Prólogo
o instrucciones de vuelo
Me imagino cómo habrán sido los primeros vuelos
aéreos comerciales, cuando no gozaban de muchas comodidades
ni tampoco de mucha seguridad. Se necesitaba cierta dosis
de audacia para subirse a uno de aquellos aviones. Se puede
adivinar la máxima atención que ponían
los nerviosos pasajeros a las instrucciones para posibles
emergencias que daban las auxiliares de vuelo. En los vuelos
comerciales actuales, casi nadie les presta interés.
En parte se debe a que la gente viaja más por avión
y le son conocidos los procedimientos. También a que
volar en un avión comercial es uno de los medios de
transporte más seguros que hoy existen.
Algo similar nos pasa con la vida. En estos tiempos es muy
seguro vivir, tanto que a nadie le sorprende que la expectativa
de vida en nuestro país sea de ochenta años.
Por mucho que las noticias nos estén alarmando constantemente
con tragedias y previniendo de peligros, vivir es mucho más
fácil y seguro que antes. Cuántos de los que
ahora poblamos este planeta no lo habríamos podido
hacer sin el invento de la penicilina y los antibióticos.
El creer que tenemos asegurada la vida nos lleva, como sucede
con los actuales pasajeros de un avión, a no considerar
las instrucciones que la vida contiene. Éstas nos enseñan
a gozar y aprovechar la existencia, que es lo mismo que pretendo
con estas reflexiones: llamar la atención a quienes
van por la vida sin atender las instrucciones que su misma
existencia les está dando.
No tengo ninguna pretensión de agotar un tema, decir
algo novedoso o tener la razón; sólo pretendo
que le prestemos atención al contenido de nuestra vida.
Para esto, tomo un hecho o un dato cotidiano que interese
al escéptico lector. Tal como sucede con una carnada,
algunos pican. Entonces tiro del anzuelo, enganchándolos
con la reflexión que cada hecho contiene. Así,
con esta primitiva técnica, espero contribuir a que,
en esta vida en apariencia asegurada, vivamos todos más
conscientes del milagro que significa vivir.
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