Cavas. Historias de vinos
Patricio Tapia
 
La palabra y el vino   (1/2)

Funciona casi como la alarma del robot que encuentra tesoros perdidos: cada vez que algo nos deja sin palabras, podemos estar seguros de que acabamos de vivir una de aquellas experiencias intensas que de tanto en tanto la vida nos regala. No tengo palabras para describir lo que me pasó cuando leí Desgracia, de Coetzee, o cuando mi hija consiguió dar sus primeros pasos hasta llegar a mis brazos. No tengo palabras para explicarlo. El silencio de los amantes después del sexo será entonces siempre más apropiado que aquella impertinente intromisión de inseguridad egótica: ¿cómo estuve? Los vinos que consiguen entrar en esa categoría, la de los sucesos que nos dejan mudos, son pocos, pero son: como los golpes de la vida de los que habla Vallejo.

Por eso la poesía es siempre una traición. Y un heroísmo. Nace de la imposibilidad de aprehender esas experiencias, un esfuerzo suicida que a veces —pocas veces también— consigue transformarse en un acontecimiento tanto o más intenso que la experiencia que lo motivó.

Los poemas de Li Po o de Anacreonte o de Baudelaire dedicados al vino probablemente sean bastante mejores que los mostos que ellos probaron; un extraño vino de arroz en el caso del primero, uno dulzón y salvaje en el caso del segundo y un picado vino de cantina en el caso del autor de Las flores del mal.

Los textos de Patricio Tapia tienen siempre esa facultad de convertirse en una experiencia en sí misma. No avasalla la experiencia ajena, sino que la acompaña como una música de fondo, la banda sonora de nuestro propio e intransferible idilio con el vino. Su palabra no tiene nunca la abrumadora resonancia del experto que cree que las cosas son lo que son. O peor, que son como él dice que son. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, uno termina aprendiendo a vigorizar aún más las experiencias propias.

Es la voz de un guía, de un director de orquesta. Cioran aseguraba que la tragedia del hombre es el conocimiento, porque se daba cuenta de que cada vez que tomaba conciencia de algo, el sentimiento que tenía al respecto resultaba debilitado. Pero es una tragedia sin vuelta atrás, porque se trata de la tragedia de la palabra.

 
 
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