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Stgo.
Bizarro
Sergio Paz
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Introducción
(2/6)
Ahora bien, lo cierto es que las cosas realmente
extrañas de Santiago no duran mucho. Lo que una vez estuvo
ahí, a la vuelta de la esquina, puede que días,
horas después, simplemente no esté. No me extrañaría,
de hecho, que algunos datos que figuran en este libro ya ni
siquiera existan. Ojo con eso.
En Santiago nada es para siempre. Todo desaparece. Todo cambia,
especialmente las cosas más raras. Así ha ocurrido
con verdaderas joyas de la proto-antropología urbana
como el Estudio Gigante y el Drag Queen (un restaurante donde
los mozos eran travestis que después se encargaban del
show), y hace no muchos años con El Cabildo: una fuente
de soda que creíamos eterna. Y cómo no, si esta
schopería frente a la Casa Central de la Universidad
Católica era, en realidad, un cine porno clandestino,
administrado por un ex piloto de la Real Fuerza Aérea
Británica.
Si Santiago tiene alguna identidad, no es otra que la vertiginosa
dinámica del cambio; característica que afecta,
vaya a saber uno por qué, precisamente a estos lugares
más raros. Creo que lo sospechaba Benjamín Subercaseaux
cuando, en su libro Chile o una loca geografía, escribió
que “Santiago, dentro de su aparente simplicidad, es un
caos de sensaciones y visiones diversas. Ciudad contradictoria,
por excelencia, posee una personalidad difícil que suele
desalentar a los que pretenden fijarla, haciéndoles renunciar
a la empresa.
Es así como Santiago suele ser un obstáculo para
los escritores, en la misma medida en que ciertos paisajes simples
y descoloridos lo son para los pintores. Santiago existe en
la medida en que muere, y su encanto está precisamente
ahí; en esa fragilidad inconstante que encontramos en
cada calle, en cada barrio”.
Ciertamente, cuando se fija la atención en las callejuelas
más mínimas, aparece esa ciudad insólita
que realmente sorprende porque nadie esperaba encontrar “algo
así” en “un lugar como ese”.
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