Introducción
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Este libro está dirigido a lectores muy especiales;
son personas que quieren y les importan los niños,
que están empeñadas en el esfuerzo de educar
a sus hijos, o a aquellos niños que están a
su cuidado, para que sean las mejores personas posibles, y
para quienes están interesados en que los niños
o niñas crezcan en un ambiente en que puedan sentirse
felices. Estoy consciente que quienes se dan el tiempo de
leer Construir la familia que soñamos son personas
que tienen un interés real en establecer vínculos
nutritivos, y que aunque saben y tienen una clara intuición
de cómo lograrlo, están abiertos a reflexionar
y aprender sobre cómo hacerlo cada día mejor,
porque los niños
constituyen para ellos su primera prioridad.
En la perspectiva de que los lectores de este libro no son
novatos y que seguramente han leído otros textos sobre
educación infantil, he intentado, en cada capítulo,
rescatar lo esencial y lo básico en cada tema, a la
vez que aportar algunos elementos de las investigaciones y
de la literatura más reciente en esa área, incluyendo
los conceptos que estimo puedan ayudar a los adultos a establecer
una vinculación más nutritiva con los niños.
Sin duda, la mayoría de los padres quiere entrañablemente
a sus hijos, pero no siempre se tiene una conciencia suficientemente
clara de la importancia de la forma en que se generan los
vínculos, esos lazos vitales para el desarrollo de
la inteligencia emocional en los niños. A veces también
se minimiza la magnitud del impacto que la forma en que la
familia educa a un niño tiene para la salud física
y mental de los hijos, y también de los padres. Los
vínculos son vitales, y son un nutriente esencial para
el bienestar físico y emocional. Cuando los lazos afectivos
son disfuncionales, los niños no sólo estarán
tristes, sino que, al igual que los adultos en esas condiciones,
se enfermarán más, porque el sistema inmunológico
acusa recibo de los déficits, incluso cuando no se
tenga conciencia de aquello que lo está afectando.
Así, un lactante al que le faltan los cuidados amorosos
de una madre está en riesgo de tener severas perturbaciones
en su desarrollo físico y emocional, aunque no sepa,
por supuesto, explicarlo ni tenga una representación
mental de esa carencia. Como dice la sabiduría popular,
el cuerpo avisa y emite una señal que debería
ponernos en alerta y hacernos evaluar cómo satisfacer
mejor nuestras necesidades emocionales y las de aquellos que
nos rodean. Los vínculos con los padres constituyen
la primera experiencia de relación en la etapa del
ciclo vital en que hay mayor vulnerabilidad a su impacto tanto
positivo como negativo. Son los lazos más intensos
y decisivos, y obviamente son los que más contribuyen
amoldear la personalidad y las competencias sociales y emocionales
de las personas. Esto no es menor, sino que constituye un
dato duro desde la psiconeurología para crear arquitectura
cerebral.
Un vínculo amoroso sano es una relación marcada
por el cuidado, la proximidad, la disponibilidad y la ternura,
en que hay expresiones afectivas recíprocas que constituyen
un apoyo mutuo, pero que a la vez crea condiciones que permiten
vivir lo más libremente posible. Un vínculo
afectivo alterado atrapa a los niños y a sus padres
en una relación marcada por el sufrimiento y provoca
mucho daño, ya que tiende a generar círculos
viciosos en la interacción, que se tenderán
a repetir en el futuro en las otras vinculaciones emocionales.
Un niño o una niña que ha «sido insuficientemente
cuidado» no aprenderá a «cuidar»
sus relaciones afectivas. Un niño que ha sido «bien
tratado» aprenderá a «tratar bien»
a los otros, lo que le facilitará sus relaciones afectivas.
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