Cavas. Historias de vinos
Patricio Tapia
 
Introducción    (2/3)

—Y esto es de lo que le hablo —me dice el hombre, indicando con su mano algún punto más allá de las montañas—. Si quiere saber de riesling, todo lo que tiene que hacer es mirar esto.
Asiento.

“Si quiere saber de riesling, todo lo que tiene que hacer es mirar esto” es una frase que me va a costar olvidar, aunque en ese momento, fantaseando con el sabor de una cerveza, para mí no haya sido sino más que un comentario al pasar, alguna frase para el bronce.

Un par de semanas más tarde, y ya sumergido en el calorsantiaguino, se me ocurre descorchar uno de los riesling que le he comprado a este hombre. Estoy en la terraza, es domingo y almuerzo con unos amigos.
Desde el cuarto piso de mi departamento, lo que se ve son edificios y antenas y cables. También algunos árboles. Sin embargo, el riesling está perfecto, y tan aromático que me cuesta despegar la nariz de mi copa. Sobre la lengua, tiene la acidez que tendrían las piedras si se convirtieran en limón y todo lo demás es un jugo fresco y crujiente hecho de pizarras rojas, si es que eso existe. Y, por un instante, un momento mucho más breve de lo que mi imaginación quisiera confesar, me transporto a la Mosela y a su río contorsionándose entre las montañas.

¿Adónde quiero llegar? Toda esta parafernalia que se ha armado con el vino, todos esos cursos de cata, todas esas cosas que hay que aprender, todos esos nombres de lugares y de uvas, todas esas botellas que bebemos, toda esa tontera con tufillo a esnobismo cobra, al menos para mí, un sentido increíble si la relaciono con la capacidad que tiene el vino de mostrarnos su origen, de enseñarnos el lugar en donde nació a través de los sentidos, aunque ni siquiera hayamos planeado, por ejemplo, ir a la Mosela ni menos encaramarnos para mirar el río y las montañas.

El vino, el gran vino, tiene esa capacidad de interpretar su origen, de ofrecer un sentido de lugar, de mostrarnos cómo es el clima, el suelo, los ríos. Los franceses lo llaman terroir, una palabra que apunta a eso mismo, a esa sensación de dejarse llevar bebiendo. Muy pocos vinos tienen esa capacidad. Pero los hay.

 
 
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