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Chilenos
de raza
Francisco Mouat |
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Notas
de prensa (2/6)
El Guatón Loyola era famoso por sus fiestas
y su simpatía. Rey de los rodeos, "a veces se quedaba
días enteros en la ramada de la medialuna de San Fernando
celebrando", dice Emilio Muse. Era la época dorada
de los vendedores: cuando tomaban whisky importado, se quedaban
en los mejores hoteles y tenían al tren como su segunda
casa.
"Él ya había contado lo de la pelea en el
rodeo de Los Andes. Un día estábamos con él
en una fonda, para el rodeo de Talca, y se le acerca un folclorista
y le dice que le va a dedicar la siguiente cueca. Y ahí
fue que se puso a cantarle la cueca del Guatón Loyola",
dice Rivera, sin más pruebas que su memoria.
La publicación de esta nota sobre el Loyola vendedor
viajero provocó la enojada reacción de la hija
del auténtico Guatón Loyola, Bernardita Loyola
Trivelli, quien envió una carta a la citada revista a
la semana siguiente para decir que el genuino Guatón
Loyola era su padre, Eduardo Loyola Pérez, y que cómo
era posible que no revisaran su propia información, ya
que en la misma "Revista del Domingo", pero en agosto
de 1980, se había entrevistado a la familia y se había
publicado un artículo con fotografías contando
la vida del verdadero inspirador de la cueca.
Otro que se animó a escribirle esa vez a la "Revista
del Domingo en Viaje" fue Germán Becker Ureta, el
mismo de los antiguos clásicos universitarios y del programa
Tertulia en televisión. Muy suelto de cuerpo, Becker
dio su particular versión de los hechos:
Conocí personalmente a Eduardo Loyola. Estudiante
de Agronomía en la Universidad Católica, integró
el equipo de fútbol de dicha institución, llegando
a ser reserva de Fernando Riera.
El autor de la letra de la famosa cueca fue Alejandro Gálvez,
con quien (a pesar de ser él jefe de la barra de la Chile
y el suscrito ostentar el mismo rango como hincha de la UC)
fuimos muy buenos y leales amigos.
Veamos los hechos: el Flaco Gálvez, en esos tiempos,
era funcionario de Impuestos Internos y ejercía el cargo
de inspector de alcoholes. Según amigos comunes, esto
era como amarrar perros con longanizas.
Terminado el rodeo de Parral, Gálvez y Loyola bebían
el trago del estribo, en la fonda oficial, que ya estaba vacía
de parroquianos. En eso entró un huaso alto, membrudo
pero muy borracho. Se acercó al cantinero pidiéndole
una caña de vino. El barman, con buen criterio, se lo
negó. El frustrado cliente montó en la yegua cólera
y le tiró un puñete, por encima de la barra del
bar. Felizmente el golpe no hizo impacto. Cuando el cantinero
quiso llamar a los Carabineros, el Negro Loyola se lo impidió:
"No, no, déjamelo a mí".
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