Sus mejores poemas. Neruda
José Miguel Ibáñez Langlois
 
Prólogo    (1/5)

Por dos motivos es Neruda uno de los grandes poetas del siglo XX: por el timbre único e inconfundible que arrancó al idioma castellano, y por la enorme amplitud de su registro temático y formal, es decir, por la variedad de lenguajes y por la pluralidad de mundos que abarcó. A la manera de Balzac o de Picasso, fue un hombre de la magnitud de su siglo. Estas dimensiones se corresponden con la abundancia de su obra —alrededor de tres mil páginas— durante el largo tiempo de su escritura: más de cinco décadas —de 1921 a 1974—, que fueron particularmente intensas en la historia literaria y mundial.

Fue así un joven poeta romántico, postromántico, modernista; un alto exponente de las vanguardias, ligado sobre todo al surrealismo; un poeta claro, casi didáctico, de trinchera, afín al realismo socialista; un neoclásico maduro y sentencioso... Y en la multitud de sus estilos abrazó la estela de angustia de la primera postguerra, la revolución soviética, la Guerra Civil española y la Segunda Guerra mundial; el conflicto de clases y razas en América Latina, el despertar del indigenismo y la guerra fría; una suerte de preecologismo, y las múltiples vicisitudes de la política nacional... En otro orden de cosas, pulsó todas las cuerdas sensoriales del erotismo, y recogió todas las vibraciones de la naturaleza —desde el canto de los pájaros hasta la erupción de los volcanes—, sobre todo de la naturaleza americana y, en primer lugar, chilena.

A su vez, el timbre más personal de Neruda es un clamor ronco y confuso que parece provenir de las entrañas terrestres; un acento a la vez hipnótico y sonámbulo, como si la materia misma hablara por su verso: como si se hubiera otorgado conciencia, música y palabra a las honduras vegetales y minerales del planeta. De allí ese tipo de metáfora y ese modo de adjetivar que lo distinguen a la legua entre las mil voces de la poesía contemporánea: ‘‘noches deshilachadas hasta la última harina:/ estambres agredidos de la patria nupcial’’; ‘‘las hojas de color de ronco azufre’’; ‘‘o sueños que salen de mi corazón a borbotones,/ polvorientos sueños que corren como jinetes negros,/ sueños llenos de velocidades y desgracias’’. Pocos lectores de habla castellana pudieran sustraerse a la magia de esta palabra telúrica: ‘‘hundí la mano turbulenta y dulce/ en lo más genital de lo terrestre.// Puse la frente entre las olas profundas,/ descendí como gota entre la paz sulfúrica,/ y, como un ciego, regresé al jazmín/ de la gastada primavera humana.’’.


 
 
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