Stgo. Bizarro
Sergio Paz
 
Prólogo    (1/2)

Paz en la ciudad
Se sabe: la gente quiere Paz y Paz quiere a la gente. Pero, sobre todo, Sergio Paz ama la ciudad (en rigor, las ciudades, todas las ciudades) y ama los viajes.

Paz cree que si no se viaja, no vale. Paz cree que es mejor perder al lado de los amigos que ganar en el bando contrario. Paz cree que primero se vive y luego se cuenta. Paz se embala y después, mucho después, piensa en las consecuencias.

Paz es Paz, Sergio Paz, una institución dentro del periodismo nacional (entiendo que en una universidad estudian el inimitable y ultrareconocible “estilo Paz”), el responsable de la imparable e indestructible ZooZona de la Zona de Contacto de El Mercurio (bizarra fusión de diario de vida y datos para vivir el carrete) y una suerte de mito viviente/leyenda urbana de las letras nacionales por ser uno de los pocos tipos que hace exactamente lo que quiere.

Paz, como todos los grandes, hizo que la vida se adecuara a él antes que él se adecuara a la vida. Sergio Paz ha escrito en todas partes y se ha peleado con muchos editores que no entendían que un tipo de apellido Paz fuera incapaz de estar en paz, quieto. Sergio Paz siempre quiso (quizás lo haga) fundar un tabloide cultural de distribución gratuita y, durante un tiempo, fue el editor e ideólogo de La noche, una revistilla en papel couché sobre las movidas de la ciudad después de hora. Paz ha viajado por el mundo entero y, de un tiempo a esta parte, le gusta pasar un mes del año en Utah, con los mormones, cerca de las canchas de esquí. A Paz no le interesan todas las cosas ni toda la gente. Le obsesionan aquellos que no se detienen, los sin casa, los que recorren este globo solitario a pie, en bote o en moto. Les gustan los sitios con historias, los lugares donde se ha creado algo bello o han matado a alguien que se lo merecía.

Sergio Paz no es de Santiago sino de San Be-K, alias San Bernardo, otrora “primer pueblo del sur”, hoy el último suburbio del valle antes que el río Maipo zanje lo metropolitano de lo rural. De ahí, quizás, derive su fascinación con la capital. Todos los días, Paz tomaba su colectivo desde la plaza de San Bernardo; en el camino, rumbo a la Escuela de Periodismo, veía los rascacielos del centro agrandarse. De noche, después de farras interminables, mientras todos se volvían a sus casas, Paz partía a la Plaza Bulnes para iniciar su regreso a casa.


 
 
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