Prólogo
Cristián Warnken nos entrega, en la primera parte de este libro, una compilación de sus columnas escritas en El Mercurio durante el último año y medio. No es, por cierto, la primera incursión de Cristián en el género. Quienes lo hemos seguido de cerca, conocemos sus años de travesía en el mítico Noreste, donde nos regaló noticias y crónicas imaginarias —«Las noticias que siempre serán noticias», decía él, en un eco a Ezra Pound—, casi como un corresponsal que buscaba infiltrar o asaltar el mundo de la realidad a través del mundo de la fantasía.
Ese Cristián Warnken, embajador de mundos imaginarios, buscaba tal vez un conjuro o un exorcismo a esa realidad «que no todos soportan demasiado», inyectándole el pulso de una ficción que buscaba compensarla de prosaísmos e insuficiencias. Ahora, en cambio, el ejercicio de Cristián asume el rumbo opuesto: lejos de mantener a raya la realidad, la asume con fervor, se empapa de ella, la fija como punto de apoyo para destilar sus emociones, fantasías, reflexiones, vivencias y recuerdos.
Esa residencia en la realidad adquiere fisonomía especial cuando se trabaja con la palabra. En sus columnas nos advierte repetidamente de los abusos y profanaciones que se cometen con el lenguaje, especialmente cuando éste se transforma en flatus vocis, un juego puramente nominal y volatilizado, sin encarnación en aquello que nombra, malabarismo solipsista que culmina en un salto estéril. Vivimos tal vez en tiempos donde el lenguaje ha sido usurpado por bandos, feligresías y pandillajes, lenguaje reducido a valor de cambio, donde lo instrumental desplaza a lo sustancial, donde el artificio y la pirotecnia disfrazan la escasez o ausencia de relieves. Cristián, con su prosa amena, rápida, de trazo limpio, parece salir al ruedo y reivindicar ese pacto necesario, urgente, entre la palabra y el mundo, un pacto que necesita ser revitalizado a fuerza de un trabajo paciente, modesto y desinteresado.
Leer Aún no ha sido todo dicho es deleitarse, entonces, con una palabra atenta, receptiva y gozosa, que deambula con soltura y solidez por distintos paisajes, geográficos y humanos, públicos y privados, de nuestra historia y de nuestra actualidad, matizado con reflexiones certeras, agudas, que hacen guiños a la literatura, a la poesía, al cine, a la televisión, a las historietas, con una versatilidad que sorprende y entusiasma.
A pesar de la diversidad de temas que Cristián aborda en estas crónicas, hay ciertos hilos conductores que van tejiendo una trama de pensamiento unitario. Me gustaría subrayar algunos. Se advierte, por ejemplo, un fuerte acento crítico frente a una época donde el vigor y la esencialidad se baten en retirada ante la polución demoledora del culto a la imagen, la imagen bien empaquetada, efectista y fácilmente digerible, al alcance de la mano, pero que nada encierra, que es un puro fuego fatuo, artificio desnudo y yerto.
Es, por así decirlo, el signo de un mundo puramente virtual, mecanizado, sin grandes júbilos ni grandes desgarraduras, donde nada es de vida o de muerte, donde todo se agota en un estar a medias, en un tránsito evasivo y pasajero que en nada puede recalar, porque nada parece digno de ser ahondado. De esa crítica surge la añoranza del autor por un mundo de grosor y no de superficie, un mundo con apetencia de verdad y no de disfraz. Y ahí tenemos un segundo hilo conductor: la apoteosis de lo cotidiano, de esas vidas, vivencias y lugares que se destejen a espaldas al tráfago avasallante de modernidades y globalizaciones, que son anónimas e insignificantes si se las mide bajo el prisma de la estadística, pero que forman el relicario donde late el pulso auténtico de la vida, pues cada una va configurando una totalidad premunida de sentido, imposible de ser inventariada o adocenada.
Puede ser un aroma o una imagen de la infancia, un espacio físico, un objeto, una lectura, o un ser amado; son, en suma, los pequeños mosaicos, únicos, irrepetibles, que hacen de la vida una experiencia querible, hospitalaria, con puntos cardinales definidos, con itinerarios y raíces.
En Aún no ha sido todo dicho hay, por cierto, mucho más que estas ligeras pinceladas dictadas por mi arbitrariedad de lector. Y no creo que sea el propósito de estas palabras introductorias el agotarlas. Más aún cuando Cristián, como un hombre de diálogos y no de monólogos, sabe perfectamente que cada libro nos escoge por afinidades que no son intercambiables. Quiero simplemente resaltar que el testimonio de Cristián me parece necesario porque es la mejor rúbrica de alguien que, precisamente, como comunicador, escritor o como profesor, nos ha enseñado, con su proverbial sencillez y talento, esa dimensión afectiva en la lectura que hoy es tan urgente, el libro como un amigo que nos sorprende y nos entusiasma, la lectura como un reto gozoso a la inteligencia y al corazón.
«Prosas a la muerte de mi hijo», estructurado como segunda parte de este libro, es para mí un testimonio aparte. En ella se recogen las crónicas escritas por Cristián a raíz de la muerte de Clemente, su hijo, en diciembre pasado. Confieso que comentar estas páginas me es difícil. La muerte, de por sí escandalosa, acrecienta su ruina hasta el estupor de lo indecible cuando se trata de un niño, y más aún, en este caso, de un niño al que tuve el privilegio de conocer. De inmediato a uno le resuenan las palabras de Iván Karamazov, cuando abjuraba de un universo en el que se permitía el sufrimiento de criaturas inocentes.
O también de Shakespeare, en Macbeth, cuando frente a la muerte de los niños le reclama al cielo «el no haberlos defendido». Aquí, cuando leo a Cristián, evoco de inmediato lo que escribió Ezra Pound a propósito del anónimo autor del poema anglosajón «El Navegante», donde el poeta entona su elegía ante la muerte de sus compañeros, devorados por el mar: «estas palabras —dice Pound— fueron escritas porque un hombre que se abrazaba al silencio fue incapaz de sofocar su voz». Ese mismo apremio se palpa en estas prosas. No son un testimonio más, ni menos un simple desahogo. Son palabras que se afanan como espejos, desesperadas, para devolver la presencia perdida, los ademanes y gestos de alguien estragado en el silencio, desalojado del lenguaje.
Es la palabra, en suma, que apuesta a salvar del secuestro de la muerte, una muerte que, irónicamente, ha sido ella misma secuestrada por una sociedad que se niega a mostrarla en toda su dimensión trágica, que le anestesia el horror y el dolor, que la esconde en la asepsia de los hospitales o en el paisaje sanitizado de cementerios que más parecen canchas de golf. Por eso Cristián, coherente consigo mismo, no cede en este homenaje a la tentación del maquillaje, la evasión o el recetario falsamente consolador; es la suya una palabra que abiertamente se bate en duelo con el misterio inapelable de la muerte, un duelo fronterizo, donde la nostalgia y la pena se entrecruzan con la impotencia y la rabia, pero que son ante todo el testimonio emocionado y emocionante de un hombre que empuña su amor para luchar por doblarle la mano al destino, consciente de que el amor es tal vez lo único que podemos enarbolar para decirle a la muerte: «aún no ha sido todo dicho».
Armando Roa Vial
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