Contra la corriente
Hermógenes Pérez de Arce
 
Prólogo   (2/2)

Demos la palabra de nuevo a Vargas Llosa: “Eso es el caballero andante: Un individuo que, motivado por una vocación generosa, se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo que anda mal en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez de facilitarle la tarea, se la dificulta...”.

En sus libros, en sus columnas, Hermógenes –en la firme opinión de este “feligrés” de veinte años de asidua lectura de la columna (y de los libros)– cumple colmadamente esa condición de caballero andante. Y, como verá, estimado lector, a medida que va deleitándose con la lectura de estas columnas, Hermógenes comparte la cualidad de otro heroico personaje de España, tomado en este caso de la vida real: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Como hizo El Cid, Hermógenes lucha contra Moros (la Izquierda, blanco predominante para sus dardos verbales; el disfuncional sistema judicial; la consentida corrupción oficial y, sobre todo, aquellos que pisotean y tergiversan la realidad del régimen que salvó a Chile de una cruenta guerra civil y transformó un país en ruinas, creadas por los antecesores de los que hoy ostentan el poder, en la nación más sólidamente próspera y estable de América Latina) y Cristianos (la Derecha política tan emprobrecida de convicción y, en estos últimos tiempos, los insípidos militares que encarnan el refrán árabe: El extremo de la torpeza es la incapacidad de distinguir entre amigo y enemigo).

Una palabra más sobre este sobresaliente chileno (y Hermógenes es eso, un hombre enamorado de su tierra y de su condición de chileno). Imposible pensar en su obra sin que salte a la mente la palabra “valiente” en el gran sentido al que se refería el Presidente norteamericano John F. Kennedy cuando dijo: “Un hombre hace lo que debe –pese a las consecuencias personales, pese a los obstáculos y los peligros y las presiones– y es esa la base de toda la moralidad humana”.

“Integridad” es otra palabra que uno ineludiblemente asocia con Hermógenes; él escribe lo que escribe, hace lo que hace, por convicción, por moralidad. No hay en su mente espacio para la mentira, para la fácil connivencia, ni mucho menos para el odioso “políticamente correcto” tan tristemente en boga en nuestros tiempos. Y apoya sus tesis con hechos investigados en forma rigurosa, muchas veces inéditos, la mayoría de las veces irrefutables, irrefutados.

Sus mismas columnas proclaman su erudición, su picardía, su astucia. Menos conocido es su vivo sentido del humor, su congenialidad y su feroz amor a su patria.

Tenemos suerte, todos, de tener este libro en nuestras manos. Pero la mayor suerte es saber que nuestro mundo será mejor gracias a este infatigable caballero andante.

James R. Whelan


 
 
 
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