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Ojos
que no ven...
Felipe Berríos
S.J. |
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Prólogo
Este nuevo libro del padre Felipe Berríos viene a agregarse
a los otros que ya ha publicado (100 reflexiones para amar
y servir, Lo mínimo indispensable, Puntadas
con hilo y Todo comenzó en Curanilahue).
Contiene una colección de artículos suyos que
semanalmente fueron apareciendo en la revista El Sábado
del diario El Mercurio entre los años 2004 y
2007. Aquí se pueden encontrar reflexiones de todo tipo
acerca de temas muy distintos, como la globalización
y la economía de mercado, la figura del Papa Juan Pablo
II, la donación de órganos, las celebraciones
matrimoniales, los mechoneos en las universidades, los problemas
de la educación en Chile, las relaciones sexuales sin
compromiso, la juventud preocupada por la PSU y alejada de los
problemas reales del país, la situación de pobreza
en la que viven tantos hombres y mujeres, los diseños
arquitectónicos de las iglesias, el sentido de hospitalidad,
la prohibición que existe hoy de fumar, la tortura y
muchos otros más.
Impresiona la capacidad que tiene el padre Berríos para
fijarse en detalles mínimos, que para cualquier ojo humano
podrían resultar intrascendentes. A partir de ellos,
es capaz de construir una profunda reflexión humana y
religiosa. Hace hablar a unos bototos viejos, a las patas de
las mesas que cojean, a la suciedad de los gallineros, a la
herida de una rodilla, a una bolsa de basura, al juego del ludo,
a los artículos que sirven para adelgazar, a la arañadel
trigo, al alambrito de la máquina de cortar pasto, al
beso de una novia, a los poderes del Hombre Araña, a
la sede de la biblioteca de un pobre campamento del norte de
Chile. Con esto nos está enseñando que en toda
realidad, por pequeña que ella sea, se puede llegar a
encontrar un mensaje dirigido al corazón para aprender
a vivir bien. Nada humano puede resultar ajeno y extraño.
Por eso podemos decir que el autor de estas páginas es
un convencido defensor de la apertura que hay que tener con
el mundo, que se muestra como un cuidador sincero del mundo
que nos rodea. En esto se parece mucho al padre Pedro Arrupe,
quien fue general de los jesuitas y a quien el padre Berríos
admira mucho. Se decía de él que optaba por el
mundo tal como era, secularizado, humano, a tal punto que a
veces podía no aparecer en sus afirmaciones alguna referencia
religiosa explícita.
A este respecto recuerdo lo que el Papa Benedicto XVI decía
en su carta encíclica Deus Caritas Est: que un «cristiano
sabe cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno
callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor.
Sabe que Dios es amor y que se hace presente justo en los momentos
en que no se hace más que amar» (N° 31). Es
tan importante vivir en la esperanza segura de que todo el mundo
está en manos de Dios, que cada hecho y cada palabra
nos hablan, en último término, del amor que hay
que reconocer. Muchas de las oscuridades de nuestra realidad,
y a las que el padre Berríos les saca lustre en comentarios
breves, tajantes y precisos, pueden ser iluminadas por el amor,
ofreciéndonos fuerzas para cambiar, para vivir mejor
y actuar decididamente. «Vivir el amor y, así,
llevar la luz de Dios al mundo» (N° 39). En todo caso,
pienso que estas páginas, junto con acercarnos a la realidad
tal como se nos aparece, ayudan a que nuestros ojos se animen
a abrirse para verla y a que nuestros corazones sientan más
profundamente. Esto nos permite, al mismo tiempo, dirigirnos
con confianza hacia Dios. Se pueden rezar estas páginas
y llevar adelante, a partir de la lectura contemplativa de ellas,
un discernimiento ignaciano acerca de las buenas conductas que
debemos tener para servir mejor en una sociedad plural como
la que estamos viviendo hoy en Chile.
En efecto, una sociedad como la nuestra tiene necesidad de dos
cosas importantes: por un lado, que sea capaz de hacer una fuerte
presentación de los grandes valores fundamentados en
las bienaventuranzas de Jesús, de manera que el Evangelio
resplandezca entre nosotros. Junto a ello, precisa de un diálogo
que llegue a formular una plataforma de valores comunes compartidos
por creyentes y no creyentes, sobre los cuales podamos educar
a las nuevas generaciones y mejorar nuestra convivencia nacional.
Ambos aspectos son necesarios para vivir en esta sociedad plural.
Se trata de tener, al mismo tiempo, una plataforma de valores
comunes y permanecer atentos a aquellos que van surgiendo contra
la corriente. Lo importante es que en el diálogo de intereses
resalten siempre la amabilidad, la bondad, la paciencia, la
alegría, la fidelidad, el perdón, la solidaridad,
la belleza. Todos signos de la acción del Espíritu
en la búsqueda de la verdad. De todo esto nos hablan
estas páginas. He aceptado con gusto escribir este prólogo
porque me une al padre Berríos una amistad de muchos
años, desde cuando era un alumno de tercero medio del
colegio. En ese tiempo el padre Felipe fue reconociendo a Dios
en la simplicidad: en un
asentamiento campesino, con un poncho, con una pipa y observando
el fuego de una chimenea. Por eso me doy cuenta a qué
personajes se está refiriendo cuando describe el pintoresco
acontecimiento del primo de la palangana («La palangana
del sistema»). Felipe fue capaz de recoger de la vida
que se le regalaba los mensajes que Dios le quería transmitir.
Esa capacidad adquirida en esos tiempos nos la comunica ahora
en sus artículos y, de paso, haciéndonos mucho
bien.
El padre Berríos nos dice en este libro que a él
le gusta mucho más el juego del ludo que el del ajedrez
(«Ajedrez o ludo»). Señala que el ajedrez
tiene mucho de estrategia estudiada, de cálculo, de planificación,
de seriedad. En cambio para él, la vida consiste en atreverse,
en dejar sorprenderse por lo que sucede, muy parecido a como
se juega al ludo. Para gozar de la vida hace falta permitirse
el asombro y la espontaneidad. Esto es bueno también
porque nos da derecho a equivocarnos y para que luego, reconociendo
los errores, podamos seguir adelante con un renovado entusiasmo.
Probablemente es por eso que, en algunos de estos escritos,
el padre Berríos sin querer puede pasar a llevar a alguien,
o decir algo que podría ser mal interpretado, o aparecer
como alejándose de una doctrina oficial. Al padre Berríos
hay que leerlo con una predisposición favorable. Cuando
se hace así, se disfruta de la lectura y se pone el acento
en lo que importa. Con el padre Berríos uno tiene que
estar dispuesto a salvarle la proposición, tal como enseñaba
San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales. Él decía
que si uno no entiende algo o lo juzga equivocado, jamás
debe condenar primero. Debe preguntar con sencillez cómo
es entendida la cuestión; y si algo no parece bien, que
se haga la corrección con mucho amor.
Por último, en este libro se reflejan las vidas de muchos
hombres y mujeres que el autor ha conocido. Por eso es que podemos
encontrar en estas páginas mucha humanidad y mucha atención
cordial. Se manifiestan en ellas dedicación a personas
concretas, con una atención que sale del corazón.
No tengo dudas de que de este modo se promueve la humanización
del mundo y Dios es glorificado.
P. Juan Díaz, S.J.
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