Droga y alcohol: enfermedad de los sentimientos
Raúl Schilkrut y Maite Armendáriz
 
Prólogo    (1/2)

Las consecuencias del abuso de drogas afectan a la sociedad entera. Obviamente, el primero que sufre los daños es el dependiente mismo, por la merma de sus capacidades físicas, intelectuales y emocionales. Pero también los sufren sus familiares y amigos, porque son testigos del deterioro del consumidor y porque la dinámica familiar se resiente considerablemente —y, a veces, se destruye la familia misma—. Se calcula que, por cada dependiente, hay cerca de diez cercanos —“codependientes”— que se ven directamente perjudicados.

Pero el daño llega aún más lejos, porque ciertos comportamientos de algunos que abusan de las drogas amenazan a toda la comunidad: en los accidentes de tránsito provocados por el abuso de alcohol y drogas no sólo mueren adictos; cuando éstos se involucran en riñas, dañan la propiedad ajena o roban para conseguir dinero para comprar droga —conductas que no todos, pero sí muchos de ellos realizan—, las repercusiones del consumo abusivo superan con mucho el círculo de familiares y conocidos.

Quienes abastecen al consumidor también provocan daños adicionales a la provisión misma de la droga: donde llega la droga, la violencia no tarda. Así, vemos barrios que se deterioran rápidamente cuando las bandas dedicadas al tráfico se instalan en ellos; vemos vecinos sobre cuyas vidas cae un manto de temor. Progresivamente, todas las redes sociales y de apoyo se debilitan, como resultado de la desconfianza y del miedo imperantes.

El impacto que el abuso de sustancias tiene en la comisión de delitos es una de sus consecuencias sociales más negativas. En esto coinciden ampliamente las fuentes públicas y privadas. Un estudio de la Fundación Paz Ciudadana sobre homicidios mostró la muy alta prevalencia de alcohol y drogas en víctimas y victimarios de ese delito: 68% y 76%, respectivamente. Asimismo, un estudio de Conace, basado en entrevistas a condenados por robo con violencia e intimidación en las cárceles, mostró que casi el 14% de ellos cometió su primer delito para conseguir dinero para comprar droga, y que más del 50% de ellos se encontraba bajo los efectos del alcohol o las drogas en el momento de cometer el robo por el cual cumplían condena. Son cifras alarmantes, ante las cuales no es posible ignorar el alto costo que la espiral droga-violencia-delincuencia impone a toda la sociedad.

En este contexto, el libro Drogas y alcohol, enfermedad de los sentimientos tiene el mérito de evidenciar el daño que las drogas provocan, y de explicar por qué, cómo y mediante qué mecanismos se va manifestando ese daño. Al recorrer sus páginas —muchas de ellas crudamente dolorosas—, las historias de vida de los dependientes rehabilitados y sus familiares se entremezclan con la descripción médica y psicológica del fenómeno de la dependencia, creando un contrapunto que permite apreciar, simultáneamente, la cara humana y la descripción científica de este fenómeno. La sencillez del lenguaje utilizado facilita la lectura, pero no reduce la precisión de los conceptos ni la rigurosidad de las fuentes.
 
 
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