Introducción
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En busca de la casa natal de Mario Carreño
San Francisco 110. Barrio La Víbora.
La Habana. La dirección así anotada en la memoria,
dejamos pasar algunos días luego de nuestro arribo
a la isla. Había que dosificar las emociones. Hasta
que nos sentimos preparadas y nos dejamos transportar por
un taxi que parecía derrumbarse conforme se alejaba
del centro de la capital cubana y La Habana dejaba de parecer
La Habana. Este laberinto o enjambre de conventillos de un
solo piso, lejos del mar, del tumulto de las olas y la urbe,
se asemejaba simplemente a cualquier barrio muy venido a menos
de cualquier ciudad del tercer o cuarto mundo, sin edad, sin
porvenir alguno.
Encontramos la calle, el número y la casa, en lo que
parecía un pasillo de viviendas pareadas, enmarcadas
por ruinosas balaustradas y columnas dóricas, con oxidados
barrotes rococó en las ventanas. Toda la paleta cromática
yacía expuesta en las sucesivas capas de pintura de
los muros, las unas carcomiéndose a las otras. Nos
acercamos lentamente, mareadas por el largo trecho recorrido
y el desconcierto. Allí no había nada de Mario
Carreño, nada de nadie y nada de nada.
Un viento con lejano olor a Caribe se paseaba por la cuadra
en vías de extinción, cual sobreviviente de
una guerra centenaria, de un holocausto suculento y demoledor.
El viaje a la casa natal del maestro había resultado
como un desencuentro en el paraíso perdido de la infancia
y nos sentimos más lejos que nunca de sus raíces,
de su historia. Mas, con la distancia, esa casa mutilada que
seguía siendo bella constituye una depurada metáfora
de la vida de Mario Carreño. Al connotado artista latinoamericano
le tocó empuñar, en carne propia, la dramática
historia de la Cuba de sus años, la Guerra Civil Española,
la Segunda Guerra Mundial y el triste episodio de la dictadura
chilena. No dejó nunca de ser acosado por los conflictos
bélicos y políticos más feroces de la
centuria y él, desesperado, arrancó sangre y
gritos a los pinceles. Sin embargo, éstos esculpieron
seres perfectos en sus telas, cuerpos sensuales, coloridos,
impecablemente estéticos, a pesar de las mutilaciones
que el maestro operaba sistemáticamente en las figuras
humanas. De pronto oímos un sonido en una de las casas
vecinas y a través de unos ahumados cristales vislumbramos
a una mujer que barría inútil y ceremonialmente
un piso de tablas tan viejo como ella. En su hogar no había
mueble alguno. Apenas escuchaba nuestras preguntas, y el nombre
de Mario Carreño no le recordaba a nadie. Y sin embargo
allí había nacido y vivido el maestro.
«La familia lo confirmó», repetía
Andrea, la hija menor del pintor y colega suyo en el oficio.
Lo repetía más para sí misma que para
la vieja, en su afán de ganarle terreno a la desilusión.
Si en Cuba las casas parecen derrumbarse con las personas
adentro, en este barrio olvidado las viviendas han vivido
más que los hombres. Los han trascendido y no hay cómo
descifrar el idioma de las casas vacías para que nos
cuenten la historia de los que un día fueron sus dueños.
No sacábamos nada con tratar de seguir escarbando entre
las vísceras del cadáver de esa vivienda. La
autopsia arrojó un papel en blanco que debíamos
llenar nosotras, bisturí y lápiz en mano, iluminadas
por un solo cuerpo irreductible: la memoria, la memoria de
los que ya no estaban allí. Entendimos que había
que despedirse de esos silenciosos muros, de esas desteñidas
puertas y ventanas cerradas, y partir. Estábamos en
mayo del año 1992. El mismo taxi, cuyo chofer no cursó
pregunta alguna, como si estuviera acostumbrado a llevar viajeros
a «topoanalizar» a sus antepasados, nos llevó
de vuelta a nuestro precario hotel, situado en pleno Paseo
del Prado. Curiosamente, años después supimos
que en esta avenida Mario Carreño había expuesto
por primera vez.
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