Artes menores
Pedro Gandolfo
 
Introducción    

Quien puede (y acaso debe) ser artista. Pero aquello insensato es emprender a toda costa un arte mayor. Hay tantos poetas o novelistas que hubiesen sido buenos lectores; tantos pintores buenos admiradores de la pintura; tantas personas que se agobian por ser compositores o intérpretes pudiendo haber sido gozosos auditores. La morosa pasividad, el dejar venir al arte y apreciarlo y disfrutar con él, requiere de paciencia y de cultivo. ¿Por qué no permanecer en ese estado que envuelve ya, de algún modo, creación? ¿Por qué hay tanta publicación, tanto murmullo, tanta exposición? La vida proporciona, además, sin la vana seducción de la fama, ámbitos olvidados y silenciosos que reclaman atención y pueden ser dignificados por formas y estilos: la casa, la oficina, la calle, el mero tratar con el tiempo y su fluir, con la luz y los colores y con nuestro olvidado cuerpo.

Artes menores y mayores es un decir tomado de algún libro pasado de moda. A veces un arte menor es el sustrato de otro mayor, otras, éste se alza a la vera o casi se superpone a aquél. La distinción no es rigurosa y no se pretende desplegarla aquí. Quizá, los adioses, esa ceremonia de tránsito entre el aparecer y el desaparecer, entre la visibilidad y la invisibilidad, entre la ausencia y la presencia, sea el arte menor que más reclamo en esta hora.

Los años que acompañan al título (1964-2004) corresponden a aquellos en que fallecieron mi abuelo Fortunato y mi padre José, a quienes dedico este libro y bajo cuya modesta y noble tutela me coloco. Estas notas, extraídas de cuadernos que cubren esas cuatro décadas, buscan ampliar las regiones de las formas, preguntar acerca de las fuerzas y límites de cada cual y aprender a cultivar y apreciar otros oficios que no sean aquellos venerados por las Artes y las Letras.

El autor

   
 
 
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