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Stgo.
Bizarro
Sergio Paz |
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Introducción
(1/6)
Advertencia
Santiago Bizarro –la única guía hecha para
perderse– es un clon del desquiciado libro L.A Bizarro,
editado por Jim Fitzgerald y publicado por Saint Martin Press,
en 1997.
“Deberías hacer algo así, pero sobre Santiago”,
me había dicho el propio Fitzgerald cuando lo entrevisté
para el programa Revólver de Televisión
Nacional, en su oficina de Manhattan, siempre atiborrada de
papeles amarillos, banderines sucios y vasos de polipropileno
agujereados con lápices a mina.
Sin saber en lo que me estaba metiendo, fue ese mismo día
–hace ya más de cinco años– cuando
acepté el desafío. Sabía que tenía
un trecho avanzado. En ese entonces ya escribía la Zoo-Zona,
una guía-columna publicada en la Zona de Contacto de
El Mercurio, que todos los viernes da cuenta del zoológico
humano que puebla Santiago. Y, durante años, había
despedazado las Páginas Amarillas buscando datos
para la Guía de Pecadores de la extinta revista Apsi
y otro tanto para la insomne revista La noche.
Así, entre cierre y cierre, ya delineaba en mi cabeza
el insólito mapa de una ciudad que merecía ser
redescubierta. Sin embargo, a poco de rumiar la idea, la idea
de hacer una “guía-completa” no me quedaba
del todo clara. A diferencia del libro de Jim, nada en Santiago
parecía tan raro. Aquí no había clubes
de hombres con penes gigantes. Tampoco un museo del sexo, propiedad
de una prostituta recién jubilada. Claro que si bien
en la guía de Fitzgerald, Los Ángeles se revelaba
como una loquísima ciudad, repleta de locaciones bizarras,
Santiago -el Gran Santiago- era en sí mismo un set demencial.
Un escenario cuatro veces más grande que Manhattan, cuatro
veces más grande que París, aun cuando de sus
cincuenta mil hectáreas, quinientas no sean más
que sitios eriazos.
Ya en campaña, como si se tratara de un imán que
atrae mugre y virutas en una pieza vacía, los datos comenzaron
a acumularse vertiginosamente. “Tienes que ir –me
decía alguien- a un restaurante egipcio donde los mozos
visten como en El Nilo, y el propio dueño parece un descendiente
de Tutankamon”. “¿Conoces el Museo de Extraños
Objetos Anales?”. “Es la colección privada
–explicaba otro- de un doctor que guarda cosas que se
han metido hombres por el trasero”. El doctor tiene lápices
y botellas.
También una bomba lacrimógena y una muñeca
Barbie que le metieron a un tipo cuando se casó simbólicamente:
“se veían tan lindos, pero les faltaba la guagua”,
dijeron los amigos cuando llegaron con el desdichado en una
ambulancia.
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