El Santiago del centenario visto por El Mercurio 1900-1910
El Mercurio
 

Introducción    (2/4)

También hay un orden cotidiano. Al abrirse la calle Moneda, antes bloqueada por el convento de las agustinas, y extenderse Huérfanos al oriente, todas las calles céntricas importantes culminan en un Santa Lucía que, a su vez, se rodea de calles nuevas. Al demoler las casas que ocupaban sus faldeos, los vecinos miran ahora el verde que comienza a crecer en las laderas. Una nueva plaza, la de Vicuña Mackenna, antecede el cerro, que al fin tiene el gran acceso monumental que se merece, con lujosas escalinatas de ingreso en la esquina sur-poniente. El viajero puede subirlas y, desde la terraza, admirar toda la ciudad. Incluso, también puede llegar sobre rieles, con el pequeño ferrocarril eléctrico que se inaugura en 1902.

Vemos que el recorrido de nuestro viajero se planifica con un avance más, por el proyecto de abrir la calle Villavicencio para hacerla llegar al Paseo del Tajamar; el visitante podría conocer el río y, especialmente, el espectáculo de los Andes. No hay otra ciudad con tal escenario.

Del Santa Lucía, el epicentro del orden, empleados y vendedores de tiendas en las tardes, estudiantes de cimarra, serán usuarios fieles. A veces se encuentran con elegantes caballeros que, correctamente montados, lucen sus caballos de fina raza. Teatro, restorán, terraza bailable, atraen público todos los días. Todo muy animado, de nada podrá quejarse el curioso extranjero que, luego de ver el crepúsculo que tiñe de púrpura y rojo las estribaciones andinas, sube a ver bailar las parejas en la terraza mientras el cielo se cubre de estrellas.

Hay un orden tercero. Es el que provee el Paseo de la Alameda, que entonces se remodela y perfecciona para llegar a la nueva Plaza Italia. Nobles árboles europeos -los álamos estaban fuera de moda-, escaños distanciados, luminarias, facilitan el uso cotidiano del lugar con distintos públicos según la hora del día. Es la señorial avenida central de la capital y se muestra con orgullo a los turistas, culminando, nuevamente, en el espectáculo de la cordillera de los Andes en los atardeceres estivales o nevados de invierno. Un observador atento verá que las luminarias del paseo mezclan lámparas de parafina, gas y eléctricas, pero el público no reclama.

Los obstáculos son enormes -como lo refleja “El Mercurio” de esos años-, pero se avanza en los tres órdenes. Costó extender la red de tranvías eléctricos -el tendido de los cables de la telefónica era muy bajo pero como los santiaguinos se hacinaban en los paraderos a las horas de almuerzo y comida, la municipalidad apoya al concesionario y la red llega a nuevos barrios. Los flamantes automóviles de alquiler, que toman pasajeros en Huérfanos entre Ahumada y Bandera, alivian la congestión.

Bajo esas modernidades, o tras ellas, la ciudad padece de aguas servidas y barriales de invierno, además de incómodas polvaredas de verano que obligan a cerrar las ventanas, lo que impulsa nuevas inversiones: pavimentar más calles donde los automóviles dejan de padecer montículos y hoyos, y construir finalmente una excelente red de alcantarillado diseñada por una empresa francesa y construida por catalanes. Suelo y subsuelo.

 
 
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