Prólogo
En las sinuosas tierras de Farandulandia, en los
sótanos del edificio corporativo de Canal 76, un gordo
barbón y colorín dibuja y se ríe como
cabro chico. Parece inofensivo, pero no se confundan. Rodrigo
Salinas le ha sacado la foto a cada personaje que aparece
en pantalla (e incluso a algunos que hacen de las suyas detrás
de las cámaras), y se divierte de lo lindo retratándolos
en las situaciones más absurdas que se pueda imaginar.
Él alega, con cara de inocente, que toda semejanza
con personas reales no es más que coincidencia. Pero
lo dice muerto de la risa, así es que uno le cree bien
poco.
De lo que sí doy fe es que Salinas no es uno de esos
tipos amargados que viven despotricando contra la televisión.
A Salinas le encanta ver tele chilena, de ésa que todavía
se puede sintonizar moviendo la antena. Y Canal 76 tiene la
culpa. Porque antes del cómic Salinas era un dibujante
inquieto, un artista titulado en la Universidad de Chile y
un tipo divertido, pero sostenía frente a la televisión
abierta la distancia que probablemente tenía cualquiera
de su generación. Hasta que en 2002 el entonces editor
de Wikén, Alfredo Sepúlveda, lo convocó
para hacer una viñeta sobre la farándula, lo
que obligó a Salinas a ver tanta tele como cuando era
chico. Y comenzó a asombrarse, yo diría incluso
a maravillarse, con los personajes que pululaban por la pantalla.
Todo le daba risa, hasta los libretos de las teleseries y
los chascarros de los animadores de Viña. Y así
fue armando su propio elenco, que partió con los desalmados
ejecutivos de Canal 76 dispuestos a vender sus almas por un
punto de rating, y que ahora hasta incluye a los generosos
funcionarios de Chiledeportes.
Los monos de Salinas son deliberadamente imperfectos. Así
es como ve él la televisión chilena: a ratos
deforme, desproporcionada, pero también colorida y,
claro, graciosa. En las páginas de este libro ustedes
podrán ver cómo han evolucionado los trazos
y también cómo han cambiado los protagonistas
y los temas, aunque hay clásicos que delatan las obsesiones
del dibujante, admirador declarado, por ejemplo, de Pamela
Díaz (quién no, me diría él).
Hay quienes dan a estas viñetas una lectura más
sociológica: las consideran una especie de columna
semanal sobre los fenómenos y tendencias de la televisión.
Yo creo que la genialidad de Rodrigo radica, precisamente,
en haber creado un objeto muy simple pero que puede ser leído
en muchos niveles. Después de todo, eso es arte, ¿no?
Aquí está la selección de los «Canal
76» favoritos de Salinas y la actual editora de Wikén,
Estela Cabezas.
Una idea que finalmente ve la luz gracias, claro, a la majadera
insistencia del autor, pero también al entusiasta madrinazgo
de la editora de revistas de El Mercurio, Paula Escobar,
un entusiasmo que luego compartió el comité
editorial de El Mercurio-Aguilar. Y, no menos importante,
el libro se ha concretado de esta forma por el trabajo cariñoso
y cuidadoso de la editora de El Mercurio-Aguilar, Jessica
Atal y su coordinadora, Consuelo Montoya. Sé que Rodrigo
les agradece a todos ellos, y que no olvida a Alfredo Sepúlveda,
con quien cada semana se reía a carcajadas mientras
conversaban sobre el chiste de la siguiente edición
de Wikén. Seguir recibiendo esos llamados
de Rodrigo Salinas es una de las gracias de este trabajo.
Ojalá que disfruten de este libro tanto como lo hemos
hecho nosotros.
Marcela Aguilar
Coordinadora y comentarista de televisión de Wikén
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