El jardín en Chile
Raúl Silva
 
Introducción    (3/3)

Hay especies que viven solas, el nogal en primaveras y veranos lluviosos, el monumento nacional que es el alerce, los diferentes tipos de eucaliptos. Sus hojas o sus raíces producen venenos hacia otras especies vegetales, como aceites, terpenos, son las llamadas plantas alelopáticas. Entre las malezas, el género Paspalum (chépicas brutas) causan serios daños por estos efectos.

Cuando una especie se aviene con otra, es decir, se asocian, es porque son capaces de tolerarse mutuamente; no hay químicas disímiles. Pero la jardinería, además de ser una ciencia, es también un arte.

Y este consiste en crear espacios llenos con las diferentes plantas; saber de colores, de texturas, de alturas. El arte implica intuición, la “tincada”. Implica cultura, saber de historia del arte, modalidades, estilos. Es una sensibilidad frente al contraste luz–sombra; lo oculto y misterioso frente a lo diáfano y claro; el llano versus las montañas; la música celestial contra el ruido de la ciudad...

El arte en el jardín significa también sentir el perfume de una flor, distinguir el rápido tableteo del chirigüe, o el inquietante y agorero campanazo del chuncho o el canto triste y melancólico de la “viudita” que se pasea por las quebradas durante el invierno: un pajarito tímido que raras veces se deja ver o el concierto interminable del croar de las ranas. Apreciar la diferencia de las esencias de los azahares de los cítricos o el embriagador aroma del Osmanthus fragrans.
Cuando el conocimiento científico está entronizado en el ser sensible, se hace carne de la propia carne. Y entonces se logra hacer de la jardinería una ciencia-arte.

Así quiero invitarlos una vez más a aventurarse a profundizar en los misterios del mundo vegetal. Pero recuerde: siempre que esté frente a un misterio, acérquese con mucho respeto.


Raúl Silva Vargas
...desde mi quebrada de Curacaví, primavera del 2003


 
 
 
  Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio