Introducción
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También hay un orden cotidiano. Al abrirse la calle
Moneda, antes bloqueada por el convento de las agustinas,
y extenderse Huérfanos al oriente, todas las calles
céntricas importantes culminan en un Santa Lucía
que, a su vez, se rodea de calles nuevas. Al demoler las casas
que ocupaban sus faldeos, los vecinos miran ahora el verde
que comienza a crecer en las laderas. Una nueva plaza, la
de Vicuña Mackenna, antecede el cerro, que al fin tiene
el gran acceso monumental que se merece, con lujosas escalinatas
de ingreso en la esquina sur-poniente. El viajero puede subirlas
y, desde la terraza, admirar toda la ciudad. Incluso, también
puede llegar sobre rieles, con el pequeño ferrocarril
eléctrico que se inaugura en 1902.
Vemos que el recorrido de nuestro viajero se planifica con
un avance más, por el proyecto de abrir la calle Villavicencio
para hacerla llegar al Paseo del Tajamar; el visitante podría
conocer el río y, especialmente, el espectáculo
de los Andes. No hay otra ciudad con tal escenario.
Del Santa Lucía, el epicentro del orden, empleados
y vendedores de tiendas en las tardes, estudiantes de cimarra,
serán usuarios fieles. A veces se encuentran con elegantes
caballeros que, correctamente montados, lucen sus caballos
de fina raza. Teatro, restorán, terraza bailable, atraen
público todos los días. Todo muy animado, de
nada podrá quejarse el curioso extranjero que, luego
de ver el crepúsculo que tiñe de púrpura
y rojo las estribaciones andinas, sube a ver bailar las parejas
en la terraza mientras el cielo se cubre de estrellas.
Hay un orden tercero. Es el que provee el Paseo de la Alameda,
que entonces se remodela y perfecciona para llegar a la nueva
Plaza Italia. Nobles árboles europeos -los álamos
estaban fuera de moda-, escaños distanciados, luminarias,
facilitan el uso cotidiano del lugar con distintos públicos
según la hora del día. Es la señorial
avenida central de la capital y se muestra con orgullo a los
turistas, culminando, nuevamente, en el espectáculo
de la cordillera de los Andes en los atardeceres estivales
o nevados de invierno. Un observador atento verá que
las luminarias del paseo mezclan lámparas de parafina,
gas y eléctricas, pero el público no reclama.
Los obstáculos son enormes -como lo refleja “El
Mercurio” de esos años-, pero se avanza en los
tres órdenes. Costó extender la red de tranvías
eléctricos -el tendido de los cables de la telefónica
era muy bajo pero como los santiaguinos se hacinaban en los
paraderos a las horas de almuerzo y comida, la municipalidad
apoya al concesionario y la red llega a nuevos barrios. Los
flamantes automóviles de alquiler, que toman pasajeros
en Huérfanos entre Ahumada y Bandera, alivian la congestión.
Bajo esas modernidades, o tras ellas, la ciudad padece de
aguas servidas y barriales de invierno, además de incómodas
polvaredas de verano que obligan a cerrar las ventanas, lo
que impulsa nuevas inversiones: pavimentar más calles
donde los automóviles dejan de padecer montículos
y hoyos, y construir finalmente una excelente red de alcantarillado
diseñada por una empresa francesa y construida por
catalanes. Suelo y subsuelo.
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