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La
vida a dos columnas
Paula Serrano y Juan
Pablo Díaz |
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Prólogo (1/2)
El prólogo de un libro, a diferencia
del teatro, es una antesala y la antesala debiera mostrar las
costumbres del dueño de casa, sus gustos, sus inclinaciones,
sus valores. Pero, la antesala es también una apertura
al dueño de casa hacia el que llega a ella, porque le
muestra al visitante con la ingenua pureza de un niño,
cómo es él.
Y eso es este libro. Una muestra del alma de sus autores que
hablan del individuo y de lo que le es propio: su calidad de
persona, su condición de hijo, de padre y compañero
de ruta. Es lo que el hombre es.
El soplo de Dios, que gobierna el todo del hombre, aparece en
estas páginas con singular maestría. Es que no
podía esperarse algo menos de Paula Serrano, psicóloga
y del Dr. Juan Pablo Díaz, psiquiatra, quienes con su
proverbial humanidad y ternura calan hondo en quienes les consultan
Y ello, porque ambos, en sus propias vidas han dado un lugar
importante a lo que dicen. Es por esto que La vida a dos
columnas, que junta sus decires, trasunta sus vidas y su
quehacer son palmaria veracidad.
El hombre es como una orquesta sinfónica que interpreta
una partitura que le fue entregada al nacer y es el soplo el
que dirige esta orquesta. Los violines con su melancólico
sonido son los pesares, las desilusiones, las frustraciones
de cada ser humano. Las trompetas y trombones sus alegrías
y esperanzas más vivas. El bajo, los violoncellos, los
caminos escondidos, los flecos del alma, que suenan a lo lejos
con una presencia sutil, como recordando lo que somos en medio
de la melodía central. Y el piano, recuerda en sus solos,
los esfuerzos del hombre por hacerse y convertirse con denodada
lucha en algo siempre presente para los demás. Somos
el piano, que puede, en algún momento de pobreza o de
miseria personal, suplir la orquesta para seguir interpretando
la partitura que Dios nos entregó.
Este libro es una suave pero firme dirección a la sinfónica
que somos, es un derrotero de aprendizaje para ser mejores.
Sus múltiples temas se pueden resumir en una palabra:
compasión, que es la conmiseración que se tiene
hacia quienes sufren penalidades o desgracias. Para tener conmiseración
es preciso conocerse y, a través de ello, poder conocer
a los demás; y al tener este conocimiento, ser capaz
de perdonarse a uno mismo y a los demás.
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