Un transatlántico varado en el Mapocho
Cecilia García-Huidobro
 
Introducción    (3/4)

Como una profecía autocumplida, en 1927 dice, en una de estas entrevistas: “Aquí fracasa todo. Fracasó Sara Bernhart y fracasó Mascagni. El que no fracasa aquí es un héroe”. Esa es también una suerte de autorretrato, uno de los varios que afloran en estas conversaciones. Porque Joaquín Edwards Bello se vio a sí mismo como un héroe del fracaso. Jugó y perdió. Primero su herencia en casinos europeos, latinoamericanos y criollos. Luego, con el difícil juego social. Finalmente, perdió la partida consigo mismo.

Quizás por eso gustaba de una frase apócrifa que le atribuyó la selvática guerrilla literaria de esos años (aunque las malas lenguas dicen que el perverso inventor fue nada menos que Mariano Latorre). Según ésta, Joaquín Edwards le habría dicho a Luis Durand que se sentía como un transatlántico varado a orillas del Mapocho. A lo que Durand le habría respondido que él se consideraba una carreta emparvadora atascada arriba de un rascacielos.

Cuenta Durand que esta supuesta broma fue tan de su agrado que una noche lo encontró en la puerta del restaurante Lucerna. Lo saludó diciéndole sin detenerse: “El transatlántico saluda a la carreta”. Varado o no, se reservó sin embargo el glamoroso rol de ser el novio de la noticia… “Mi lectura favorita fue el mundo, el fair divers en la vida y en los diarios. Nunca dejé de leer diarios y revistas”. En otra oportunidad, confesó: “Cazo noticias sin cesar. La noticia es movimiento y ejercicio”. Edwards Bello era capaz de armar una madeja de puras hilachas deshilvanadas. Su mente funcionaba como una maquinaria extraordinaria de relaciones.

Tenía una curiosidad voraz; en el fondo, nunca dejó de ser el niño que fue. La prueba es su archivo. “¿Soy un neurótico obsesivo y pretendo significar que los conocimientos universales están bajo mi dominio? ¿Qué significan, freudianamente, las fichas que manejo? ¿Es mi caso típico de aritmomaniático, según la interpretación freudiana? ¿Archivar sin cesar es, acaso, un sueño de carácter obsesivo? ¿Es una degradación de la costumbre de saquear y de atesorar, de antepasados corsarios? ¿Es una forma derivada y enmascarada de avaricia? No sé lo que es, pero debe provenir, sin duda, de algo espantoso. ¿Será posible vivir cuando sepamos de qué proviene ser activo, ser bueno, ser flojo, ser cogotero, ser escritor, ser soldado, ser librero, ser banquero, ser religioso, ser boticario, ser cazador o novelista?”.

“El caso es que vivo en mi archivo”. A los pocos que lograban entrar a su espacio personal, su casa y también refugio-trinchera —donde se apertrechó los últimos años de su vida sólo para percibir el mundanal ruido—, les mostraba su archivo como quien muestra una colección de joyas o como un niño que abre un baúl de tesoros. Su archivo era su manera de leer en las entrañas.


 
 
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