Chile en un mundo que cambia. El Mercurio 1911-1920
El Mercurio
 

Introducción    (2/4)

No extraña, por consiguiente, que también muy tempranamente los propios trabajadores buscaran mecanismos para protegerse. La veloz organización, desde fines del siglo XIX y a lo largo de todo el país, de mutualidades y asociaciones de obreros, del más variado signo, mayoritariamente de hombres, pero también de mujeres, puede interpretarse como el intento de establecer nexos entre los trabajadores, sobre la base del ejercicio de actividades laborales afines, para lograr propósitos que no estaban contemplados en la institucionalidad vigente: obtención de crédito, de educación, de ayuda en caso de enfermedad y muerte, de habitaciones dignas y de sepultura.

Al nacimiento de estas entidades se sumaron las ofertas de soluciones más amplias y drásticas provenientes de anarquistas y socialistas organizados en mancomunales y sociedades de resistencia “la unión de las primeras dio origen en 1911 a la Federación
Obrera de Chile, FOCh, controlada desde 1918 por los socialistas, y la de las segundas, a la Internacional World Workers, IWW” y las presentadas por el Partido Demócrata, surgido de una escisión del Partido Radical y de carácter propiamente obrero. Perteneció a este conglomerado Luis Emilio Recabarren, cuya labor en la organización del mundo obrero fue de extraordinaria amplitud. Declarándose socialista, ya en 1904 desechaba la solución de la “cuestión social” mediante el mejoramiento de los salarios, la reducción de la jornada de trabajo, el abaratamiento de los artículos de consumo y la entrega
de habitaciones sanas. “Ciframos la cuestión social “armaba” en el cambio completo del régimen actual por medio de la abolición del dinero, del gobierno, leyes y demás cadenas que aprisionan las libertades individuales”. Recabarren y otros fundaron en 1912 el Partido Obrero Socialista.

Con un trasfondo que progresivamente se ideologizaba, todas estas agrupaciones, partidos y personas pudieron ponerse de acuerdo para presentar sus demandas a las autoridades, como lo habían probado los numerosos movimientos originados a lo largo del país en el primer decenio del siglo XX, que atemorizaron a las elites y concluyeron en violencias desatadas y en duras represiones. En el segundo decenio del siglo aumentaron la organización obrera y la conflictividad laboral, y además de asistirse a movimientos, mitines, celebraciones del 1° de mayo y huelgas, aparecieron las huelgas generales: una en 1916 y en 1918, dos en 1919 y cuatro en 1920.

Estas manifestaciones hablan de cambios profundos y rápidos en la sociedad chilena. Hablan de las consecuencias de una industrialización incipiente; de la progresiva eliminación de los artesanos por obra de las fábricas; de la incontenible emigración de los campesinos hacia las ciudades, específicamente a Santiago y Valparaíso, donde no les era fácil insertarse, contribuyendo así al sostenido aumento de la pobreza y al surgimiento de rancheríos y conventillos, muy próximos a barrios de excelente factura y urbanización, con mansiones de gran lujo e inspiradas en modelos europeos. Difícil era encontrar mejores argumentos en apoyo de las posiciones del socialista Recabarren o del anarquista Alejandro Escobar y Carvallo que los nacidos de la comparación entre la forma en que vivía un peón en un conventillo de la calle Padura o un caballero en la calle Dieciocho.

Dos presidentes, muy diferentes en sus personalidades y en sus historias, pero muy semejantes en su respeto al modelo político en funciones “aunque ambos habían estado en trincheras opuestas en la revolución de 1891”, cubrieron con sus gobiernos el período que va entre 1911 y 1920. Don Ramón Barros Luco, frío, escéptico, de fino trato social, con una larguísima carrera administrativa y política iniciada con el Presidente Manuel Montt, llegó a la Presidencia de la República con 75 años de edad. Su descollante carrera se había desarrollado en el siglo pasado, y los problemas que parecían más urgentes en la época del Centenario, como los sociales, no parecieron perturbarlo. Carente de dotes de orador, aunque capaz de desarmar al adversario con una respuesta ingeniosa, fue esencialmente un hombre práctico. No era en absoluto indiferente a la pobreza y al dolor humano, como lo demuestra su proyecto de ley de 1888 sobre habitaciones obreras; el haber pertenecido a las ligas antialcohólica y contra la tuberculosis y haber sido, junto con Ismael Valdés Valdés, uno de los fundadores del Patronato Nacional de la Infancia, que presidió durante 10 años, y que a partir de 1912 creó en todos los barrios populares de Santiago las “Gotas de Leche”, a cargo del doctor Luis Calvo Mackenna. Da la impresión, sin embargo, de que, como le ocurrió a muchos de sus coetáneos, no fue capaz de entender la dimensión de los problemas que traía consigo la modernidad y no quiso salirse de los moldes en que se había formado. Nunca aceptó, por ejemplo, incorporar a sus gabinetes a un integrante del Partido Demócrata.

 
 
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