Los políticos del Bicentenario según Joe Black  

Introducción   

Chile y sus políticos del año del Bicentenario

Los “treinta y tres”
La columna de Joe Black nació en octubre de 2002 en la penúltima página del Cuerpo D, Reportajes, de El Mercurio. Después de ocho años de vida (sólo interrumpidos por algunos recesos relativamente breves), la columna continúa  circulando en el mismo medio, pero desde hace unos cuatro años migró a la página 2.

Tras tanto tiempo escribiendo semana a semana sobre los políticos chilenos -de manera no siempre “cariñosa” con ellos, sino todo lo contrario-, ya era hora de que Joe Black les hiciera un homenaje a quienes suelen protagonizar sus artículos. Sin ellos, Black no tendría tema para su columna.

El Bicentenario fue la ocasión perfecta para hacer un libro tributo a los políticos chilenos que brillaron en este año.

¿Cómo elegirlos? El proceso partió con 10 candidatos. Los top ten. Sonaba bien. Pero eran muy pocos.  Veinte sería una cifra que permitiría incorporar a un número más interesante de merecedores. Pero de nuevo la lista se veía mezquina. Se subió a 25 y pronto la nómina llegó a 30.  Y ahí se cerraría. Pero luego, por distintas vías se le pidió a Joe Black incorporar a nuevos nombres. El número final fue 33 hacia fines de julio.
¿Por qué 33? En ese momento no hubo una razón. Simplemente a ése número de políticos “homenajeables” se llegó.

Pocos días después, el 5 de agosto, se produciría el derrumbe en la mina San José. El número 33 se fue instalando de a poco en la mente de los chilenos hasta que ese histórico 22 de agosto fueron encontrados con vida al fondo del yacimiento. El 33 quedó inmortalizado en el mensaje que los propios mineros enviaron a la superficie: “ESTAMOS BIEN EN EL REFUGIO LOS 33”.

¿Qué hacer con esta increíble coincidencia? La decisión fue seguir adelante con los “otros” 33, los 33 políticos del Bicentenario.
Ahora sería un homenaje doble, a ellos y a los mineros. Porque quizás no sean comparables, pero hay que reconocer que la pega de nuestros políticos también es dura; muchos de ellos en no pocas ocasiones se han sentido atrapados, sin salida y sumergidos en un oscuro asfixiante agujero.

De esos momentos complicados, pero también de los instantes de gloria habla este libro de 33 capítulos, cada uno de ellos dedicado a un político notable del año del Bicentenario. 

