Mis memorias, ¿Por qué no?
José Zabala de la Fuente
 
Prólogo    (2/2)

¿Cómo pudo hacerlo todo un carácter tan poco trepador? Y un independiente, por añadidura ...Colaborador igualmente entusiasta de Alessandri y de Frei Montalva. Alguien que no trepida, a los pocos días de ser nombrado en un alto cargo por el naciente régimen militar, en bregar hasta conseguir un decreto de duelo oficial por la muerte de Pablo Neruda. Sólo la sangre vasca es así de porfiada. No siempre la lectura es para ir volando. Pienso, por ejemplo, en ese apacible atardecer en Larchmont, final simbólico de los días de paz, con el presagio de la tragedia posterior de Chile. Y, asimismo, en algunos comentarios recogidos ‘‘al pasar’’. Aquél notabilísimo, por ejemplo, del Cardenal Silva Henríquez sobre su sucesor, el Cardenal Fresno, que equivale a un tratado de profundidad sicológica y política, en sólo cuatro líneas de escritura.

Del Acuerdo Nacional, trascendente iniciativa del Arzobispo de Santiago, Zabala fue uno de sus coordinadores. Casi veinte años después, consigna hechos rigurosos en estas páginas, y, al mismo tiempo, pone a prueba con un episodio crucial, la dificultad de transformar observaciones y recuerdos en memorias útiles. No sólo por la selección de lo narrado y excluído, sino al evitar la tentación de controlar en exceso los apasionamientos íntimos, o maquillar puntos de vista legítimos a la luz de los sucesos posteriores. En un fino juicio sobre uno de sus contradictores en un foro sobre el Acuerdo, se observa nítida la gran huella del acontecimiento en el alma del autor. El tiempo transcurrido, en efecto, no ha logrado atemperar la frustración de lo vivido entonces.

Pero no hay demasiados juicios de valor. Son los hechos los que importan. El gobierno (1971) interviene Madeco, y un asombrado gerente general (Zabala) es notificado por el ministro de Economía Pedro Vuskovic con la siguiente frase: ‘‘Sé que lo que vamos a hacer no es ni ético, ni estético, pero es práctico’’. ¿Para qué más?
Felizmente son memorias en que no se defiende ninguna causa. Tampoco hay nada frívolo en los pensamientos expuestos, y hasta los recuerdos familiares están en el límite de la tónica sentimental, sólo para marcar las diferencias de época.

Otra virtud es el humor subyacente en la descripción de situaciones sencillamente imposibles. Y siempre está, por cierto, la impresión sensorial que recrea el pasado mejor que un documental de cine. Puede tratarse de Moscú, en 1966, cuando se constata que en la capital de la avasalladora URSS no existe una modesta guía de teléfonos...o cuando también allá, en el escenario del magnífico ballet, se levanta un espejo ‘‘que no era sino un enorme orificio en un telón...Detrás de los ochenta bailarines multicolores, otros ochenta, con idénticos trajes, estaban danzando al revés, para producir el efecto de la imagen sobre un espejo’’. Zabala no deja de abordar temas complicados: la muerte de su padre ateo, los curas extranjeros...Pero en cada uno de ellos hace gala de una vocación irresistible a mirar el vaso medio lleno. Por algo, dice uno, el autor fue amigo y discípulo del Padre Hurtado.

Cristián Zegers A.


 
 
 
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