Alas de Chile. Aeronaves de la Fuerza Aérea 1913-2006
Andrés Pérez-Cotapos y Francisco Poblete
 
Prólogo   (1/2)


“Yo tengo un camino construido: ¡el de los cielos de Chile!”. Así le contestó entusiastamente el entonces comandante Arturo Merino Benítez al Presidente de la República, general don Carlos Ibáñez Del Campo, cuando éste le participó su preocupación por disponer de fáciles comunicaciones con la zona austral de nuestro país.

Corría el año 1929. Recién había comenzado el servicio aéreo regular a la Zona Norte, con los De Havilland “Cirrus” Moth MK III operando con postas aéreas y con el Grupo Nº1 en Iquique. Hacia el sur, ya se contaba con dos unidades de reciente creación: el Grupo Nº3 en Temuco y la Escuadrilla de Anfibios Nº1 en Puerto Montt. A estas acciones de la Aviación del Ejército, se sumaban diversas exploraciones de los anfibios de la Aviación Naval, en el litoral central y norte.

Había pues, una experiencia ya en marcha y también el lógico desafío de completar la comunicación aérea a todo lo largo del territorio nacional, extendiendo hacia el extremo austral lo que ya se había logrado hacia el norte.

Fácil enunciarlo, pero terriblemente áspero y difícil lograrlo. Había que concentrar medios y voluntades para lograr tan alto objetivo. Así pues, al año siguiente, el 21 de marzo de 1930, se creaba la Fuerza Aérea de Chile, por la fusión de los Servicios de Aviación del Ejército y de la Armada. En los considerandos del Decreto Nº 1.167 que la fundó se establecía precisamente que “...el primer ensayo en esta materia, la
Línea Aérea Nacional entre Santiago y Arica, ha constituido un éxito muy halagador que conviene asegurar y extender a la región sur, para unir con el centro del país los territorios del Aysén, Río Baker y Magallanes…”.

A partir de 1930, sucesivas generaciones de aviadores fueron escribiendo en los cielos de Chile, en ese camino invisible que señalaba el comandante Merino Benítez, las páginas de gloria y sacrificio que forman esta verdadera epopeya aérea, que logró la ansiada meta de poder operar en todas las dimensiones de nuestra variada geografía, ya sea en el desierto nortino, el fértil centro, las estepas y hielos patagónicos, la nieve antártica o las lejanas posesiones insulares en el Pacífico.

En estos 75 años, junto con unir todos los confines de la patria, la aviación logró también que Chile dejara de ser considerado geográficamente una “finis terrae”, el fin del mundo, para convertirse en un destino fácilmente accesible para ciudadanos de los cinco continentes.


 
 
  Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio