 |
|
 |
Artes
menores
Pedro Gandolfo |
|
 |
 |
Prólogo
De acuerdo con la ley de los rendimientos decrecientes, el que
inventa un género literario explota todos sus beneficios,
y deja apenas restos marginales y redundantes a los futuros
cultivadores de ese formato. Claro que sería arriesgado
postular un inventor único para cualquier género
literario. El único que se me ocurre es Montaigne, pero
en ese ejemplo inejemplar y sin parangón la ley de los
rendimientos decrecientes no se aplica.
Porque el ensayo, tal como lo inventó Montaigne, cubre
un campo virgen para cada nuevo escritor que lo recorra, ya
que ese campo será él, su propia historia, sus
lecturas, sus ideas. Aun así, sigue siendo un género
literario, tan venerable y reconocible como cualquier otro.
Sobre las ruinas de los destartalados centones en los que se
sucedían sin orden la crónica de una guerra, la
fisiología de la ballena, los compartimentos del Purgatorio
y los peligros de la navegación, Montaigne edificó
una sutil construcción en la que la unidad estaba asegurada,
paradójicamente, por la misma diversidad que alentaba
a los recopiladores medievales. El hombre está hecho
de todo lo que le ha pasado y leído y pensado, de lo
grande como de lo pequeño; el ensayo acudió puntual
a la cita para registrar esa conjunción irrepetible,
y por irrepetible preciosa y digna de preservar, con lo que,
cerrando el círculo, se justificaba el trabajo de escribir
ensayos.
En esta antropología del individuo está el encanto
del librode Pedro Gandolfo. En la sorpresa repetida de que el
Señor-Todo-el-Mundo sea uno solo, y que todo el mundo
haya puesto algo para hacerlo. El autorretrato de todos vale
por ser el de uno. Otra vez puntual, el ensayo vuelve a inventarse,
esta vez como épica chilena de lo habitual redescubierto
y escrito. La experiencia vital del lector, a la que se hace
una constante apelación, confluye con el trabajo de la
escritura, trabajo imperceptible por su naturalidad, oculto
en la modestia de sus razones compartidas. Es con modestia que
el autor me describe sus ensayos: “Son apenas un catálogo
de opiniones recibidas”. Lo desmiente la sinuosa precisión
con que se revela su perspicacia, su inteligencia. ¿Pero
acaso hay ideas que no hayan sido recibidas, de un modo u otro?
Lo que no podría recibirse es el conjunto de todas ellas,
el cuadro completo, que es completo porque se dispersa en las
mil inconclusiones de un pensamiento dotado de curiosidad y
sensibilidad.
La paradoja del uno que es todo, porque sigue siendo uno, se
repite a lo largo del libro, en apacibles metamorfosis. Anoto
una sola, que vuelve a estar en el centro. Gandolfo se confiesa
distraído, y como no tiene motivos para mentir, debemos
creerle. A pesar de lo cual, o por ello, su libro es un tratado
de la atención. En ese punto recurre a Montaigne, que
vindicó al distraído como el único en condiciones
de atender a la proteica multiplicidad del mundo. “Dios
nos dio la atención, y la atención lo puede todo”,
dijo Leibnitz, y nos delegó, con esa perversa cortesía
de los filósofos, la tarea de interpretarlo. El único
que lo puede todo es Dios, al menos como construcción
intelectual. El escritor lo imita con modestia y una sonrisa
de disculpa. Su todo es más pequeño, aunque sigue
siendo todo.
Quizás Leibnitz quiso decir que Dios y el Todo, existan
o no, son un expediente útil para fundamentar nuestra
atención, aprender las lecciones, y escribir nuestros
ensayos.
César Aira
Buenos Aires, 2006
|
|
|
|