Anticuario
Beatriz Montero y El Mercurio
 
Prólogo   (1/2)

El valor de las antigüedades trasciende a los años o al material del que están hechas. Ellas cargan historias, épocas, tradiciones y forman parte del patrimonio de un país.

Pero, más allá de mirarlas como parte de un pasado, es necesario proyectarlas a un futuro, para que las nuevas generaciones sepan conocerlas, apreciarlas y descubrir su significado.

Por ello es un honor introducir este libro que pretende abrir el mundo de las antigüedades al público en general, a través de un enfoque moderno e informativo; de una visión didáctica y de un diseño atractivo. Mediante sus artículos, que semana a semana aparecen en la Revista V|D de El Mercurio, Beatriz Montero se entregó a la misión de acercar el arte anticuarial a un vasto público.

La inmensa contribución de esta obra, que recopila dos años de trabajo,
búsqueda e investigación, es servir para un mejor entendimiento y promulgación del arte y de las antigüedades. Se convierte en una herramienta que nos ayuda a enriquecer nuestra cultura y a conocer objetos que dan cuenta de procesos y momentos de la historia de la humanidad.

Si bien las piezas que aparecen en las páginas de este libro fueron en su mayoría elaboradas durante los siglos XVIII, XIX y XX en países europeos, las primeras antigüedades llegaron a Chile en la época de la Colonia. Luego, las grandes fortunas del salitre, la plata y el carbón permitieron a través de viajes, principalmente a Francia e Inglaterra, la introducción de las nuevas tendencias de la época. Los estilos Adam, Chippendale, Reina Ana y Sheraton son algunos ejemplos de los aportes ingleses, mientras que los estilos Luis XIV, Luis XV, Luis
XVI e Imperio marcaron la presencia gala en el arte nacional.

Estos objetos adquieren aún más valor si se toma en cuenta el difícil camino que recorrieron para llegar a Chile. El estrecho de Magallanes, conocido por el peligro que representaba para las embarcaciones, era la única vía para quienes provenían de Oriente y Europa, lo que incidió en que muchos objetos de valor se perdieran en los naufragios.

La Iglesia Católica también tiene mucho que decir en el acopio de obras de arte a través de la introducción y creación de cuadros, objetos y figuras religiosas traídas principalmente de Cusco y Quito. Obras que recorrieron su trayecto a Chile a lomo de mula, lo que les entrega un especial valor. Pero nuestro país también forjó una identidad propia a través del arte sacro. La Escuela Jesuítica, de formación bávara, nos dejó ricos tallados y objetos de plata finamente cincelados a mano; las monjas Clarisas, sus cerámicas perfumadas, las cuales aún conservan el olor. Y en otro plano, la fábrica de cerámicas de Lota, la primera de artes decorativas en Chile, fundada bajo el alero de la Compañía Carbonífera, propiedad de Matías Cousiño, una vasta gama de interesantes artículos.

Proteger y restaurar este patrimonio es la principal labor de anticuarios
y propietarios de antigüedades, quienes pasan a cumplir el rol de “custodios”, para que las futuras generaciones puedan valorarlas y así mantener la identidad cultural de Chile.

Ricardo Nagel Kohn
Anticuario

 
 
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