Introducción
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En una investigación realizada en
diez empresas chilenas (Majluf, Abarca & Rodríguez,
2000) se analizaron los principales cambios experimentados
en los últimos años. Los resultados muestran
que las empresas han estado implantando nuevas formas de organización
radicalmente distintas a las que existían y que los
mayores cambios se presentan en la forma de conducir sus relaciones
laborales. De este modo, las empresas esperan poder responder
a los desafíos del nuevo entorno de negocios, la competitividad
en los mercados globales y las exigencias de los nuevos empleados.
Los resultados de este estudio mostraron cambios importantes
en el diseño del cargo y las prácticas de trabajo;
en la educación, la confianza en sí mismo y
la asertividad del nuevo trabajador. Otras variaciones significativas
se observaron en la relación entre el trabajador y
la empresa, las relaciones de los trabajadores entre sí
y el rol de los sindicatos. Algunos de estos cambios han sido
ampliamente acogidos, mientras que otros son apenas tentativos,
pero todos ellos comparten y tiene en común el que
pueden afectar de un modo fundamental las prácticas
que hoy prevalecen en las relaciones laborales.
Estos nuevos desafíos en las relaciones laborales requieren
de nuevas formas de liderazgo. Las capacidades que los líderes
necesitarán en el futuro diferirán radicalmente
de las que se aprecian en la actualidad. Hace una década
no figuraban entre las prioridades aptitudes tales como la
autoconfianza, la credibilidad e integridad, la comodidad
en la ambigüedad, la apertura al cambio, la alta motivación
de logro, el optimismo aun ante el fracaso, el compromiso
con la organización, la habilidad para estimular y
retener el talento, la sensibilidad a distintas culturas y
la habilidad para conducir grupos. Ahora, cada día
interesan más estas capacidades.
Las personas que integran estas nuevas organizaciones son
también diferentes y los resultados de la investigación
en este campo nos muestran cambios relevantes en la educación,
la confianza en uno mismo y la asertividad del nuevo trabajador.
Todas estas transiciones nos indican un aumento del valor
de las habilidades sociales relacionadas a la inteligencia
emocional.
Ante la permanente necesidad de servir bien a compradores
y clientes, y de trabajar con creatividad estable en grupos
de personas cada vez más diversas, las capacidades
relacionadas con la inteligencia emocional resultan tanto
más esenciales.
Conforme cambian las empresas también cambian los rasgos
que las personas necesitan para sobrevivir, por no decir para
destacarse. El incremento de las presiones competitivas otorga
nuevo valor a los individuos con motivación interna,
que tienen iniciativa, deseos de esmerarse y optimismo suficiente
para tomar con calma los contratiempos y obstáculos.
En el plano individual es posible identificar, evaluar y desarrollar
los elementos de este tipo de inteligencia.
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