Introducción
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Cada nueva vida que llega a una familia es una aventura que
tiene una finalidad y un sentido único. A lo largo
de su desarrollo, sus padres le irán entregando insumos
afectivos y cognitivos, así como oportunidades para
desarrollarse. Esto les permitirá descubrir ese sentido
y tener la energía para cumplir sus metas, para enfrentar
los desafíos que supone cada etapa de la vida. En esta
aventura conjunta existirán recursos afectivos indispensables
de los padres que son signos de una buena inteligencia emocional
como, por ejemplo, la empatía frente a los sentimientos
y reacciones de los hijos, lo que supone, además, estar
atento a sus necesidades emocionales y estar en sintonía
afectiva con ellos. La empatía permitirá suplir
las carencias afectivas y ser capaz de visualizar cuáles
son las fortalezas y potencialidades que es necesario favorecer
y a las que hay que darles oportunidades de desarrollo.
La motivación por favorecer su crecimiento, por hacerlos
felices y por crear un clima familiar nutritivo en que se
sientan acogidos, valorados y en que se exprese alegría
de vivir, donde el humor y el juego tengan un lugar privilegiado.
El autocontrol, que permitirá regular los enojos y
conservar la calma frente a los errores y desaguisados que
todos los niños cometen y que es la base de la paciencia,
virtud que es indispensable para educar emocionalmente.
La atención a numerosas familias que consultan por
los problemas de sus hijos, que generosa y honestamente me
han abierto las puertas de su intimidad, me ha facilitado
la comprensión de cómo las distintas prácticas
educativas con los niños impactan en el desarrollo
infantil. La búsqueda en la literatura y las investigaciones
han sido esenciales para encontrar evidencia científica
que sustente los conceptos que favorezcan a los padres en
el logro de las competencias parentales necesarias para que
los niños puedan desarrollar su verdadera identidad,
en un clima armónico y nutritivo.
He intentado en cada columna dar los créditos a los
autores cuyas teorías me han abierto perspectiva en
los diferentes temas, de manera que los padres y los profesionales
interesados puedan, si así lo requieren, profundizar
algunos contenidos a través de la lectura de las obras
originales. Cada vez que me ha sido posible he ejemplificado
los conceptos con situaciones reales. Los nombres aparecen
cambiados para evitar la identificación, pero la problemática
descrita es real. A partir de la teoría y de la práctica,
he incluido algunas sugerencias que puedan contribuir a la
tarea de ser padres. Estas recomendaciones requieren ser evaluadas
por ellos, adaptadas a la edad de sus hijos, a su realidad
concreta y a las particulares necesidades de cada niño.
Educar responsablemente un hijo requiere de mucha inteligencia
emocional, de manera que ellos se sientan cuidados, validados,
para que perciban a sus padres como cercanos y disponibles.
Agradecer constituye un acto de justicia para quienes han
contribuido, en el pasado y en el presente, de diferentes
maneras a que pueda escribir sobre un tema de tanta significación
vital. Dar las gracias constituye para mí una grata,
pero no por ello menos compleja tarea. Hay tantas personas
a las que agradecer cuando se escribe un libro como éste,
y por tantos motivos diferentes. Básicamente, este
libro ha sido posible porque cuento con el afecto, el apoyo
y el soporte emocional, expresado en gestos, de las personas
que me son más significativas; entre ellos, y corriendo
el riesgo de no poner a algunos que han sido un real aporte,
quisiera hacer un reconocimiento especial: A mis hijos e hijas,
por su gran sentido de familia y por estar ahí en forma
incondicional cuando es necesario estar. A mis nueras y yernos,
que han enriquecido con su presencia nuestros lazos familiares,
por el esfuerzo y el amor con que cuidan a mis nietas, a mis
hijos y a mis hijas. A mis nietas, cuya existencia es un regalo
invaluable, y que cuando las miro crecer siento una felicidad
y una ternura que me reencanta con la vida y con la infancia.
La autora
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