Casi
un prólogo
Dedico este libro a mis compatriotas, con la casi totalidad
de los cuales he estado casi siempre en desacuerdo, en casi
todos los temas, lo que me ha llevado a concluir que éste
podría ser un país casi agradable si no fuera
por los chilenos.
Lo he escrito casi por obligación, pues cuando me casé,
hace un número de años que me está prohibido
revelar, le prometí a mi mujer escribirlo y hasta ahora
no había cumplido, estando casi agotadas mis excusas
para no hacerlo. Pues nos fuimos de luna de miel a Buenos
Aires y, siendo ambos impenitentes lectores, en los ratos
que nos dejaban libres nuestros deberes visitábamos
librerías. En ese tiempo —ahora no tanto—
las de allá eran mucho mejores que las chilenas. Y
se dio la suerte de que cada uno de nosotros descubriera novedades
de su particular agrado. Ella, los primeros tomos de la entonces
casi recién aparecida serie de Los reyes malditos,
de Maurice Druon. Yo, un libro de un autor casi desconocido,
llamado George Mikes, Los extranjeros en la isla. Mikes era
de origen húngaro y en esa obra se reía de los
ingleses de la misma manera como a mí me gustaba, ya
entonces, reírme de los chilenos.
Pregunté en las librerías si había otros
del mismo autor y me dijeron que sí, pues Mikes se
había reído también de otras nacionalidades.
De modo que compré obras donde se burlaba de alemanes,
franceses, italianos y judíos, entre otros. Entonces
me prometí escribir algún día un libro
similar sobre los chilenos. Y como Mikes titulaba los suyos
Los alemanes en mostaza, Los franceses no existen, Los judíos
¿son judíos? y Los italianos en su jugo, hasta
dejé listo el título del mío: Los chilenos
en su tinto.
Le anuncié a mi mujer que ya tenía todas las
ideas en la cabeza, lo cual no era verdad, y que lo escribiría
llegando a Santiago, lo cual tampoco fue verdad. Pues como,
al fin y al cabo, soy chileno, siempre lo fui dejando para
después y así pasaron las décadas. A
lo menos una vez al año ella me preguntaba cuándo
iba a terminarlo, a lo cual yo siempre contestaba: «este
año, sin falta». Era casi verdad, porque casi
me puse a escribirlo muchas veces. Pero unas no sabía
por dónde empezar y otras botaba lo escrito por no
satisfacerme. De hecho, cuando finalmente me resolví
a escribirlo hasta terminar, tampoco sabía por dónde
empezar, porque sólo tenía unas pocas ideas
en la cabeza, pero «le eché no más para
adelante», como decimos en Chile. Es que no soporté
la perspectiva de llegar a nuestras bodas de oro sin cumplir
una promesa de la luna de miel. Y salió lo que salió.
En aval de la seriedad del trabajo, afirmo que si a alguien
conozco bien es a los chilenos. Pero, claro, «otra cosa
es con guitarra», y tratando de reírme de ellos
he descubierto que son más complejos de lo que yo creía…
En fin, aquí está y al que le venga el sayo,
que se lo ponga. Y al que no le venga o no le guste, que ejerza
su sagrado derecho a pataleo, que será bienvenido,
pues lo peor sería que nadie dijera nada.
El autor
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