Chile en un mundo que cambia. El Mercurio 1911-1920
El Mercurio
 

Introducción    (1/4)
Del Centenario al "cielito lindo"

El Chile que reiniciaba sus actividades después de las celebraciones del Centenario estaba convencido de que el adecuado arreglo a los problemas institucionales causados por las sucesivas muertes del Presidente Pedro Montt y por la de su sucesor, el Vicepresidente Elías Fernández Albano, reemplazado temporalmente, en igual calidad, por Emiliano Figueroa, hasta la elección, como nuevo Presidente de la República, de Ramón Barros Luco, era la mejor demostración al resto del mundo de que el país gozaba de una perfecta organización y de que estaba habitado por una “raza homogénea y característica” y “capaz de grandes destinos”. Esa confianza, sin embargo, no era compartida en forma unánime. Ya 10 años antes, en 1900, Enrique Mac Iver había aludido al grave malestar que aquejaba al país. Y el mismo año del Centenario la aparición del libro Sinceridad, de un desconocido Dr. Valdés Canje, seudónimo bajo el cual se ocultaba el profesor Alejandro Venegas Carús, partidario de Montt en las elecciones de 1906, ponía un amargo signo de duda frente al optimismo exhibido por los sectores dirigentes.

Chile estaba, en realidad, cambiando. La minería del cobre y de la plata, eje de su desarrollo económico durante el siglo XIX, había sido sustituida, al iniciar su declinación, por la extracción del salitre con el triunfo en la Guerra del Pacífico. Con los elevados ingresos tributarios generados por su exportación, el país había hecho extraordinarios avances de orden material y de infraestructura. La incorporación de las máquinas estaba produciendo en Chile idénticos efectos que los percibidos en los países europeos de la revolución industrial. En las descripciones que a fines del siglo XIX se hacen de diversos establecimientos industriales hay verdaderas elegías a las maquinarias. “Canta el hierro un poema heroico y el vapor una oda expresa en 1896 un reportaje sobre una fundición situada en Chillán, la electricidad doma y almacena la fuerza; los agentes materiales, obedeciendo a la conciencia humana, se esfuerzan por dar mayor grandeza de felicidad, y la paz y el progreso surgen y brotan de calderas, émbolos y turbinas que producen un medio de bienestar y adelanto”. En esta visión, como es natural, la presencia del hombre trabajador queda reducida a una mínima expresión. Se estaba, en rigor, ante una profunda transformación de las relaciones de producción, que iban en desmedro de la persona y en beneficio de la máquina. En la práctica, esto se tradujo en un trabajo extremadamente dependiente, rutinario, objeto de una severa vigilancia “a ello obligaba el costo y la complejidad de las máquinas”, sometido a horarios rígidos y a turnos.

Esto llevó a significativos crecimientos, como ocurrió en la industria del salitre, que recibió considerables inyecciones de capital para su modernización, pero contribuyó, a la vez, a agudizar la crítica de los dirigentes obreros al modelo de desarrollo.

Cabe agregar que el indudable crecimiento exhibido por Chile mostraba debilidades y falencias, y que los rasgos modernizadores que se apreciaban en las grandes ciudades no alcanzaban con sus beneficios a todos los habitantes. Desde 1870 las inquietudes de variados sectores de trabajadores, incrementadas en el decenio de 1890 y expresadas en forma cada vez más violenta, se hicieron habituales en los años siguientes. El surgimiento de la “cuestión social” originó numerosos intentos de describir los fenómenos comprendidos en ese concepto y, fundamentalmente, múltiples proyectos para buscarles solución. La “cuestión social” fue, pues, el telón de fondo contra el cual se desarrollaron hasta 1920 las más refinadas representaciones del juego político de formalidades parlamentarias que se había consolidado después de la revolución de 1891. Curiosamente, los sectores más activos del grupo dirigente no parecen haber sabido aquilatar la magnitud del fenómeno social con el cual convivían y, salvo algunas tempranas iniciativas de miembros de la Iglesia Católica y de algunos laicos, que resultaron claramente insuficientes, no hubo acuerdo para resolver los problemas más acuciantes de los obreros.

 
 
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