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El
cóndor negro
Patricia Mayorga
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Introducción
(2/6)
El 10 de septiembre de 1973 hablé
con él por teléfono. Lo advertía de la
inminencia de un golpe militar. Me reafirmaba su decisión
de ir a La Moneda a acompañar al Presidente Allende y
defender así la estabilidad democrática sin titubeos,
desde su condición de opositor al gobierno. No aceptaba
aventuras militares de ninguna naturaleza, ni bajo ningún
pretexto. Leighton unía un carácter amable, un
espíritu dialogante y constructivo con una férrea
voluntad. En ciertas cosas básicas –diríamos
de principios– no admitía vacilaciones.
No pudo llegar al Palacio presidencial. Entonces, se dio a la
tarea de redactar una declaración clara condenando la
destrucción de la democracia y en su casa logró
la firma de otros importantes dirigentes de la Democracia Cristiana
en disenso con la directiva de la época. El texto es
obra suya. Quienes la firman se inclinan respetuosos ante la
muerte de Salvador Allende en La Moneda.
Apenas se levanta el toque de queda a medio día del 13
de septiembre, en conocimiento de la detención de los
primeros dirigentes de izquierda, interpone un recurso de amparo
ante los tribunales, en especial por la libertad de Clodomiro
Almeyda, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores.
Su espíritu democrático confiaba en los Tribunales
de Justicia a los cuales había defendido de ataques que
él consideraba injustos durante el mandato de Allende.
Pero éstos no respondieron. Su presidente Enrique Urrutia
había investido de poder a la nueva Junta Militar. Desde
entonces y por largos años serían obsecuentes
al nuevo gobierno.
Vetado por la prensa, hostigado por las nuevas autoridades,
incomprendido por su partido, atormentado por el silencio forzoso
al cual se ve sometido e impotente para detener o al menos aminorar
las violaciones masivas a los derechos humanos, Bernardo Leighton
decide aceptar una invitación formulada por vías
corrientes de la Democracia Cristiana italiana que no se contentaban
con las explicaciones oficiales que la directiva de la DC chilena
daba de los acontecimientos en curso y se sentía indefensa
mientras en Europa arreciaba el debate sobre lo que sucedía
en Chile.
Leighton era el exponente más creíble y el testigo
con mayor legitimidad para decir la verdad de lo que había
y continuaba aconteciendo. Es preciso recordar que el Papa Paulo
VI había en dos ocasiones lamentado públicamente
el derramamiento de sangre en Chile y había exhortado
a las nuevas autoridades a detener los atropellos a la dignidad
humana.
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