.
Esa fue, por lo demás, una de sus grandes especialidades…Se
podría decir que durante toda la vida no hizo otra cosa
que darse portazos a sí mismo. Cualquiera que demostrara
interés por acercársele, chocaba contra su manía
de evadirse o se encontraba con su deseo, más bien obsesión,
de no dejarse entrever siquiera… Odiaba el encuentro,
creo que lo rechazaba hasta como presa de pollo, decía
con gracia Julio Barrenechea.
Y si la imagen arranca de mi fantasía, tiene un profundo
asidero en la realidad. Porque, paradójicamente, quien
se ocupó de nuestros mitos con tanta inteligencia y sagacidad
—barras de oro en Lo Águila, el tesoro de Drake,
violines Stradivarius—, permitió, sin embargo,
que su personalidad creara unos cuantos alrededor suyo.
Nathaniel Yáñez Silva lo describe como una mezcla
encantadora de timidez y de arrogancia. Julio Barrenechea, como
un terrible crítico del carácter nacional. Luis
Alberto Sánchez lo llama el disconforme. Alone lo retrata
como “orgulloso y tímido, aristócrata y
popular, delicado y agresivo, con la cabeza llena de ideas disparadas
como cohetes”.
Para Salvador Reyes era de carácter difícil pero
muchas veces tenía razón en serlo. Según
Luis Durand era un hombre de temperamento “excesivamente
nervioso, inconformista, tenía reacciones detestables
por los motivos más fútiles”. Raúl
Silva Castro habla de su “áspera personalidad”
y de su “agria sonrisa, pero sonrisa al fin”. Martín
Cerda lo consideró “el gran discrepante”.
Escogió ser el pariente pobre, el hombre perseguido,
el escritor rechazado, el incomprendido por la sociedad, el
hijastro malquerido. “Chile es madre amante de los extranjeros
y madrastra feroz del chileno”, escribió en Criollos
en París. Es que su sensibilidad de desollado vivo
chocaba de continuo con el ambiente. Según Alone, “siempre
estaba confesando esa tragedia de expatriado en su tierra, de
solitario desconfiado entre la multitud, acechado por fantasmas
hostiles”.
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