Las frágiles democracias latinoamericanas
Ángel Soto y Paula Schmidt
 

Presentación   (1/2)

El pasado alberga historia; el futuro ofrece esperanza; y el presente, la
oportunidad de reflexión, pero, sobre todo, de acción. Bajo estas premisas es como prospera, en Santiago de Chile, el proyecto para conformar el libro Las frágiles democracias latinoamericanas. Obra que contempla los análisis y observaciones de 14 expertos interdisciplinarios de América Latina reunidos en torno a un objetivo: reflexionar sobre Latinoamérica actual desde la óptica de los problemas que aquejan la consolidación de la democracia y el mercado.

Entre el complejo entramado de hechos globales que determinan la
acción de las naciones y la de sus líderes, y la multiplicidad de organizaciones multilaterales creadas para canalizar e intercomunicar los intereses dentro de la denominada «Era de la Información», América Latina ha perdido relevancia al momento de cuantificar su trascendencia y gravitación regional e insertarla en la escala de prioridades que jerarquiza a los grandes intereses de la agenda internacional. Esto se debe, en parte, a que aún no aprende a pensar en términos estratégicos y a actuar resueltamente en asuntos continentales y del mundo. A esto se adhieren, además, las señales provenientes de los diversos modelos democráticos latinoamericanos, los cuales reflejan esa renuente opción por revivir y aferrarse a experimentos políticos y sociales que podrían comprometer el camino ascendente de la región hacia un verdadero desarrollo sustentable, a pesar de haber alcanzado el crecimiento económico más fuerte durante los años 2003 y 2004 logrando reducir sus índices de pobreza de un 44% a un 40,6%, según la edición 2005 de Panorama Social de América Latina, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En 2006, América Latina tuvo más elecciones presidenciales que en
ningún otro año de su historia democrática. Entre la elección de Evo Morales, el 18 de diciembre de 2005 en Bolivia, y la victoria de Hugo Chávez en la contienda presidencial venezolana, el 3 de diciembre de 2006, un total de 11 países latinoamericanos escogieron presidentes, según lo confirman Patricio Navia y Jorge Castañeda, autores del capítulo «El mercado de votos de la democracia en América Latina». Sin embargo, a pesar de que para la mayoría de los habitantes de la región democracia se traduce en libertad, elecciones y prosperidad, éstos saben muy bien que los gobiernos de turno están lejos de satisfacer sus expectativas en torno a ella. Aún queda mucho camino por recorrer en orden a extirpar los males de la desigualdad social, la corrupción, el clientelismo y un creciente tamaño del Estado, todos los cuales desafían el futuro progreso de la mayoría de los países latinoamericanos provocando, además, escepticismo y desazón sobre la verdadera consolidación de la estructura democrática de América Latina.

El vuelco a la izquierda y la profundización de gobiernos demarcadamente populistas es una de las tendencias manifiestas en la región. A pesar de que los liderazgos de corte progresista que hoy se erigen en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Guyana, Perú, Uruguay y Venezuela (Cuba es la excepción por la inalteración del poder bajo Castro durante 48 años) varían en sus matices ideológicos, éstos han perpetuado la hegemonía del Estado, exacerbando el paternalismo y la discrecionalidad de las decisiones a nivel gubernamental, han politizado y subordinado al Poder Ejecutivo instituciones que deberían permanecer independientes y, en los casos más extremos, han llevado a cabo reformas constitucionales bajo dudosos procesos electorales y restringido derechos tan básicos como la libertad de expresión.

Según Cristián Larroulet y Bárbara Horzella, encargados del capítulo
«Populismo en América Latina: paradigma y antítesis en los casos de Venezuela y Chile», el distanciamiento de postulados liberales y la absorción del poder por parte del Ejecutivo interfieren en el desarrollo institucional y económico de la región.

Sin embargo, el estudio AmericasBarometer realizado por el Proyecto
sobre Opinión Pública de América Latina (LA POP) de la Universidad
de Vanderbilt, EE.UU., cuyo objetivo es analizar los valores democráticos asociados al comportamiento electoral de los habitantes de la región, demostró un resultado notable: ideológicamente los latinoamericanos inclinan
sus preferencias políticas más hacia la derecha en comparación a la
mayoría de los habitantes en otros lugares del mundo1.

¿Por qué, entonces, se mantienen y prosperan jefes de Estado contrapuestos a aquellos ideales de electores que favorecen modelos democráticos más bien liberales? Paula Schmidt, en su ensayo «La cultura es lo que importa: herramienta para el desarrollo», propone que esto se debe, en parte, a la carencia de iniciativa, sobre todo por parte de la élite civil latinoamericana, de ejercer una cultura cívico-política activa a la hora de fiscalizar y exigir mayor responsabilidad por desempeño (accountability) de quienes ejercen el poder público. Es así,
además, que su ejemplo recae sobre el resto de la sociedad, la cual, al no poseer los mismos niveles de conocimiento que la élite, se ve imposibilitada de recurrir a la cultura como instrumento para actuar como contrapeso real al Estado. Sin embargo, éste es sólo uno más de los ámbitos que han dificultado la vigorización de las democracias latinoamericanas y que las han vuelto frágiles al momento de afianzarlas dentro de los nuevos ámbitos que impone la agenda internacional. Tal como expone el economista Sebastián Edwards en «La larga historia de América Latina con un bajo crecimiento económico», el desarrollo de largo plazo, en América Latina, ha sido descorazonadoramente bajo durante los últimos 35 años.

Esto se debe a que sus instituciones son débiles y desalientan a los innovadores, sus políticas económicas coartan la competencia y desincentivan la inversión y, por último, enfrentan crisis macroeconómicas recurrentes. Todo esto a pesar de las reformas de los años 90 dirigidas a la generación de un cambio en los incentivos económicos y en un incremento de larga permanencia en productividad. Es así como Edwards plantea fortalecer tres fuentes de crecimiento que han logrado elevar la tasa de desarrollo de países emergentes como Brasil, Rusia, India y China: incremento de la productividad (la mayor debilidad de la región latinoamericana), perfeccionar el empleo de mano de obra y, por último, fortalecer la inversión en equipo, maquinaria e infraestructura. Lo que nos lleva a pensar en Brasil, por constituirse como clave dentro del contexto regional. Rogelio Núñez examina en «Brasil: los desafíos del gigante sudamericano» los retos que condicionan un futuro auspicioso para la séptima economía mundial. Según el autor, antes de que Brasil pueda ser reconocido como líder dentro del tablero internacional debe superar las propias resistencias internas, provenientes de amplios sectores sociales; solucionar sus problemas socio-económicos y políticos (Brasil mantiene la mayor brecha de desigualdad económica dentro de la región), y ejercer un liderazgo consistente que le permita alzarse por sobre aquellos países limítrofes y hemisféricos que no reconocen en Brasil al líder regional que aspira ser.



1 Seligson, Mitchell A. (2007). «The Rise of Populism and the Left in Latin America». Journal of Democracy
18 (3): 83.

 
 
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