Declaración de principios
1.- Devoción por la política en general
Confieso que adoro la política. En todos sus formatos y dimensiones. De niño (viví la mayor parte de mi infancia y adolescencia en Chile) me las arreglaba para leer todos los diarios que estaban a mi alcance y también las revistas, que en ese tiempo abundaban. Tal como mis compañeros de colegio coleccionaban revistas deportivas y hablaban de jugadores de fútbol, yo juntaba recortes de diarios y almacenaba revistas, oficialistas y opositoras. Algunas de esas reliquias aún las tengo en alguna parte; han sobrevivido numerosas razzias, primero de mi madre, y luego de mi señora.
Eso de hablar de política y políticos a los 11 años no me convirtió en un latero, en todo caso. Porque siempre me tomé la política con humor y con espíritu lúdico. Para mí, la política es una mezcla entre el ajedrez y el fútbol. Imaginen jugar ajedrez en equipo y con posiciones definidas para cada jugador. Muchas veces me he sorprendido, ya de adulto, (una vez me ocurrió este lapsus con un ministro) tratando de explicar un conflicto político en una pizarra, como si yo fuese Bonvallet.
Una idea infantil que nunca logré concretar fue editar un álbum de láminas de políticos. Como envidiaba a mis amigos que transaban láminas de futbolistas para los mundiales, yo soñaba con intercambiar “monitos” de figuras como Gabriel Valdés, Andrés Zaldívar, Sergio Onofre Jarpa o Andrés Allamand, que eran los políticos “ochenteros” más entretenidos. Hoy sería aún más divertido. Algún día se lo propondré a alguien.
Pero mi gusto por la política no se agota a Chile. Cuando salgo de vacaciones fuera del país, esa misma compulsión que tengo por leer todos los diarios todos los días me pasa en el lugar que esté. He tenido la suerte de viajar mucho, y de conocer realidades políticas en todos los continentes. Voy a Argentina cada vez que puedo y gozo con su política, que siempre se ha asemejado a una ópera italiana. La norteamericana es frontal y ruda, como el fútbol americano. La española es dramática y la británica está llena de símbolos deliciosos.
Pero obviamente me quedo con la nuestra. Y no por chauvinismo.
2.- El caso de la política chilena
La política chilena moderna me apasiona porque es vertiginosa, impredecible. Hoy, en Chile, en política, casi cualquier cosa puede pasar. Fíjense cómo surgió el llamado “fenómeno Bachelet”. Fue una imagen en los medios de comunicación que se cruzó con un irrefrenable impulso de cambio que pedían los chilenos. Y Bachelet se convirtió en Presidenta el año 2006, cuando a principios del 2000 la conocían en su casa, en el barrio y algunos pocos amigos más.
También está el caso de Marco Enríquez-Ominami. Un diputado díscolo, bueno para hablar, que tiene un amigo millonario que tiene un sueño y que quiere convertirlo en Presidente. Y tan lejos no estuvieron. Si la campaña hubiese durado tres o cuatro semanas más, Enríquez pudo haber alcanzado a Eduardo Frei y no me atrevo a pensar qué hubiese pasado después.
Algunos de ustedes dirán que la política chilena siempre ha sido un poco así, insospechada. Puede ser, pero también es cierto que Aylwin, Frei y Lagos fueron “los Presidentes que correspondía que fueran”, era casi obvio que llegarían a La Moneda. Hoy, en cambio, está todo abierto. ¿Quién es el seguro candidato de la Concertación para el 2014? ¿Y el de la Coalición por el Cambio? Difícil decirlo.
Uno siempre cree que le tocó vivir en el mejor momento de la historia de la humanidad. Yo creo que, al menos en la política, somos testigos de una época fantástica. El propio Bicentenario ayuda mucho para eso. Pero antes nos tocó ver la transición de un gobierno militar a uno democrático, luego la llegada de la primera mujer Presidenta y más tarde vivir una segunda transición a un gobierno de derecha tras 20 años de mandatos de centroizquierda.
Por eso yo no me pierdo el acontecer noticioso del país. Como si todos fuésemos parte de un gran reality show que alguien, en algún lugar del universo, observa comiendo pop corn.
3.- El “buen” político y los 33 de Joe Black
Para efectos del ejercicio que se realiza en este libro, en el que se rinde homenaje a los 33 políticos del año del Bicentenario, diremos que todos los elegidos son “buenos” políticos. Pero lo escribiremos así, entre comillas. Porque la idea no es hacer un homenaje “ñoño” y regalarles un santito recordatorio para que peguen en su librito de recuerdos gracias a su bondad. No, esta es una distinción de otro tipo, es como una medalla al mérito en el campo de batalla.
Por tanto, debe quedar claro que, dentro de la jurisdicción de este libro, un “buen” político no necesariamente ha de ser una buena persona. Para bien del espectáculo, muchas veces esas serán categorías distintas y no nos ocuparemos de ello en las páginas que vienen.  
Insisto, este libro es un homenaje a los “buenos” políticos, aquellos que hacen que valga la pena seguir esta actividad a diario.
Es como una liga de fútbol, donde los clubes son los partidos políticos. El jugador talentoso en el fútbol es el que le brinda espectáculo al público. Ese es el tipo de jugador que hace que se llenen los estadios, que la gente los siga por televisión. El hincha no sólo quiere que su equipo gane, también quiere que los suyos jueguen bien, jueguen bonito.

En el fútbol, la hinchada respeta a los buenos jugadores de los equipos rivales. Los aplaude cuando salen de la cancha y se inquieta cuando se lesionan. Sin ese tipo de jugadores el fútbol moriría tarde o temprano.
Lo mismo en la política. Tengo amigos de la Concertación que idolatran a Pablo Longueira y para qué hablar de los derechistas que mueren por Michelle Bachelet.
Así me tomo yo la política.
Y, sin más preámbulos, dejo con ustedes a los otros 33 del Bicentenario.

 
 
  Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio