Historia de un sueño fragmentado. Biografía de Mario Carreño
Marilú Ortiz de Rozas
 
Introducción    (2/2)

Atravesamos el pasillo del quinto piso, donde un enrejado de gallinero era lo que separaba el inmueble del precipicio y nos encerramos en nuestra habitación sin ventanas. Echamos un poco de agua en los vasos de plástico y nos preparamos una leche en polvo con avena que habíamos traído de Chile en nuestro equipaje, precavidas ante la escasez generalizada de esos años. Nos las cuchareamos, sentadas de piernas cruzadas encima de las camas. Si nuestras cenas en La Habana no fueron muy elegantes, sí fueron fecundas en el espíritu.

Cuando conocimos a Alicia —nombre que le dimos a nuestra anfitriona de la isla de las maravillas— supimos más de lo que fuera Mario Carreño que en San Francisco 110. La médico, cicatriz de bala en la pierna derecha, «un recuerdo de Nicaragua», era, como toda cubana, una mujer de armas tomar. Profesaba esa discutida religión basada en el culto a Fidel, pero sabía cómo sobrevivir en el sistema. Llegamos donde ella con unos paquetes que le mandaban unos amigos de Chile, té, café, mermelada y abarrotes varios. La noche siguiente nos trasladamos a su casa y comenzamos a vivir La Habana puertas adentro...

Como un viaje al interior de un viaje, transitamos definitivamente hacia la trastienda de la ciudad turística, hacia el pellejo interno del Patrimonio de la Humanidad. En este sitio oscuro y caluroso, y al margen del paso de los años, se asienta esta historia. Nace en un país que ya no existe, como tampoco vive realmente la casa donde fue alumbrado el protagonista de los sucesos que han de relatarse. Sin embargo, es hacia ese sitio, hacia ese lugar preciso e inconfundible donde conducen todos los pasos dados por este artista itinerante, este habitante del mundo que quebró las cáscaras de su primera morada al partir, pero nunca pudo dejar de mirar atrás, de sentir atrás, de pintar atrás. Ese universo onírico cargado de personajes y colores de fantasía que subsiste en las telas repartidas por los cinco continentes, es aquel que germinara allá.

Mario Carreño se nos presentaba entonces como una exposición retrospectiva que nos toca montar en los frágiles muros del recuerdo, aquella galería de vidrio que alberga las vidas ya vividas, que desaparecen al menor soplo en la memoria.
La silente casa de La Víbora no era el comienzo, sino el punto final, y debíamos recorrer su historia en el sentido inverso de la cronología de los hombres. Como en el Viaje a la semilla del compatriota insular Alejo Carpentier, estábamos ya prontas a desafiar «aquella hora en que el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte».

La autora

 
 
 
  Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio