Construir la familia que soñamos
Neva Milicic
 

Introducción (1/2)

Este libro está dirigido a lectores muy especiales; son personas que quieren y les importan los niños, que están empeñadas en el esfuerzo de educar a sus hijos, o a aquellos niños que están a su cuidado, para que sean las mejores personas posibles, y para quienes están interesados en que los niños o niñas crezcan en un ambiente en que puedan sentirse felices. Estoy consciente que quienes se dan el tiempo de leer Construir la familia que soñamos son personas que tienen un interés real en establecer vínculos nutritivos, y que aunque saben y tienen una clara intuición de cómo lograrlo, están abiertos a reflexionar y aprender sobre cómo hacerlo cada día mejor, porque los niños
constituyen para ellos su primera prioridad.

En la perspectiva de que los lectores de este libro no son novatos y que seguramente han leído otros textos sobre educación infantil, he intentado, en cada capítulo, rescatar lo esencial y lo básico en cada tema, a la vez que aportar algunos elementos de las investigaciones y de la literatura más reciente en esa área, incluyendo los conceptos que estimo puedan ayudar a los adultos a establecer una vinculación más nutritiva con los niños.

Sin duda, la mayoría de los padres quiere entrañablemente a sus hijos, pero no siempre se tiene una conciencia suficientemente clara de la importancia de la forma en que se generan los vínculos, esos lazos vitales para el desarrollo de la inteligencia emocional en los niños. A veces también se minimiza la magnitud del impacto que la forma en que la familia educa a un niño tiene para la salud física y mental de los hijos, y también de los padres. Los vínculos son vitales, y son un nutriente esencial para el bienestar físico y emocional. Cuando los lazos afectivos son disfuncionales, los niños no sólo estarán tristes, sino que, al igual que los adultos en esas condiciones, se enfermarán más, porque el sistema inmunológico acusa recibo de los déficits, incluso cuando no se tenga conciencia de aquello que lo está afectando.

Así, un lactante al que le faltan los cuidados amorosos de una madre está en riesgo de tener severas perturbaciones en su desarrollo físico y emocional, aunque no sepa, por supuesto, explicarlo ni tenga una representación mental de esa carencia. Como dice la sabiduría popular, el cuerpo avisa y emite una señal que debería ponernos en alerta y hacernos evaluar cómo satisfacer mejor nuestras necesidades emocionales y las de aquellos que nos rodean. Los vínculos con los padres constituyen la primera experiencia de relación en la etapa del ciclo vital en que hay mayor vulnerabilidad a su impacto tanto positivo como negativo. Son los lazos más intensos y decisivos, y obviamente son los que más contribuyen amoldear la personalidad y las competencias sociales y emocionales de las personas. Esto no es menor, sino que constituye un dato duro desde la psiconeurología para crear arquitectura cerebral.

Un vínculo amoroso sano es una relación marcada por el cuidado, la proximidad, la disponibilidad y la ternura, en que hay expresiones afectivas recíprocas que constituyen un apoyo mutuo, pero que a la vez crea condiciones que permiten vivir lo más libremente posible. Un vínculo afectivo alterado atrapa a los niños y a sus padres en una relación marcada por el sufrimiento y provoca mucho daño, ya que tiende a generar círculos viciosos en la interacción, que se tenderán a repetir en el futuro en las otras vinculaciones emocionales. Un niño o una niña que ha «sido insuficientemente cuidado» no aprenderá a «cuidar» sus relaciones afectivas. Un niño que ha sido «bien tratado» aprenderá a «tratar bien» a los otros, lo que le facilitará sus relaciones afectivas.

 
 
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