El Santiago del centenario visto por El Mercurio 1900-1910
El Mercurio
 

Prólogo   

Ahora que en tantos aspectos Chile mira hacia el 2010, resulta aleccionador el material periodístico de este libro, que nos acerca al primer Centenario. A diferencia de un análisis histórico filtrado por el paso del tiempo, aquí es la vida misma con todos sus detalles y contradicciones lo que surge de las páginas de “El Mercurio” de aquella época.

Textos breves, chispazos de noticias y comentarios, van reconstituyendo las preferencias, las aspiraciones y los problemas de los santiaguinos entre 1900 y 1910. Son sus ideas y sus costumbres, su propia visión de la realidad, centrada sobre todo en la ciudad que aman pero que quieren cambiar -en parte lo consiguen- para esa fecha simbólica.

Llaman la atención la libertad e independencia de las formaciones y los juicios, que con frecuencia hieren distintos intereses, pero que están animados por un auténtico patriotismo que bien podemos llamar práctico,
porque se orienta a resultados concretos. Todos quieren que Chile sea el mejor, aunque no todos imaginan el mismo Chile, pero coinciden en la necesidad de preparar el futuro y en metas tan diversas como la transformación y el embellecimiento de Santiago, el resguardo de los valores heredados y el fin del drama de los conventillos.

El país dispone entonces de una verdadera constelación de hombres con auténtico espíritu público que se manifiesta por igual en las obras de beneficencia como en el desarrollo urbano o en las políticas sociales. Y nos enorgullece que en “El Mercurio” hubiese también brillantes periodistas capaces de dar cauce a esa benéfica energía. Junto a las grandes figuras que los habían precedido antes del cambio de siglo, como Jorge Délano o Hermógenes Pérez de Arce, hay una generación joven que orienta el nuevo diario, encabezada por Agustín Edwards Mac Clure e integrada por Carlos Silva Vildósola, Joaquín Díaz Garcés, Luis Alberto Cariola, Humberto Fernández y Darío Risopatrón, entre los de la primera hora, además de notables colaboradores ocasionales o frecuentes que
sería largo enumerar.

De ellos, algunos figuran en estas páginas con sus nombres, como Alberto Mackenna, Juan Francisco González, Manuel Magallanes Moure, Alcibíades Vicencio, Ramón Subercaseaux o Félix Nieto del Río, y otros a través de sus seudónimos, como el mismo Díaz Garcés (Anjel Pino o A.P.), Benjamín Vicuña Subercaseaux (Tatin, B.V.S.), Carlos Varas (Mont-Calm) o Daniel Riquelme (Un santiaguino viejo).

Ojalá Santiago y Chile entero pudieran llegar al Bicentenario no sólo con obras tan duraderas como las de 1910, aunque ellas fueron bastante menos que las solicitadas, sino sobre todo con aquel espíritu noble y desinteresado que pensaba en el país y en su gente como una unidad, mucho más que en perpetuar sus nombres o sus propósitos particulares.


Agustín Edwards

   
 
 
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