Historia de un sueño fragmentado. Biografía de Mario Carreño
Marilú Ortiz de Rozas
 

Introducción    (1/2)

En busca de la casa natal de Mario Carreño

San Francisco 110. Barrio La Víbora. La Habana. La dirección así anotada en la memoria, dejamos pasar algunos días luego de nuestro arribo a la isla. Había que dosificar las emociones. Hasta que nos sentimos preparadas y nos dejamos transportar por un taxi que parecía derrumbarse conforme se alejaba del centro de la capital cubana y La Habana dejaba de parecer La Habana. Este laberinto o enjambre de conventillos de un solo piso, lejos del mar, del tumulto de las olas y la urbe, se asemejaba simplemente a cualquier barrio muy venido a menos de cualquier ciudad del tercer o cuarto mundo, sin edad, sin porvenir alguno.

Encontramos la calle, el número y la casa, en lo que parecía un pasillo de viviendas pareadas, enmarcadas por ruinosas balaustradas y columnas dóricas, con oxidados barrotes rococó en las ventanas. Toda la paleta cromática yacía expuesta en las sucesivas capas de pintura de los muros, las unas carcomiéndose a las otras. Nos acercamos lentamente, mareadas por el largo trecho recorrido y el desconcierto. Allí no había nada de Mario Carreño, nada de nadie y nada de nada.

Un viento con lejano olor a Caribe se paseaba por la cuadra en vías de extinción, cual sobreviviente de una guerra centenaria, de un holocausto suculento y demoledor. El viaje a la casa natal del maestro había resultado como un desencuentro en el paraíso perdido de la infancia y nos sentimos más lejos que nunca de sus raíces, de su historia. Mas, con la distancia, esa casa mutilada que seguía siendo bella constituye una depurada metáfora de la vida de Mario Carreño. Al connotado artista latinoamericano le tocó empuñar, en carne propia, la dramática historia de la Cuba de sus años, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y el triste episodio de la dictadura chilena. No dejó nunca de ser acosado por los conflictos bélicos y políticos más feroces de la centuria y él, desesperado, arrancó sangre y gritos a los pinceles. Sin embargo, éstos esculpieron seres perfectos en sus telas, cuerpos sensuales, coloridos, impecablemente estéticos, a pesar de las mutilaciones que el maestro operaba sistemáticamente en las figuras humanas. De pronto oímos un sonido en una de las casas vecinas y a través de unos ahumados cristales vislumbramos a una mujer que barría inútil y ceremonialmente un piso de tablas tan viejo como ella. En su hogar no había mueble alguno. Apenas escuchaba nuestras preguntas, y el nombre de Mario Carreño no le recordaba a nadie. Y sin embargo allí había nacido y vivido el maestro.

«La familia lo confirmó», repetía Andrea, la hija menor del pintor y colega suyo en el oficio. Lo repetía más para sí misma que para la vieja, en su afán de ganarle terreno a la desilusión. Si en Cuba las casas parecen derrumbarse con las personas adentro, en este barrio olvidado las viviendas han vivido más que los hombres. Los han trascendido y no hay cómo descifrar el idioma de las casas vacías para que nos cuenten la historia de los que un día fueron sus dueños.

No sacábamos nada con tratar de seguir escarbando entre las vísceras del cadáver de esa vivienda. La autopsia arrojó un papel en blanco que debíamos llenar nosotras, bisturí y lápiz en mano, iluminadas por un solo cuerpo irreductible: la memoria, la memoria de los que ya no estaban allí. Entendimos que había que despedirse de esos silenciosos muros, de esas desteñidas puertas y ventanas cerradas, y partir. Estábamos en mayo del año 1992. El mismo taxi, cuyo chofer no cursó pregunta alguna, como si estuviera acostumbrado a llevar viajeros a «topoanalizar» a sus antepasados, nos llevó de vuelta a nuestro precario hotel, situado en pleno Paseo del Prado. Curiosamente, años después supimos que en esta avenida Mario Carreño había expuesto por primera vez.

 
 
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