Introducción
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El ojo de la cerradura
La tersa imagen del Centenario, histórica y oficial,
tan francesa y tan pulcra, se desarma al acercar la mirada
gracias a la prensa de la época: se chileniza la década.
Es cierto que hubo en el país una elite seducida por
“la ciudad bella”, ésa de elegantes mansiones
y paseos, parques y ritos, monumentos y perspectivas, tal
como en toda ciudad occidental con algunas pretensiones por
esos años. Pero aquí vemos
una realidad muchísimo más rica y compleja.
Chocan líderes muy diferentes -artísticos, sociales,
tecnológicos, historicistas, imaginativos, místicos...-
y el Centenario, finalmente, aparece como un fruto de la diversidad.
Ya no sirve la excusa, frecuente al acercarse el Bicentenario,
de que era más fácil hacer cosas hace un siglo
porque “todos pensaban igual”. Vemos aquí
que, mundo humano al fin, la empresa fue difícil. De
partida, no encontramos un ordenado plan oficial, ni para
la ciudad ni para la conmemoración misma de 1910. Por
el contrario, corren los meses y años y no se avanza,
se improvisa, se teme no estar a la altura, se compara Santiago
con lo que prepara Buenos Aires; nadie “se hace cargo”.
Esta realidad es mucho más apasionante que la historia
oficial. Es como el Santiago de Vicuña Mackenna. Él
tuvo una propuesta en 1872, pero no construyó los palacios
y mansiones que, cerca de trescientos, le dieron cuerpo y
forma a la capital con sus volúmenes a lo largo de
la Alameda, Ejército, Dieciocho o República.
Lo mismo sucede aquí; hay algunas ideas centrales,
ciertas visiones, pero el Centenario es el resultado de los
aportes privados tanto como públicos. Hay muchos “Centenarios”
preparándose para 1910. También desorden, recursos
limitados, falta de coordinación... Uno mira el frágil
equilibrio, a medida que se acerca 1910, y uno teme que el
acróbata ciclista se caiga de la cuerda... ¿Llegará
al otro lado?
Es notable, en todo caso, que la ciudad finalmente logre,
para gran sorpresa de los santiaguinos, un orden claro y preciso.
El extranjero que desembarque en Valparaíso, y tome
el tren asomándose a la ciudad en la palaciega Estación
Mapocho, quedará impresionado. Era la idea, por lo
demás, muy reiterada: perfeccionar la imagen de Santiago
ante el ojo escéptico de un europeo. No quedar mal
es el lema,
más que “hacer ciudad”.
Como en París, avanza el Plan Maestro para rodear Santiago
de rieles, cumpliendo las estaciones un rol de modernas y
elegantes puertas de ingreso. El esperado visitante encontrará
una plaza frente a la Estación Mapocho y, luego de
cruzarla, podrá abordar un flamante tranvía
eléctrico para dirigirse a cualquiera de los barrios
más importantes.
El anillo en torno a la ciudad es casi perfecto. Así,
salvo en el borde norte donde no se cumple con el proyecto
subterráneo que uniría la Estación Providencia
de la Plaza Italia con la Estación Mapocho pasando
bajo el Parque Forestal, el resto se construye, incluso uniendo
la Estación Central con la de Mapocho -pasando por
la Estación Yungay-, por si nuestro viajero quiere
conocer el sur de Chile. También puede ir al norte
con un trasbordo o, vía La Calera, llegar a Mendoza
y de ahí a Buenos Aires.
La capital, finalmente, ya no está “al fin del
mundo”; y ése es un gran anhelo cumplido para
el Centenario. Ahí sentimos un pulso propio, no dependiente
del ojo ajeno. El telégrafo y 150 teléfonos
públicos -empotrados en muros de la ciudadperfeccionan
esa ambición. Chile ya no es una isla.
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