Prólogo
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“…Luchar por el bien sin dudar ni temer
Y dispuesto al infierno arrastrar si lo ordena el deber…
De pie, soportar el dolor
Amar, la pureza sin par
Buscar la verdad del error
Vivir con los brazos abiertos
Creer en el mundo mejor
Ese es mi ideal, la estrella alcanzar
No importa cuán lejos se pueda encontrar
Y yo sé que si logro ser fiel a mi sueño ideal
Estará mi alma en paz al llegar de mi vida al final
Si hubo quien despreciando el dolor, combatió hasta
el último aliento
Por ser siempre fiel a su ideal…”.
(Traducción tomada de la canción principal
de El Hombre de la Mancha, obra musical de Dale Wassterman
(texto), Mitch Leigh (música) y Joe Darion (letra),
basada en la vida de Don Quijote de la Mancha, de
Miguel de Cervantes.)
Este libro es más –mucho más– que
un testamento que nos lega la indomable valentía y
compenetrante perspicacia de nuestro Don Quijote, Hermógenes
Pérez de Arce. Las trescientas columnas que resuenan
en las páginas de este libro son como una Lámpara
de Diógenes, iluminando las agobiadas verdades de la
historia de Chile, a lo largo de estos últimos veinte
años.
El historiador futuro que no las consultara –de hecho,
que no consultara las mil doscientas que ha escrito en su
carrera de columnista de casi un cuarto de siglo– se
haría cómplice de La Gran Mentira que ha venido
adueñándose cada vez más del discurso
público en Chile. El gran pensador norteamericano del
siglo XIX, James Russell Lowe, se refirió a una patética
situación que vivía su país y que se
asemeja a la de Chile de hoy, “donde la verdad siempre
está en el patíbulo, el mal siempre en el trono”.
La evocación de Don Quijote como punto de referencia
a la obra de Hermógenes dista mucho de ser una imprudente
superficialidad. Atendamos la frase de Mario Vargas Llosa,
en su provocativo prólogo a la estupenda tetracentenaria
edición de la obra maestra de Cervantes, donde reflexiona
sobre la idea de la libertad de Don Quijote: “Lo que
anida en el corazón de esta idea de la libertad es
una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros
que puede cometer el poder, todo poder...”.
¿Cómo leer esas líneas y no reconocer
la incansable lucha de Hermógenes Pérez de Arce
contra el poder en este país, sobre todo el inmenso
(y poco advertido) poder amasado por la Concertación
–un poder vitoreado mucho más que vigilado por
los medios cada vez más complacientes de comunicación
en Chile (y el mundo entero, cuando se molesta en echar un
vistazo a Chile)?
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